Ninguna época de la historia es el paraíso sobre la tierra, pero el Reino de Dios se va abriendo paso en el amor del que participan los seres humanos. Todo lo amado se salva. Ninguna época puede liberarse de la tentación del mal, pero en todo momento de la historia ha habido, al menos, un justo por el que se salvará lo esencial de la ciudad.
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En cada época que vivimos hay que buscar el amor que sostiene toda la realidad y circula imperceptible entre los grandes hechos de la historia que atraen la atención de los titulares. Cada uno de nosotros somos las personas que exactamente necesita el mundo en estos momentos.
Nacimos elegidos para este momento que vivimos y, antes de rechazar cada época, hay que buscar los bienes que porta, las oportunidades que proporciona. En cada época, el Espíritu nos ofrece todos los bienes que necesitamos para el éxodo de salvación.
Actrices ensayando la obra ‘El caballero de Olmedo’, durante el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Foto: EFE
Amar nuestra época es el primer movimiento del corazón en la historia: abrazar el mundo, ofrecer su vino y su pan. Amar nuestra época no significa aceptar acríticamente el mundo ni resignarse a que todos los tiempos son iguales.
Acoger el Espíritu
Significa acoger el Espíritu que trabaja en todas las cosas, que nunca se ausenta. Incluso en las circunstancias más adversas que la humanidad ha atravesado, nunca ha dejado de impulsar a alzar la antorcha del bien y no soltar el hilo de oro del amor, incluso mientras se entraba en las cámaras de gas.
Ninguna época, ni las más oscuras, es trágica. Ninguna ciudad de los hombres es capaz de extinguir el amor que tiene como ciudad de Dios. Lejos de nostalgias u odios, debemos comprender que hemos sido elegidos para amar este exacto momento de la historia. Tener tiempo para amar comienza por amar nuestro tiempo.
