“Todos somos vasos rotos”, escuché esta frase y me pareció tan humana y real que me inspiró a reflexionar al respecto. Cada persona tiene aspectos en los que debe trabajar porque seguramente hay algo emocional en que se debe ‘reparar’ o aprender a vivir sin ello. El duelo, la pérdida de un trabajo, la solución a un conflicto familiar y cientos de situaciones que llegan a ‘rompernos’.
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Muchas personas se encuentran en esa situación, con el dolor en su más alto nivel o aquellas que ya han dejado pasar un tiempo, pero que siguen sin resolver, sin entender o aceptar aquello por lo que han vivido y que debido a eso viven rotas. Somos frágiles, pero llevamos un tesoro y Dios lo conoce muy bien. “Pero llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros”. 2 Corintios 4, 7.
También nos rompemos a causa del pecado y por nuestra fragilidad humana, todos necesitamos experimentar la ‘reparación’ de alguna situación en nuestras vidas y el amor de Dios nos ofrece ese ‘bálsamo’ para enfrentar el dolor. Dios no desprecia al corazón herido. “Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias”. Salmo 51 (50),19
Un amor que va más allá de nuestro entendimiento
Los problemas, nuestros fallos y la ruptura interior puede convertirse en el lugar del encuentro con Dios. Experimentar la bondad de quien nos ama de una manera extrema hace que volvamos a levantarnos, a brillar y a resplandecer, conscientes de que hay un amor que va más allá de nuestro entendimiento y de nuestra razón.
Quienes estamos rotos, podemos conocer la misericordia Divina, el Señor sana las heridas “Él sana los corazones destrozados y venda sus heridas”. Salmo 147, 3. Es una hermosa imagen del gran amor que tiene Dios para nosotros los amados por Él. San Juan Pablo II en ‘Salvifici Doloris’ enseña que el sufrimiento unido a Cristo adquiere un sentido redentor.
“El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, abre el camino a la gracia”. Por esa razón debemos abrir nuestro corazón para reconocer nuestra limitación y reconocer con humildad que algo dentro de nosotros se ha roto.
¡Que el amor una las piezas para formarnos de nuevo!
El predicador emérito de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, afirma: “Dios no necesita nuestra perfección; necesita nuestra disponibilidad”. Se trata de estar en el momento, de entregar nuestro dolor y lágrimas porque en ocasiones no queda más nada que hacer, las lágrimas son el lenguaje del corazón.
Como decía el papa Francisco: —La Iglesia no es un museo de personas perfectas, sino un “hospital de campaña” donde Dios sale al encuentro de quienes necesitan ser sanados.
En ese sentido, reconocer que somos ‘vasos rotos’ no es una confesión de derrota, sino el comienzo de una vida abierta a la acción restauradora de Dios. Permitamos que nuestras vidas sean ‘tocadas’ y ‘reparadas’ por el alfarero que nos conoce y sabe lo que es mejor para nosotros, alejemos nuestras vanidades y dejemos que el amor una las piezas para formarnos de nuevo. Confiar en Dios quien reconstruye lo que parecía perdido; “Dios hace nuevas todas las cosas”. Apocalipsis 21, 5.

