Hace unos días, y a propósito del varapalo que la Corte Suprema de los Estados Unidos dio al presidente Trump sobre la cuestión de los aranceles, el magnate escribió un tuit (o como se llamen las comunicaciones en la red social X, antes Twitter): “La corte suprema (¡usaré minúsculas por un tiempo, por una completa falta de respeto!) de Estados Unidos, accidental e involuntariamente, me otorgó, como presidente, muchos más poderes y fuerza de los que tenía antes de su ridículo, estúpido y divisivo fallo internacional…”.
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No es infrecuente que muchos autores ‒especialmente en el ámbito de la teología‒ empleen en sus textos mayúsculas en algunos términos, como “eucaristía”, “bautismo”, “pasión” (referida a Cristo), “resurrección”, “encarnación”, “misa”, los pronombres personales “tú” o “él” cuando se refieren a Dios, etc. Es como si, de ese modo, las palabras expresaran dignidad, o más dignidad.
A mi modo de ver, el asunto de las mayúsculas debería ser cuestión exclusivamente de ortografía o del estilo propio a la hora de escribir, según que se sea más o menos restrictivo en su uso. Sospecho que el afán por destacar algunas palabras singularizándolas con las versales de inicio obedece al deseo de “sacralizar” las realidades que designan o de darles la importancia que la persona considera que merecen. Dicho llanamente: que la eucaristía con mayúscula, por ejemplo, es más eucaristía que si va sin ella. Sin duda, se trata de un deseo legítimo y bienintencionado, pero que, en mi opinión, se encuentra fuera de lugar.
El uso de mayúsculas
Es interesante caer en la cuenta de que el uso de mayúsculas es un recurso del que no todas las lenguas escritas disponen. Sin ir más lejos, el hebreo solo tiene una clase de letras, sin diferenciar entre mayúsculas y minúsculas. Así, en esa lengua, ni siquiera se podría distinguir entre “Dios” y “dios”. Incluso en griego, solo a partir del siglo IX d. C. son absolutamente mayoritarios los códices escritos en letra minúscula y cursiva; hasta entonces, el texto aparecía exclusivamente escrito en letras mayúsculas (unciales).
Vivimos en un mundo en que las reglas ortográficas no están de moda, un mundo en que se quiere hacer política con la gramática (por eso algunos ‒más bien algunas‒ emplean sistemáticamente el femenino para hablar de la totalidad). En este mundo no es de extrañar que se pretenda conceder dignidad a las palabras, mejor dicho, a la forma en que se escriben esas palabras, no a las palabras en sí.
