Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Arquitectura del alma en san Francisco Javier de la Ventilla


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La Iglesia de San Francisco Javier y San Luis Gonzaga de Ventilla, en Madrid es una obra maestra de la vanguardia abstracta española en la década de 1960. En ella participaron varios de los más importantes artistas de la creación de la segunda mitad del siglo XX.



1. Un centro existencial en medio de un barrio pobre y obrero

En 1968, el arquitecto Rodolfo García-Pablos entregó construida la parroquia de San Francisco Javier y San Luis Gonzaga. Es una iglesia de gran valor artístico y arquitectónico, pues en ella confluyeron cinco grandes creadores para dar vida a una obra profunda e integrada, capaz de facilitar la experiencia religiosa personal y comunitaria. Lo que más destaca es el papel de la abstracción en el estilo estético de la Iglesia, que invita a la sensibilidad, la interioridad, la trascendencia y la intimidad.

Junto con el arquitecto García-Pablos al frente de la creación global, dejaron plasmado su talento los escultores Pablo Serrano (cruz procesional y estatua de la plaza-atrio), José Luis Sánchez (retablo, altar, ambón y puertas), el maestro vidriero Manuel Molezún (Vidriera de las Mociones) y el pintor, escultor y arquitecto Joaquín Vaquero Turcios (autor del baptisterio y las celosías). Juntos crearon una obra integrada y coherente, en la que aplicaron todas las artes plásticas.

Años más tarde, los Jesuitas invitaron al escultor José Luis Vicent a hacer dos grandes figuras (con una gran crucifixión que superpusieron en el retablo original y una Virgen a la izquierda del presbiterio). Mucho más recientemente, en el curso de la crisis migratoria a Europa a finales del siglo XX, se añadió a la derecha del presbiterio la Virgen del Quinche o Virgen de los Sin Papeles, con un fuerte sentido social.

Además, en el espacio de la iglesia se pueden encontrar varias imágenes de santos jesuitas, entre las que destaca una figura a tamaño natural de San José María Rubio, el Apóstol de Madrid e historia con mayúsculas de este barrio.

La iglesia forma un mismo conjunto arquitectónico junto con el Centro de Formación Padre Piquer, uno de los centros educativos más innovadores del país, en el que conviven decenas de nacionalidades. Este centro recoge la continuidad de la escuela fundada en la década de 1910 por el Padre Rubio y un grupo de laicos y laicas, para los niños y jóvenes que vivían en extrema pobreza en el barrio de Tetuán-Ventilla.

Al frente de esa escuela estaban los hermanos Juan y Demetrio García de Andrés -los Maestros de La Ventilla-, que fueron fusilados por odio en 1936. La calle Mártires de la Ventilla está dedicada a ellos y es la calle a la que da la puerta de esta parroquia. Sus restos fueron recuperados de una fosa común y actualmente descansan en el presbiterio de esta iglesia. Esta iglesia fue edificada sobre las reliquias de dos cristianos que dieron su vida, en este caso, en el mismo barrio donde está edificada la parroquia.

Desde el origen, la parroquia de San Francisco Javier está encomendada a la Compañía de Jesús. También lo fue desde su origen otra parroquia vecina: San Ignacio de Loyola. Ambas forman actualmente una Unidad pastoral que lleva el nombre del conocido como “Apóstol de Madrid”, el jesuita San José María Rubio.

2. García-Pablos: Reconstrucción y renovación

Nacido en Madrid, el arquitecto Rodolfo García-Pablos (1913-2010) inició su vida profesional en 1940. En poco tiempo asumió la responsabilidad arquitectónica sobre todas las construcciones de la entonces Archidiócesis de Madrid-Alcalá. La primera etapa de su carrera estuvo centrada en la reconstrucción de todo el conjunto de iglesias dañadas o destruidas en el curso de la Guerra Civil.

En esos orígenes, asumió el estilo franco-falangista, que, con hostilidad antivanguardista, reproducía el monumentalismo y grandilocuencia del Fascismo. Ese estilo buscaba invocar los valores del clasicismo, la conciencia colectiva y la atemporalidad. Aunque García-Pablos inició sus pasos en ese contexto, muy pronto rompió con él y se convirtió en crítico de ese programa estético.

