Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

¡Ven, Padre de los Pobres, ven a darnos tu luz!


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Frente a los tribalismos y al miedo contemporáneo, Pentecostés revela una Iglesia llamada a caminar sinodalmente y servir al mundo.



Pentecostés no es una anécdota religiosa del pasado, sino la irrupción de una energía nueva que continúa. El Espíritu Santo penetró la vida de individuos paralizados por el miedo y los hizo Pueblo. Capaz de generar fraternidad, derribar muros y anunciar esperanza. Es el proyecto del Reino que Dios está realizando con sus amigos.

provocación profética

En un mundo dividido por tribalismos, exclusiones y autoritarismos, Pentecostés sigue siendo provocación profética: un cristianismo que no crea élites cerradas ni confirma identidades agresivas, sino comunidades abiertas que rescatan del aislamiento, fomentan comunión y transforman el tiempo efímero en Historia de Salvación.

Dietrich Bonhoeffer comprendió que el Espíritu Santo no es teoría abstracta ni experiencia intimista. La Iglesia es “Cristo existiendo como comunidad”, porque es el Dios que “salva con nosotros”. Allí donde el Espíritu actúa, nace un Pueblo que camina con los pobres y resiste toda deshumanización.

Este Espíritu comunitario es contracultural en esta época de polarización e integrismos agresivos. Estos se atribuyen el poder de definir esencias religiosas o nacionales que enfatizan quién queda afuera… y hay que machacar porque son “enemigos”.

Llamado a una identidad distinta

Sin embargo, el Pueblo de Dios está llamado a una identidad distinta. No existe para excluir, sino para hospedar. No para dominar, sino para servir. No para levantar aduanas espirituales, sino para misericordear en un “hospital de campaña” donde los heridos de la historia encuentren dignidad y sentido.

Es verdad que la Iglesia muchas veces traicionó su vocación abusando, cayendo en sectarismos y sacralizaciones del poder. Pero Pentecostés es la llama viva de la reforma y conversión permanente a partir de las víctimas propias y ajenas.

Y es que el enemigo del Espíritu no viene solo desde afuera, sino que desde dentro (Mt 10,36) ronda buscando a quien devorar (1Pd 5,8), “parasitando” la institución: es el clericalismo.

I. El Espíritu Santo crea comunión, no castas sagradas

Pentecostés desborda toda lógica elitista. No desciende para entronizar una minoría mística ni una aristocracia religiosa sin pueblo y sin tener que cambiar nada.

No aplana la diversidad, sino que la expande como poliedro santo. Pentecostés invierte simbólicamente Babel, cuya soberbia quiso avasallar los cielos y terminó en la incomunicación. Ahora, el Espíritu “ruge” una Palabra comprensible para todos.

El Pueblo de Dios se diferencia de otras identidades colectivas definidas como separación entre “nosotros” y “ellos”. Fundamentalismos nacionalistas y religiosos que necesitan enemigos, herejes, fronteras y exclusiones para fortalecerse.

Pero la identidad del Espíritu funciona de otro modo. No es una cohorte romana para imponerse. El Espíritu Santo impulsa una comunidad abierta, samaritana y universal.

Por eso, el Vaticano II recuperó la idea de la Iglesia como Pueblo de Dios. No como pirámide sagrada donde unos pocos monopolizan la gracia, sino como comunidad peregrina donde todos participan.

Francisco y León XIV le han puesto nombre a esta realidad del Evangelio: sinodalidad, “caminar juntos”, escuchando al Espíritu que habla en su Pueblo y no exclusivamente mediante una élite clerical. La Iglesia no puede funcionar como una monarquía autosuficiente, sino como una comunidad donde todos escuchan, disciernen y participan.

Lo contrario es el cristomonismo que reduce la Iglesia a una estructura obsesionada por la jerarquía y el control, despreciando la acción creativa y profética del Espíritu Santo. Pero, cuando el Espíritu es sofocado, la Iglesia se fosiliza: la diversidad se niega, la profecía es perseguida y la comprensión del Evangelio se detiene en modelos muertos.

