Por más que nos empeñemos, no hay modo de ponerle puertas al campo ni forma de aprisionar a Dios en nuestros parámetros y esquemas. La vida no entiende de tiempos litúrgicos y, aunque estemos aún en la primera semana de cuaresma, el otro día se me regaló ser testigo de la resurrección. Suena rotundo, sin duda, pero así lo he vivido.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
La semana pasada quedé con una amiga que me contó cómo la imagen externa que ofrecía su matrimonio escondía una experiencia de anulación personal y un sufrimiento inmenso que se ha prolongado durante mucho tiempo. Ella me contaba cómo ha necesitado hacer un largo y difícil recorrido personal hasta darse cuenta de que el amor no tiene nada que ver con el dominio y el control, y cómo, por muy doloroso que pueda resultar, separarse de su marido le está permitiendo volver a ser ella misma e ir recuperando esa sana estima que tanto necesitamos.
Ella me compartía el sufrimiento que ha experimentado en estos años y cómo ha necesitado tocar fondo, como cuando buceamos en una piscina, para poder impulsarse hacia arriba y tomar decisiones que le permiten tomar aire. Y yo, que la contemplaba respirando existencialmente, erguida después de años de vivir encorvada por un modo de ser tratada que volcaba sobre ella culpa, inseguridad y dependencia, no podía sino alegrarme con ella como en Pascua.
La vida, y el Dios de la Vida, se abre paso, aunque sea a través de muchos rodeos y atravesando la muerte y el dolor. Veía en ella cómo nuestra voz interior, esa que el Señor nos susurra en nuestra conciencia, sabe reconocer que el amor con mayúscula nos pone en pie, nos dignifica y despliega nuestra mejor versión, mientras que todo aquello que provoca lo contrario, no puede quererlo Dios.
Detrás de las puerta
Aunque tengamos mucho trato con alguien, la mayoría de las veces no sabemos de las luchas que cada cual batalla en su día a día, de los lastres con los que la biografía les ha ido cargando ni de las situaciones a las que se enfrenta cada persona detrás de las puertas de su casa. Quizá la cuaresma tenga que ver con tomar conciencia y hacernos cargo de esa complejidad, desplegar nuestra empatía para percibir las discretas huellas de tantas luchas y aprender a estar cerca, cuidando a quienes nos rodean.
Al fin y al cabo, no resulta muy diferente del ayuno que nos propone Isaías, que tiene que ver con liberar de ataduras y no apartarnos de nuestros semejantes (cf. Is 58, 6-7). Sea como fuere, a mí se me ha regalado ser testigo de cómo Dios reedifica ruinas antiguas, levanta cimientos y repara brechas (cf. Is 58,12), de cómo el Señor resucita aún en cuaresma.