Tuvo la oportunidad de mostrar su nueva propuesta estética en la etapa que sucedió a la reconstrucción postbélica. El inicio del Concilio Vaticano II impulsó una honda renovación de las formas arquitectónicas desde comienzos de la década de 1960. El conocido como Movimiento de Nueva Liturgia marcó una nueva relación con el arte moderno y transformó radicalmente la arquitectura sacra.

García-Pablos asumió profundamente ese nuevo paradigma y lo aplicó a sus creaciones. Ese nuevo marco estético conciliar coincidió con la expansión urbana de Madrid, que requería parroquias en los nuevos barrios que se estaban formando. Ahí encontró una gran oportunidad para crear una nueva generación de templos.

García-Pablos plasmó de forma muy original ese paradigma moderno en tres parroquias madrileñas: la Parroquia de los Sagrados Corazones -en la plaza del mismo nombre-, San Francisco Javier y San Luis Gonzaga en Tetuán-Ventilla (Calle Mártires de la Ventilla, esquina calle de las Magnolias) y San Isidoro y San Pedro Claver, en la calle Villa de Pons.

García-Pablos elaboró una propuesta singular que asume la renovación internacional y conciliar, pero la pone en diálogo con la tradición arquitectónica española. Esa original estética se percibe claramente en la sobriedad exterior y la intensidad de los interiores de la iglesia de San Francisco Javier.

La austeridad del ladrillo y forma de los exteriores se identifican con el conjunto del barrio al que está tan unido el proyecto parroquial. La parroquia hace memoria de los talleres industriales de este barrio de trabajadores y de la construcción sencilla con que los maestros ladrilleros elevaron las casas de toda la zona.

Una cruz sencilla e industrial se eleva sobre el edificio expresando con sencillez y rotundidad el carácter de esta gran casa del barrio. La parroquia se hace uno con el resto del vecindario. Hay una afirmación fundamental de la arquitectura de García-Pablos: la parroquia es la gente, es barrio.

Esos exteriores de continuidad con el estilo del barrio contrastan con la apasionada espiritualidad de su interior. Expresa así que la estandarización y rusticidad de las casas de ladrillo contienen vidas originales, intensas y preciosas en cada uno de los hogares, al igual que en la iglesia.

La iglesia de San Francisco Javier se convierte en la expresión del alma de un barrio que conoció el duro trabajo de sus traperos y obreros. Revela su viva interioridad, la excepcional espiritualidad de los mismos alrededor del padre José María Rubio y sus compañeros jesuitas y laicos, como los hermanos García de Andrés.

3. Arquitectura del alma

La nueva arquitectura religiosa de la década de 1960 se inspiraba en la mística. Buscaba recrear el alma encendida por el Espíritu. Si en un tiempo se decía que el alma es templo, en la arquitectura mística el templo es alma. ¿Cómo concibe la arquitectura físicamente el alma? ¿Cómo es el espacio del alma?

Ignacio de Loyola experimentó en su itinerario espiritual que el saber y sentir más hondo del ser humano se manifiesta en las mociones: movimientos esenciales del Espíritu. Es la mística la que inspira a tantos arquitectos de la época: Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Ana de la Trinidad, Juan de Ávila…

La abstracción, la amplitud y la desnudez representaban mejor lo que visualmente sería el alma. El templo es creado como alma del barrio, una estancia de corazón en donde el pueblo y cada persona se encuentra con Dios. Es el alma como Tienda del Encuentro o Tabernáculo, el santuario itinerante que el pueblo de Israel estableció en cada una de sus paradas durante el largo Éxodo.

El programa estético de García-Pablos goza de una expansiva abstracción. No son las concreciones figurativas las que atraen la atención devocional, sino la experiencia del conjunto del templo. La iglesia Francisco Javier de García-Pablos es una arquitectura inmersiva en la que quien entra tiene una fuerte impresión sensorial que procede del gran espacio espiritual, entra en el alma.

En el templo aparecen las distintas características de la renovación conciliar. Se nota la influencia de Fisac y la arquitectura sacra alemana: simplicidad ornamental, reducción del catálogo de materiales al ladrillo y hormigón, espacios diáfanos, gran ventilación e iluminación natural, habitabilidad.

Se racionalizan los espacios, se incluyen nuevos materiales comunes y hay un tratamiento industrial del conjunto. Podría verse en la obra el reflejo de la sociedad fabril del siglo XX, ese veloz proceso de industrialización que atrajo tanta inmigración desde el campo a la ciudad, muchos de los cuales se ubicaron en el popular barrio de Tetuán-Ventilla.

