Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Vaquero Turcios: el Baptisterio del Espíritu


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Esta es la cuarta entrega en la que visitamos la magnífica obra artística y arquitectónica que en 1968 recibió el nombre de Parroquia de San Francisco Javier y San Luis Gonzaga, sita en el barrio de La Ventilla, en el Norte de Madrid. Anteriormente hemos reflexionado sobre la arquitectura general del proyecto firmado por García-Pablos, hemos analizado las vidrieras de Molezún y el presbiterio y sagrario de José Luis Sánchez. Ahora vamos a apreciar el baptisterio, donde interviene de nuevo José Luis Sánchez y hace su contribución Vaquero Turcios.



1. Las celosías musicales

El baptisterio es una capilla lateral situada inmediatamente a la izquierda al entrar por la puerta principal. Está oculta a la vista por una celosía de líneas de madera que hace cálida la entrada y crea intimidad en el interior. La celosía es probablemente obra de José Luis Sánchez. Existe un parentesco entre estas puertas y las que creó años después para la Escuela Superior de Música Reina Sofía (en la calle Requena no.1) en Madrid, junto al Palacio Real.

En estas puertas del baptisterio hay una secuencia musical que va descendiendo y ascendiendo, que marcan un tono musical interno simétrico y sereno. También será de Sánchez el entramado que tamiza las ventanas de la capilla del Santísimo, en una clave muy similar.

2. Una trayectoria artística y religiosa

El mural de la capilla es una obra excepcional de Joaquín Vaquero Turcios (1933-2010), pintor, escultor y arquitecto astur-madrileño que se formó artísticamente en Roma, durante casi dos décadas. Hijo del arquitecto Joaquín vaquero Palacios, comenzó su creación asociado a la arquitectura.

Inspirado en su tierra de origen, Vaquero era un gran experto en las técnicas cavernarias del arte paleolítico como las que encontramos en El Pindal asturiano o la Altamira cántabra. De hecho, en 1996 escribió un libro sobre dicha materia que tituló ‘Maestros subterráneos’ (Ediciones Celeste). En cierto modo, en este Baptisterio del Espíritu, él también es un maestro subterráneo, maestro de la interioridad

En 1955, con 22 años, expuso en el Ateneo de Madrid su serie ‘Dibujos evangélicos’, doce obras en tinta china (tamaño 1 x 0,71 metros) con temas de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles. Su ‘Última Cena’ era un díptico de hojas en formato vertical. Las demás obras abordaban pasajes como la negación de Pedro, el Sermón de la barca, San Pedro curando con su sombra a los tullidos, las ‘Llamas del Espíritu’, la ‘Predicación de San Pablo’ o la ‘Epístola a los Corintio’s, entre otros.

En 1956, realizó un cuadro que se encuentra en el Museo reina Sofía bajo el título ‘Alba de resurrección’. En 1957, obtuvo la Medalla de Oro de Grabado y Pintura en la Exposición Internacional de Arte Sacro de Salzburgo.

Esas ‘Llamas del Espíritu’ de 1955, constituirán uno de sus lemas más conocidos y que vemos repetido en distintas obras. Por ejemplo, La Llama es el nombre de una espectacular escultura roja que realizó para el Ayuntamiento de Navalcarnero (accesible desde la travesía de la Doctora).

Esas llamas también son el motivo con el que perforó toda la fachada de la Iglesia de El Salvador, en Soria, en 1970, que reinterpretaba la figura del rosetón deconstruyéndolos en llamas pentecostales sobre las cabezas de todos los que están dentro y fuera de la iglesia. José A. Samaniego lo describe como “las formidables llamas del Espíritu a modo de rosetón en la fachada, torbellino de fuego… con luces interiores de gruesos vitrales sobre el coro” (La Nueva España, 6 de abril de 2010: “Joaquín Vaquero Turcios, artista religioso”).

En su itinerario artístico, destacan obras mayores como el colosal Monumento al Descubrimiento de Ámerica (las tres moles son llamadas ‘Las profecías’, ‘La génesis’ y ‘El descubrimiento’), realizado en 1977 para la Plaza de Colón de Madrid. También destaca la estatua del caído en el Memorial de la Batalla del Cuartel de la Montaña (colina del templo de Debod, en Madrid) y la malla metálica que cubre la medianera aneja a la COPE, en la calle Alfonso XII, en la que también se pueden identificar sus características líneas, en su versión más geométrica.

Realizó numerosas obras religiosas como los murales de la Iglesia de San Benito en San Salvador en 1959, el mural de la cripta de Sta. Erentrudis en Salzburgo en 1962, murales y via crucis de la Iglesia de los Sagrados Corazones (Madrid) en 1963, ese mismo año murales en la Iglesia de Verscio en Locarno, su versión en 1970 del Cristo de San Damián y los apóstoles abstractos (Iglesia del Salvador de Soria) o el Monumento a San Juan de Dios de 1985 (Hospital Psiquiátrico de Ciempozuelos, Madrid).

3. Una experiencia envolvente

En el Baptisterio del Espíritu de la Iglesia de San Francisco Javier nos encontramos una evolución de su motivo de las llamas, ya que en el bautismo uno es bautizado en Espíritu santo, nace del Espíritu. Las bandas que se extienden y doblan son el curso de un río, un torrente del Espíritu, apelan a las formas del Espíritu como soplo, ola, movimiento. En un lateral, con letras sencillas está escrito el pasaje de Pentecostés.

El mural cubre todas las paredes y el techo de la estancia con llamas que envuelven a todos los presentes. Vaquero Turcios, quien ya hemos señalado que es buen estudioso de cuevas paleolíticas como Altamira, crea una cueva en donde el mural es inmersivo y envolvente, hace trascender al sujeto y dejarse atravesar por esas llamas.

Eres arrebatado por ellas, en una experiencia colectiva con quienes comparten la capilla. Los colores no son excitantes sino serenos y austeros, rebajan el emocionalismo para crear una vivencia lejos de la ebriedad, sino sobria y mística.

La paleta de Vaquero Turcios es coherente a lo largo de toda su trayectoria artística: gamas cromáticas austeras, terrosas, tonos bajos, brillos contenidos, una fuerte presencia de gruesos contornos negros que daban profundidad como surcos a las representaciones. Las largas líneas de las llamas podrían estar emparentadas con las bandas del típico ‘talit gadol’ judía con el que se cubre la cabeza durante las celebraciones.

Esa referencia cavernaria del baptisterio de Vaquero invita a descubrir la presencia del Espíritu de Dios a lo largo de toda la historia de la Humanidad, desde aquellas cuevas donde los seres humanos hicieron sus primeras pinturas religiosas. También convierte el baptisterio –pequeño y estrecho– en un espacio interior profundo, ubicado en la más honda intimidad de cada persona y la comunidad.