Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Santiago Mosquera, el verano que no llegó a terminar


La historia de la Iglesia en la española provincia de Toledo, durante la década de los años treinta del siglo pasado, constituye uno de los muchos capítulos trágicos y minuciosamente documentados de la persecución religiosa en la España contemporánea. El ambiente anticlerical se hizo patente, a veces fuertemente violento, desde la proclamación de la Segunda República, como nos recuerda la memoria histórica real, no la sectaria.



Pero tras el estallido de la guerra civil en julio de 1936, la retaguardia republicana de esta región manchega se vio sumida en una ola de violencia anticlerical sistemática, impulsada por comités revolucionarios locales que asumieron el control absoluto del orden público, desplazando a las autoridades municipales legítimas.

En este contexto geográfico e histórico, muchas iglesias no solo fueron objeto de saqueos y profanaciones generalizadas, sino que con frecuencia se transformaron en centros improvisados de detención, tortura y confinamiento político.

Villanueva de Alcardete, un municipio toledano de arraigada tradición agraria, no fue una excepción a esta dinámica de terror ideológico, convirtiéndose en el escenario de un ensañamiento particular contra la familia Mosquera, cuyo único delito real radicaba en sus bien conocidas convicciones católicas y sus vínculos con los sectores intelectuales y periodísticos de la época.

El hogar de los Mosquera estaba compuesto por el matrimonio formado por José Mosquera Amores y Remedios Suárez de Figueroa y Pérez de Bacas, quienes habían criado a una numerosa familia de diez hijos en un ambiente de firme religiosidad, según el estilo de la época, pero también de sólida formación académica.

El padre ejercía el periodismo y colaboraba activamente con el diario madrileño ‘El Debate’, el rotativo católico más influyente de la España de la Segunda República, una ocupación que los comités revolucionarios de 1936 catalogaron de inmediato como una actividad subversiva y de extrema peligrosidad.

Santiago Mosquera y Suárez de Figueroa

Santiago Mosquera y Suárez de Figueroa

Los hijos varones mayores habían seguido trayectorias formativas similares en centros de la Compañía de Jesús: Ramón, de 24 años, había cursado el bachillerato en el Colegio de Nuestra Señora del Recuerdo en Chamartín de la Rosa y completaba su último año de la carrera de Leyes; mientras que José María y Luis se preparaban para ingresar en las academias militares de Marina y del Ejército tras haber estudiado en el colegio de Areneros. Los tres frecuentaban las Congregaciones Marianas de la Compañía.

Santiago, nacido el tres de febrero de 1920 en Villanueva de Alcardete, contaba con apenas dieciséis años en el verano de 1936 y se encontraba pasando las vacaciones estivales en su pueblo natal tras haber cursado estudios en el colegio que los padres jesuitas regentaban en la localidad portuguesa de Estremoz, donde además destacaba como un miembro activo y de la Congregación de San Luis Gonzaga.

La tragedia se desencadenó de manera formal el 25 de julio de 1936, cuando un grupo de milicianos armados pertenecientes al comité revolucionario local se presentó en el domicilio de los Mosquera con la intención de realizar un registro exhaustivo en busca de armas y material incautable.

Tras registrar minuciosamente las dependencias de la casa, los milicianos únicamente hallaron dos viejas escopetas de caza que la familia empleaba de forma habitual para las jornadas de caza menor en los campos de Toledo. Utilizando este hallazgo ordinario como pretexto legal, el jefe del grupo ordenó la detención inmediata de los hermanos mayores, Ramón y Luis.

Indignación juvenil

Al presenciar el arresto arbitrario de sus hermanos, Santiago, dotado de un carácter extrovertido y ciertamente impetuoso, reaccionó con una fuerte indignación juvenil, enfrentándose verbalmente a los milicianos armados y recriminándoles a gritos la flagrante injusticia que cometían, argumentando que prácticamente la totalidad de los vecinos del pueblo poseían idénticas escopetas para la caza de conejos y perdices.

Esta muestra espontánea de audacia y oposición frente a la autoridad revolucionaria encendió la ira de los captores, quienes decidieron arrestar también a Santiago en ese mismo instante, arrastrándolo junto a Ramón y Luis hacia la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, la cual había sido despojada de su función litúrgica para ser reconvertida en la cárcel principal del pueblo.

El cautiverio dentro del templo parroquial adquirió desde los primeros días unos tintes de extrema dureza y crueldad psicológica. Los prisioneros fueron hacinados y distribuidos en las capillas laterales de la iglesia, cuyas artísticas verjas de hierro caladas y robustas puertas de madera fueron reforzadas con cadenas y candados para impedir cualquier intento de fuga. Santiago –no olvidemos que tenía entonces solamente 16 años– y sus hermanos compartieron este espacio de reclusión con el párroco del pueblo y otros feligreses locales considerados desafectos al nuevo orden revolucionario.

