Comienzan las fiestas de verano. Dicen que los jóvenes pierden el norte y parece que los bárbaros hubieran arrasado los pueblos, las pequeñas ciudades, y otros dicen que las calles huelen a las bacanales romanas, como si hubieran estado en ellas.
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Es otra época. Ya hace unos años, algún filósofo dijo que la sociedad ha sustituido el “pienso, luego existo” por el “consumo, luego vivo”. Y las ofertas del mercado no son solo objetos, sino también maneras de divertirse, bazofias morales, sentimentalismos religiosos, colonizaciones mentales… Lo importante no es profundizar, sino hacer ‘zapping’, sin pararnos en nada, sin escuchar nada, sin contemplar nada. Sólo consumir imágenes y sonidos.
En las encuestas a los jóvenes de España, afirmaban que su identidad estaba marcada por el consumismo y la dilapidación. El culto al dinero es el primer mandamiento del sistema occidental. Tener un buen nivel de vida responde a ser autónomos respecto a los padres o cualquier institución. El despilfarro es fruto del vacío interior, del sinsentido vital. No permanecer, cambiar constantemente. Las empresas saben de esta necesidad de cambio como catarsis, y se aprovechan. Cambio exterior sin cambio interior.
Aunque parezca todo fiesta y bullicio. Aunque los jóvenes crean en su autenticidad, apertura, rebeldía y desparpajo, también reconocen que sus vidas son complejas y, a veces, atormentadas. Son muchos los trozos de espejo donde mirarse y solo pueden asumir unos pocos. Vivir en exterioridad, preocupados por el escaparate, deja un amargo vacío en el corazón. Las instituciones –al contrario que las multinacionales– parece que han enterrado ya su hacha de guerra.
La familia –perdida en la vorágine de esta sociedad– no quiere problemas con los hijos. El mundo de la enseñanza –que nunca ha estado tan preparado– quema los barcos antes de entrar en batalla. La Iglesia –que nunca ha tenido tantos planes pastorales– es incapaz de comunicar una buena noticia que se fundamenta en un diálogo, pero desazonan las preguntas y más pertenecer a un club con exigencias personales y comunitarias.
Acompañar a los jóvenes
No podemos ser idealistas, ni añorar el pasado. Esta sociedad, y los jóvenes en ella, camina, se mueve, busca su identidad en un momento clave de cambios. Los jóvenes no son alguien que tengamos que llevar a nuestro molino. Están con nosotros para compartir y construir la vida. Y aunque sea difícil crear cauces de diálogo y referencias de encuentro, no debe ser imposible. A los adultos, que también hace tiempo que perdimos el norte, nos toca acompañar con respeto hacia otro horizonte donde no quede el espejo hecho añicos. ¡Ánimo y adelante!
