Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Sufrir de intolerancia


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Eso de madrugar un sábado no es plato de gusto para nadie, por más que toque hacerlo de vez en cuando. El otro día cogí un autobús a las 7 de la mañana, que, por ser sábado, era más temprano de lo deseable. Al menos, eso debía estar pensando mi compañero de asiento cuando me pidió que bajara el brillo de la pantalla en la que estaba leyendo porque le molestaba. No es que esté orgullosa de ello, pero a veces experimento una inconfesable satisfacción cuando las circunstancias se ponen irónicas. Es lo que sucedió entonces, porque inmediatamente después de hacerme esa petición, un bebé se puso a llorar de forma bastante escandalosa hasta, prácticamente, terminar el trayecto. Reconozco que me llamó mucho la atención la petición de mi vecino de viaje y he llegado a pensar que podía sufrir de una especial sensibilidad ante la luz que explicara su reacción.

Mi hipótesis tampoco es muy extraña, porque vivimos una época en que somos cada vez más conscientes de sensibilidades e intolerancias. De hecho, de un tiempo a esta parte no es extraño que te pregunten con descaro si sufres algún tipo de intolerancia. Es verdad que se refieren, más bien, a restricciones alimenticias, pero ¿os imagináis que asumiéramos la pregunta de una manera más amplia? ¿Qué pasaría si contestáramos con sinceridad diciendo todas aquellas situaciones, personas o actitudes que no toleramos? Quizá sería un buen ejercicio verbalizar, no solo aquello que nos incomoda, como hizo mi compañero de bus con la luz de mi pantalla, sino todo eso que “se nos hace bola”, que no podemos tragar sin que nos salga un sarpullido o nos genere una reacción que ponga en riesgo la propia existencia.

Platos de comidas. 25 aniversario de la Escuela de Hostelería del Sur de la Fundación José

Quizá hablar de intolerancia sea demasiado exagerado y no es lo que vivimos, pero es probable que nos reconozcamos hipersensibles, por ejemplo, a quienes no les vale la palabra de otros, por más autoridad que ostenten, sino que necesitan hacer su propia experiencia, como hizo Tomás (Jn 20,24-28). Puede que seamos hipersensibles a ese impulso del Espíritu, que no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, que se resiste a ser controlado y nos quiere hacer nacer de nuevo, llevándonos por sendas insospechadas (Jn 3,7-8). No es raro que seamos hipersensibles a quienes necesitan tomar distancia y elaborar su propia experiencia alejados del resto, como aquellos que huían hacia Emaús, y nos parezca que “van por libre” y no cuentan con la comunidad (Lc 24,13-24).

Hipersensibilidad pascual

Siendo honestos con nosotros mismos, igual reconocemos que estamos rozando cierta “hipersensibilidad pascual”, esa que incomoda cuando nos dejamos afectar por los frutos de la Pascua y que solo se sana exponiéndonos a lo que nos molesta, dejándonos encontrar por el Resucitado.