Maltratados

Durante las tres primeras semanas de encierro, los milicianos sometieron a los hermanos Mosquera a constantes maltratos físicos, interrogatorios nocturnos y privaciones de alimentos con un objetivo político prioritario: averiguar el paradero exacto de su padre, José Mosquera, a quien pretendían capturar a toda costa.

El periodista se encontraba en aquellos momentos fuera de la provincia de Toledo, concretamente en Portugal realizando crónicas para ‘El Debate’, completamente ajeno a la terrible situación que atravesaban sus hijos en la retaguardia manchega.

Ante la falta de respuestas de los muchachos, el comité revolucionario extendió la represión a la madre de la familia, doña Remedios, quien fue detenida y conducida a las dependencias policiales improvisadas donde sufrió duras vejaciones verbales y agresiones físicas para obligarla a confesar el escondite de su esposo; finalmente, tras comprobar que carecía de información útil, la dejaron regresar a su casa deshecha por el dolor, notificándole con frialdad que su hijo menor, Santiago, permanecería recluido indefinidamente en la iglesia en calidad de rehén hasta que el padre se entregara voluntariamente a las milicias.

La lista de los doce

La violencia en Villanueva de Alcardete alcanzó uno de sus puntos álgidos durante la madrugada del 15 de agosto, coincidiendo significativamente con la solemnidad litúrgica de la Asunción de la Virgen. En esas horas de oscuridad, los responsables de la iglesia-prisión confeccionaron una lista de doce prisioneros destinados a la ejecución inmediata, entre los cuales se incluyó al anciano párroco de la localidad y a los dos hermanos mayores de Santiago, Ramón y Luis.

Los doce elegidos fueron sacados del templo maniatados y trasladados en camiones hasta un punto kilométrico situado a unos tres kilómetros de la vecina localidad de La Villa de Don Fadrique, donde fueron fusilados en la cuneta de la carretera.

Mártires Toledo

Traslado de los restos mortales de tres siervos de Dios en Villanueva de Alcardete. Foto: Archidiócesis de Toledo

Santiago tuvo que presenciar desde su celda de la capilla lateral la violenta separación de sus hermanos y el desfile de los condenados, quedando plenamente consciente del trágico final que les aguardaba. Pocos días después, la tragedia familiar se consumó por completo en el exterior cuando el otro hermano varón, José María, que había logrado ocultarse con éxito en la inmensidad del campo toledano durante las primeras semanas de la contienda, fue finalmente localizado por una patrulla de milicianos y asesinado de forma sumaria en la carretera de Valencia.

Tras las ejecuciones del quince de agosto, la iglesia parroquial quedó sumida en un silencio pavoroso, albergando únicamente a una media docena de prisioneros supervivientes, entre los cuales se encontraban el coadjutor de la parroquia, el sacerdote don Eugenio Rubio Pradillo, y una joven del pueblo llamada María de la Piedad Suárez de Figueroa, a quien todos conocían cariñosamente en el vecindario como Piedaíta, y era Pariente de Santiago y sus hermanos.

Piedaíta

La presencia de Piedaíta en aquel lúgubre recinto se convirtió en un pilar fundamental de resistencia moral y consuelo espiritual para el joven Santiago durante los días más oscuros de su cautiverio. A pesar de su juventud, Piedaíta ejercía como presidenta de las Hijas de María en el pueblo y compartía con Santiago una fe fuerte que les permitía sobrellevar las humillaciones diarias rezando juntos el rosario en la penumbra de las capillas.

Fue en este periodo final cuando los milicianos intensificaron de manera brutal el castigo físico sobre Santiago, concentrando en el adolescente todo su odio ideológico. Los carceleros llegaron a amarrar al muchacho a una estaca de madera dentro del templo para propinarle severas palizas con correajes y culatas de fusil, desfigurando su rostro y causándole profundas heridas sangrientas en el torso y las extremidades.

Acompañando a las agresiones físicas, los torturadores le repetían de forma obsesiva una única condición para detener el suplicio y concederle la libertad inmediata: debía pronunciar una sola blasfemia en voz alta contra la fe. Los milicianos buscaban con afán la quiebra moral del hijo del periodista de ‘El Debate’, pero Santiago, demostrando una fortaleza psicológica y espiritual asombrosa para su edad, se mantuvo firme frente a la coacción, respondiendo invariablemente con el silencio o con oraciones jaculatorias, lo que frustraba y encendía aún más el sadismo de sus captores.

A las tapias del cementerio

El desenlace fatal de este prolongado martirio se fijó para la noche del 24 de agosto de 1936. Los miembros del comité revolucionario decidieron liquidar definitivamente el remanente de prisioneros que custodiaban en la iglesia de Santiago Apóstol. Santiago, junto con don Eugenio Rubio, Piedaíta y los demás cautivos, fue sacado a golpes del templo y conducido a pie bajo la estricta vigilancia de los fusileros hacia las tapias del cementerio municipal de Villanueva de Alcardete.

