Chema es experto en plantas. No es su profesión. Es puro arte, conocimiento y atención. Y el otro día nos contaba a un buen grupo de amigos qué es el “umwelt” alemán. Dice Chema que es la percepción que tiene cada individuo del mundo donde vive. Porque, es evidente que, de todo lo que nos rodea y existe solo llegamos a ver una parte. Desde su perspectiva, cada uno llega a ver lo que nuestra capacidad evolutiva nos ha preparado para ver.
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Cada cual tenemos un “umwelt” determinado y lo que no pertenece a ese “umwelt” no lo vemos por más que lo tengamos delante de nuestras narices. De ahí que los humanos, como especie, no percibamos, por ejemplo, la vida de las plantas con todo lo que conlleva. Podríamos decir, también, que cada uno de nosotros tiene su propio “umwelt” vital, dependiendo de lo que nuestra historia, proceso y aprendizaje nos capacite para ver.
Un ver que no se limita a registrar ópticamente algo o a alguien, sino a visibilizar, a dar espacio, a dar derecho a ser y estar. La buena noticia es que el “umwelt”, esta capacidad de ver lo que tengo delante, no es estática: se puede entrenar y acrecentar, o abandonar y menguar alarmantemente.
Teófilo, a sus 89 años, acaba de someterse a una complicada cirugía de corazón. Estando en la UCI, al día siguiente de ser operado a corazón abierto (nunca mejor dicho), le contaba a su hija Marta: “hay una señora aquí al lado que debe estar bastante mal… Ya le he dicho a la enfermera que deje de llamarla Mª José, que se llama Mª Jesús”. Esta mirada y esta capacidad para convertir lo que ves en una acción concreta, me parece también un arte y un milagro de atención y compromiso. Recuperándose, dolorido sin duda, estando todavía en riesgo su propia vida y salud, Teófilo “ve” a su alrededor. Esa capacidad no se improvisa.
Entonces, recordé el “umwelt” de Chema y también me vino eso que llamamos dignidad, humanidad y que yo identifico con nuestra capacidad espiritual. Cada persona lleva consigo la capacidad progresiva de “ver” y visibilizar, porque se nos da el poder (la ‘dynamis’, en griego) del Espíritu, de prestar atención, de elegir, de salir de uno mismo, de poner en valor y visibilizar al otro, al entorno, a la naturaleza viva, a todo lo que nos rodea.
Ciertamente, nuestro “umwelt” vital puede pasar por épocas raquíticas que lo menguan y distorsionan. Pero no es menos cierto que eso que Carl Rogers llama “tendencia natural a la vida”, nos empuja una y mil veces a no abandonar-nos, a seguir ampliando la mirada y el corazón y las manos. Y, cuando vivimos así, por frágiles o doloridos que estemos, somos un soplo de espíritu diminutivo para los demás; porque los vemos, los escuchamos, los re-conocemos: “disculpe, deje de llamarla Mª José, que se llama Mª Jesús”. Los que se dejan llevar por el Espíritu perciben y eligen la vida, la llenan de sentido y reclaman vida para los demás.
Celebrar Pentecostés
Ampliar nuestro “umwelt” sería un modo precioso de celebrar Pentecostés o confirmar al menos, la creencia profunda de que todos existimos habitados por el Espíritu y podemos crecer en él hasta el final. ¿Acaso prestar atención de verdad y ver sin menguas lo que nos rodea es menos milagro (asombro) que hablar distintas lenguas y entendernos (Hch 2,1-11)?
Si se puede elegir, esta vez prefiero que la señal de que acogemos al buen Espíritu que nos empuja siempre a ir más allá de nuestras fuerzas, sea crecer en la capacidad para ver. Se trata de poner atención y visibilizar tanta buena vida como nos rodea y, por eso mismo, luchar también para señalar lo que no funciona, para transformar lo que somos y nos rodea en algo siempre mejor.