Francisco denunció su causa en el clericalismo, una élite sacralizada de ministros que “infantilizan” al Pueblo de Dios, sometiendo en vez de “hacer crecer” (‘auctoritas’). De allí nacen abusos de conciencia, de poder y sexuales. No es casual que tantos escándalos ocurran en ambientes rigoristas donde el sacerdote es figura angelizada y por encima de la comunidad.

Pentecostés recuerda que la verdadera identidad cristiana no es control ni uniformidad, sino apertura al Espíritu que convierte la diversidad en comunión viva. No crea sectas religiosas.

En la carta a Diogneto (s. II) se describía a los cristianos como el alma del mundo: vivían plenamente integrados en la sociedad, pero con una identidad espiritual y moral distinta a los paganos: “Sal de la tierra, luz del mundo”. (Mt 5,13)

II. Una Iglesia incendiada por el Espíritu: puentes y no murallas

El Espíritu Santo no congela a la Iglesia en una repetición mecánica del pasado, sino que la inspira hacia una comprensión cada vez más profunda del misterio de Cristo, de la dignidad humana y de su propia organización. Jesús mismo anunció que el Espíritu “los guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,13).

Por eso, la tradición viva de la Iglesia no es inmovilidad, sino crecimiento en discernimiento. A lo largo de los siglos, el Espíritu ha impulsado una conciencia más clara sobre la libertad religiosa, los derechos humanos, la dignidad de los pueblos, el rechazo de la esclavitud, la valoración del laicado y la necesidad de una Iglesia más sinodal y cercana a los pobres.

Pentecostes Espiritu Santo

El Espíritu acompaña también los cambios legítimos de la historia, no para diluir el Evangelio, sino para encarnarlo nuevamente en cada época, haciendo de la Iglesia un Pueblo peregrino que aprende constantemente a amar, escuchar y servir mejor. Hace que “la realidad se convierta en un lugar para interpretar” (L.Pocher)

Todavía queda mucho por comprender, pedir perdón y evolucionar… “Vamos con unos 2.000 años de atraso”, decía el cardenal Martini. Por eso esperamos “como tierra reseca” esa nueva encíclica, ‘Magnifica humanitas’, que nos “recalcule” en este cambio de época.

El Espíritu Santo no encierra la Iglesia en refugios y espacios seguros, sino que arriesga en las periferias de los descartados. Libera de la obediencia ciega, da criterio y valentía para actuar éticamente incluso en contextos de miedo y opresión.

Hoy la Iglesia no puede encerrarse en nostalgias identitarias. Está llamada a ser una comunidad “en salida” para sanar, no para condenar. Un “hospital de campaña” cercano a los heridos y abierto a todos. Su identidad no es someter sino servir, lavar pies y acercarse a los excluidos.

La Iglesia de Pentecostés no vive para proteger privilegios sacralizados. Por eso, la sinodalidad es más que una reforma administrativa. Significa pasar del control a la escucha, de la rigidez al discernimiento, del miedo a la confianza y de la autorreferencialidad a la misión compartida.

Una Iglesia sinodal no es una “burbuja sagrada”, sino protagonista identificada con los “santos de la puerta de al lado”: los humildes con los que Dios teje la verdadera historia. El Espíritu Santo no está cautivo de una élite. Sopla donde quiere: “¡Ojalá fueran todos profetas!” (Nm 11, 29)

Conclusión: Pentecostés y el futuro de la fraternidad

Pentecostés es provocación (“llamar hacia afuera”). Ninguna comunidad puede encerrarse en el miedo, la exclusión o el control. Las identidades cerradas terminan asfixiándose, “pudriendo” el agua del estanque, decía Francisco.

Por eso, el mayor desafío del cristianismo contemporáneo no es conservar privilegios ni reconstruir viejas cristiandades. Es avivar el fuego del Espíritu para ser:

  • casa de acogida,
  • puente entre pueblos,
  • hospital para los heridos,
  • y signo creíble de fraternidad universal.

Allí donde los cristianos caminan, escuchan y sirven juntos, el Espíritu sigue actuando. Pentecostés viene para para hacernos Pueblo servidor del mundo.