Esa asociación con el mundo industrial se confirma si consideramos a la parroquia como parte del complejo arquitectónico que forma con las escuelas de Formación Profesional del Padre Piquer, con su tejado de ángulos fabriles. Esa forma de sierra de los tejados de fábricas estaba pensada para que entrara el máximo de iluminación en las naves y, a la vez, hubiera un rápido sistema de ventilación.

El templo de Francisco Javier y Luis Gonzaga crea una gran impresión. Al entrar, te expande. Uno puede llegar a sentirse perdido en un espacio tan inmenso. Mueve los sentidos. No es un espacio que el individuo pueda controlar. Se puede habitar, pero no controlar. Su vastedad siempre te excede. Quien entra se convierte en un participante.

Es difícil permanecer al margen, como un visitante; entrar en él te hace entrar en ti. Cuando entras/participas en el templo, se produce una inmediata sensación de trascendencia, de expansión de las dimensiones de espacio (infinito) y tiempo (eternidad). No puede uno evitar esa sensación de grandeza, de enormidad, incluso de exceso.

El arquitecto nos sitúa en la grandiosidad de un enorme prisma rectangular. Tiene las dimensiones de una gran plaza, como la del primer Pentecostés. Eleva tanto sus dimensiones verticales que crea la sensación de ser un cubo o querer serlo. El cubo es símbolo del núcleo de la Fe en las tres grandes religiones de Abraham -Judaísmo, Cristianismo e Islam- y si el cubo se despliega, forma una cruz. En el Apocalipsis, San Juan Evangelista recibe la visión de Jerusalén como una ciudad santa en forma de cubo.

El cubo posee 12 aristas, en cada una de las cuales estarían inscritos los nombres de las 12 tribus de Israel, que simbolizan a todos los pueblos de la historia. El barrio de Ventilla en que se sitúa, que durante décadas simbolizó en la ciudad una zona de gran pobreza, tiene en esta parroquia el núcleo existencial en que se promete lo bueno, lo bello y lo verdadero, la esperanza de alcanzar lo mejor.

El cubo se muestra desnudo. Posteriormente han sido añadidas algunas figuras, pero la amplitud del espacio es tal que todavía permite sentir la impresión original. Parece que dentro pudiera contenerse todo. Uno podría pensar que dentro de ese prisma podría meterse todo el barrio. En cierto modo, si lo abriéramos, podría envolver todo el barrio.

Es interior y a la vez el rostro del barrio. El ladrillo común de su piel -que simboliza la laboriosidad y la entrega de las familias humildes-, oscuro y sencillo, da hospitalidad a un alma intensa, bella y unida a Dios.

Quizás se podría pensar que uno podría perderse en ese prisma o que escapa a la escala de la persona, pero, en cambio, García-Pablos aplica un segundo principio: la idea de que los participantes se acerquen lo más posible al altar. Efectivamente, el presbiterio bajo y la gran proximidad de los bancos lleva a que la experiencia celebrativa sea muy cercana.

No hay formas redondeadas que hagan que la mirada se concentre ni que abracen maternalmente a quien está en el templo. Es una experiencia de contemplación del cosmos, una experiencia de horizontes horizontales y verticales. La inmersión en un ámbito cósmico queda intensificada por la iluminación superior, una dispersión de focos que crea un firmamento de estrellas.

Es una experiencia cósmica que abre ese barrio de calles tan estrechas, viviendas mínimas, sin apenas plazas ni espacios comunes, sin zonas verdes en su interior. Desde dentro de este tipo de barrio, quiso García-Pablos precisamente abrir un alma de enormidad. No obstante, esa experiencia de infinitud y expansión no resulta desabrigada. La oscuridad de los ladrillos crea la paradójica combinación de un espacio extenso y difuso, con un color de intimidad y recogimiento.

García-Pablos busca una luz tranquila que invita a la oración. Pero lo más propio de él es la creación de espacios de contraste entre espacios cromáticos o luminosos, y espacios de penumbra. Su estética reside en el misterio de los claroscuros –que remite a la tradición barroca española– en grandes espacios expansivos. Se crea así un lugar recogido, único, íntimo y cambiante de tonos grises, en medio de un ambiente abierto, formal, público e intemporal.