Quienes me leéis con frecuencia estáis familiarizados con mi gusto por el cine. En él encuentro el placer, aprendido y fomentado en casa desde pequeña, de contemplar relatos y asomarme no solo a historias ajenas, sino también a ese mundo interior que nos une a todos los seres humanos y que el séptimo arte es capaz de plasmar con maestría. No resulta nada sorprendente que, cada año, disfrute repasando los mejores momentos de la gala de los Goya, anote qué películas me faltan por ver y escuche qué dicen los premiados cuando, con una emoción contagiosa, reciben al “cabezón” que premia tantos esfuerzos. En esta ocasión, de las muchas palabras y gestos que se podrían rescatar, me quedo con algo que han dicho cada uno de los protagonistas de una de las pocas películas que he visto en el cine y que me parece una verdadera obra de arte: Sorda.
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Esta película no solo tiene el mérito de ser inclusiva y poder ser vista por personas que oyen y que no, sino que despierta la empatía y acerca al espectador a un mundo que solemos desconocer. Uno de sus protagonistas, al recoger el premio y repasar lo que había aprendido como oyente, afirmó que “la empatía no se puede basar solo en buenas intenciones, sino de revisar los propios privilegios”. Por su parte, su compañera de reparto dijo, con palabras y también en lenguaje de signos, que “ninguna persona sorda es muda. Tenemos una voz propia que no siempre es oral”.
En esta senda de la cuaresma, me da la sensación de que estas afirmaciones se convierten en invitaciones para todos nosotros. La búsqueda por volver a lo esencial, propia de este tiempo litúrgico, tiene que pasar por un mayor despliegue de nuestra empatía y por ser capaces de ir reconociendo esas voces que no se oyen, pero que están ahí, aunque las circunstancias y los gritos de otros las acallen.
En nuestros pequeños ámbitos y en el mismo espacio eclesial, conviene aceptar que la empatía no se despliega a golpe de buenos deseos, sino que requiere tomar conciencia de una situación ventajosa que se tiene que resituar. Apostar por la sinodalidad, por ejemplo, resulta estéril si a nuestros discursos sobre la igualdad de todos los bautizados no le acompaña un renunciar a ese estatus beneficioso que disfrutamos algunas vocaciones y que tiene muchas pequeñas traducciones cotidianas.
Gritar sin palabras
De modo similar, escuchar a Quien el Padre nos invita, al decir: “este es mi Hijo amado, escuchadle” (Mc 9,7), conlleva afinar el oído y acoger la voz propia de tantos hermanos más pequeños con los que el Señor se identificó (cf. Mt 25,40). Una voz propia que grita sin palabras y que, con frecuencia, requiere ser afirmada, porque, como decía la protagonista de la película, ninguna persona es invisible. Con todo esto ¿quién puede decir que el cine no nos enseña?
