Acabamos de pasar la Semana Santa y es momento de reconsiderar el rumbo de nuestra vida, hacia dónde vamos, qué queremos hacer de nuestra vida y cuál es la dirección que verdaderamente queremos seguir. Los bienes materiales y el dinero son elementos que mueven a la humanidad; si bien es cierto, se han convertido en parte de las aspiraciones para varios de nosotros; esto no debería ser nuestro único motor.
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Aspirar a las cosas materiales nos da una cierta satisfacción momentánea y una tranquilidad, pero no deberíamos centrar nuestra vida en aquello que se enmohece y se termina. “No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones entran y roban. Más bien, acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido destruyen, y donde los ladrones no entran ni roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”. (Mateo 6, 19-21).
Cuando una enfermedad llega a nuestra vida, las cosas materiales dejan de ser importantes y la persona comienza a centrarse en mejorar sus relaciones, en buscar lo verdaderamente importante. He sido testigo de eso y algunas personas a las que he tenido la oportunidad de conocer cambian radicalmente las prioridades en su vida, dejando de lado todo aquello que en un momento de sus vidas era lo más importante, es como si descubrieran el verdadero sentido de su propia existencia.
El sufrimiento: un camino espiritual
Cambian, intentan renovarse y sobre todo, se dan una nueva oportunidad. Algunas de estas personas no logran llevar a cabo su objetivo, por causas de la enfermedad que padecen, otras sí y su manera de vivir deja de ser la que acostumbraban, comprenden y tratan de disfrutar lo mejor de sus días. A veces una enfermedad es el motivo para acercarnos más a Dios y es muy fuerte reconocer lo anterior, algunas personas cuentan que atravesar por un problema de salud, fue la forma en que pudieron vivir a plenitud un cambio espiritual.
La fragilidad despierta la necesidad de trascendencia y es que, si bien es cierto, en medio de un problema de salud se busca consuelo y esperanza, las enfermedades pueden enseñarnos lecciones que la salud a veces no es capaz de darnos. Al tener que cuidar las actividades que cotidianamente realizamos, surge un tiempo muy importante para la reflexión y en ese periodo se valora lo verdaderamente importante.
La enfermedad nos permite experimentar dependencia, haciendo a un lado nuestra soberbia y egoísmo, es tiempo de permitirnos ser vulnerables y reconocer que necesitamos de los demás para afrontar el camino de la enfermedad. “El Señor está cerca de los quebrantados de corazón”. Salmo 34, 18. Es un tiempo de gracia y no de desgracia como muchos piensan.
En el libro ‘Manual de Pastoral de la Salud’ de Silvio Marinelli (editorial PPC), en las pags. 92 y 93 encontramos: “Vivimos en un cuerpo maravillosamente entretejido y sumamente vulnerable. Basta un incidente, un descuido, una caída, costumbres dietéticas perjudiciales, situaciones de estrés mal manejadas para que se desarrollen trastornos que condicionan la salud, el trabajo, el futuro. Los progresos de la ciencia han inculcado en el hombre moderno una confianza ilimitada en el poder de la medicina, dando como resultado que tiene menos paciencia que el hombre de ayer para aceptar sus limitaciones”.
Si en este momento estás atravesando por una enfermedad, te invito a que vuelvas a leer con calma esta reflexión, porque el sufrimiento también es un camino espiritual.
