¿Somos realmente libres?


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Hace unos días, mi amiga Teresa me planteó una cuestión bien interesante: ¿Dios sabe cómo vamos a actuar o lo hacemos de una manera realmente libre? Difícil pregunta. Una posible respuesta iría por la línea de pensar que, habida cuenta de que Dios desborda el tiempo, su “visión” incluiría ya el resultado de unas decisiones que el hombre tomaría con plena libertad. Un razonamiento con una lógica aplastante, aunque me temo que se sitúa en el plano de lo teórico, e incluso de la teología-ficción.



En la Escritura encontramos un texto interesante, el Salmo 139 (138): “Señor, tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco. ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha […] Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mi ser aún informe, todos mis días estaban escritos en tu libro, estaban calculados antes de que llegase el primero” (Sal 139,1-10.15-16).

Joven pensativo, reflexión, silencio

El salmista, como buen poeta, no se mueve en el plano puramente racional, sino en el de los sentimientos. Y sabe que Dios cuida de él desde siempre y para siempre. ¿Implica eso que carece de libertad para tomar las decisiones que tenga que tomar? En absoluto. Por eso en el libro del Deuteronomio podemos leer:

“Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás, y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla […] Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob” (Dt 30,15-16.19-20).

Saberse en Dios

Probablemente, la vivencia más profunda del creyente es que se sabe en Dios, conforme al discurso de Pablo en el Areópago de Atenas: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). Lo cual no significa que no seamos libres ‒al menos relativamente‒ a la hora de decidir.