Una vez alineados frente al paredón de ladrillo y tierra, los milicianos abrieron fuego con sus fusiles en dos descargas sucesivas que acabaron con la vida de la mayoría de los integrantes del grupo. Sin embargo, la trayectoria de las balas no causó la muerte instantánea de Santiago Mosquera. El muchacho cayó al suelo gravemente herido, con las piernas prácticamente destrozadas por los impactos de la metralla y con heridas sangrientas en diversas partes del cuerpo, pero conservando la consciencia en medio de un dolor agónico.

Los ejecutores, amparados por la profunda oscuridad de la noche manchega y asumiendo que todos los cuerpos amontonados estaban sin vida, se retiraron del camposanto sin molestarse en propinar los tiros de gracia reglamentarios. Santiago pasó toda la noche del 24 al 25 de agosto tendido a la intemperie sobre el suelo del cementerio, rodeado por los cadáveres calientes de sus amigos y hermanos de cautiverio, desangrándose de forma paulatina y soportando la intensa sed y la fiebre provocadas por las heridas de bala.

A pesar de la gravedad de sus lesiones óseas en las piernas, el joven intentó arrastrarse penosamente durante la madrugada buscando una vía de escape entre los muros del recinto, pero la debilidad extrema y la destrucción de sus miembros inferiores le hicieron imposible rebasar los límites del cementerio, obligándolo a aguardar el amanecer postrado junto a la fosa común.

Mártires Toledo

La parroquia de Santiago Apóstol de Villanueva de Alcardete conserva los restos óseos de los siervos de Dios Mª de la Piedad Suárez de Figueroa (“Piedaíta”), Santiago Mosquera y Eugenio Rubio. Foto: Archidiócesis de Toledo

Al despuntar los primeros rayos del sol de la mañana del 25 de agosto, el silencio del camposanto se vio interrumpido por el sonido nítido de unos pasos pesados que se aproximaban al lugar de la ejecución. Santiago, al percibir la presencia humana, alzó débilmente la cabeza y emitió un hilo de voz suplicante exclamando un ruego de auxilio hacia el recién llegado.

Sin embargo, el hombre que entraba en el cementerio no era un vecino compasivo, sino el sepulturero municipal, un individuo plenamente alineado con el fanatismo del comité revolucionario local.  Al comprobar con sorpresa que el joven Mosquera continuaba con vida tras el fusilamiento de la noche anterior, el sepulturero se acercó a él y, lejos de mostrar el más mínimo atisbo de humanidad o piedad ante el sufrimiento del adolescente, decidió proponerle un último y perverso chantaje.

Chantaje del sepulturero

El enterrador le aseguró que detendría su agonía, curaría sus heridas y le perdonaría la vida de inmediato si accedía finalmente a renegar de sus convicciones y pronunciaba una blasfemia contra Dios.

Santiago, con el cuerpo destrozado, al borde del colapso por la pérdida de sangre pero con una lucidez mental inquebrantable, reunió las pocas fuerzas que le quedaban en los pulmones para rechazar de manera firme la propuesta de su verdugo, pronunciando una frase que quedó grabada en la crónica martirial de la diócesis: “Prefiero morir antes que ofender a Dios”.

Enfurecido ante la resistencia moral de aquel muchacho moribundo, el sepulturero alzó con fuerza un pico de cavar que llevaba para sus labores diarias y le propinó un fortísimo golpe directo en el cráneo, causándole la muerte instantánea y sepultando su cuerpo de forma clandestina en la fosa común junto al resto de las víctimas.

Tras el fin de la guerra civil en 1939, las nuevas autoridades judiciales y eclesiásticas iniciaron los procesos de localización y exhumación de las numerosas fosas comunes distribuidas por la provincia de Toledo. Cuando se procedió a la apertura de la fosa del cementerio de Villanueva de Alcardete, los operarios hallaron los restos de Santiago Mosquera en unas condiciones que causaron una profunda impresión entre los testigos presentes y sus familiares directos, como su hermana Remedios.

A pesar del método brutal de su asesinato y del tiempo transcurrido bajo tierra, las facciones del rostro del joven de 16 años conservaban una expresión de absoluta serenidad y paz, y su mano izquierda permanecía rígidamente cerrada, manteniendo un fuerte y milagroso aferramiento a las cuentas y al crucifijo de su rosario personal, el cual le había acompañado ininterrumpidamente durante los largos días de tortura en las capillas de la iglesia y en sus últimas horas en el paredón.

Las causas de beatificación de Santiago Mosquera, de la joven Piedaíta y del sacerdote Eugenio Rubio fueron incoadas formalmente en el año 2003 por la Archidiócesis de Toledo en una causa colectiva martirial diocesana, y en noviembre de 2022 sus restos óseos fueron exhumados y trasladados solemnemente en procesión hasta el altar mayor de la parroquia de Santiago Apóstol de Villanueva de Alcerdete, quedando depositados de forma definitiva en la capilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno como testimonio de la fidelidad de este joven de extraordinaria fortaleza, cuya vida y muerte nos recuerdan la verdad de lo que dijo el Apóstol: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.