Cuando se enteraron de que había fallecido, aquel viernes 15 de marzo de 1889, la noticia corrió como un reguero de pólvora, en su pueblo y en los pueblos de alrededor. Tenía fama de santidad. Te hablo de nuestro Cura Valera, que hizo honor a su nombre de Salvador. En el corazón de la Villa de Huércal-Overa (Almería), permanece la memoria de su párroco en placas, monumentos, bustos e instituciones, así como la conservación de su humilde casa, llena de recuerdos. Los huercalenses y los habitantes de las poblaciones limítrofes hablan de él todavía en presente, y muchas casas están adornadas con un cuadro de su querido párroco, así como muchos lo llevan entre las fotografías familiares en su cartera.
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Hasta el siglo X no hubo procesos de canonización, ni pruebas, ni exigencia de milagros, ni veredictos, ni tampoco era el Papa el que canonizaba a los santos con una liturgia especial de reconocimiento de su santidad. El pueblo santo de Dios era quien, pasando de boca en boca la certeza de su santidad, con los recuerdos que la sustentaba, hacía evidente su vida santa y así mantenían durante los años y siglos el deseo de veneración.
Por sorpresa, como las cosas de Dios, en enero de 2007, por su intercesión, un bebé salió de la muerte, ni más ni menos que en Rhode Island (Estados Unidos). El caso fue sometido a un largo proceso de estudio científico y canónico. Fue el primer milagro que aprobó León XIV al comienzo de su pontificado. Será beatificado en su pueblo el domingo 7 de febrero.
Nada extraordinario
Nuestro Cura Valera, se le ha llamado el Cura de Ars español, era un hombre que, aparentemente, no hizo nada extraordinario. No escribió nada, no fundó nada, no se recuerda ninguno de sus sermones, pero su presencia, manifestada en las historias mantenidas en el tiempo, nos lo muestran como un párroco entregado a su pueblo, en fidelidad, en humildad y cuidando a sus fieles desde la caridad: la caridad material y la caridad pastoral, que van tan juntas, exponiendo su vida por ellos, en dos ocasiones de peste. Esta caridad mantiene viva su memoria en su parroquia y en los alrededores, de generación en generación, hasta nuestros días.
Solo la humildad (de ‘humus’, tierra) nos puede hacer tener los pies en el suelo, como a D. Salvador Valera Parra, porque humildad es encarnación, y esta es servicio, y este genera la comunidad fraterna, y la comunidad nos envía a la misión, y esta nos hace mirar hacia adelante y nunca atrás, que es la tentación del que no cree en la venida del Señor. ¡Ánimo y adelante!
