No entraré en el fondo del caso de la aplicación de la mal llamada eutanasia a la joven Noelia. No conozco los pormenores clínicos ni sociosanitarios concretos. Sin embargo, puede afirmarse que la ley que ha conducido a estos hechos nada tiene que ver con la muerte digna, y sí con el suicidio asistido. Es decir, su mismo nombre es ya erróneo y equívoco, como he denunciado en otras ocasiones desde su promulgación.
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Como consecuencia, el próximo gobierno cabal de este país está obligado a derogarla lo antes posible, y sustituirla por una ley de estrategia paliativa ante la enfermedad terminal y el sufrimiento.
Traicionar el juramento
Este caso reciente evidencia que hay profesionales sanitarios (médicos y enfermeras) que han aceptado convertirse en verdugos, y aplicar un tratamiento que pone fin a la vida de un ser humano, traicionando así el juramento que asumieron al comenzar el ejercicio de su profesión: no dañar, hacer todo lo posible por mejorar a sus pacientes. Inyectar un fármaco que pondrá fin a la vida en pocos minutos no encaja con ese compromiso primordial.
Los profesionales sanitarios siempre intentamos disminuir los sufrimientos. Es poco frecuente que de veras curemos, pero ayudamos a nuestros pacientes a sobrellevar y convivir con las dificultades, secuelas y padecimientos inherentes a la enfermedad; con las limitaciones que se derivan de la pérdida de un órgano o una función. Para ello, nunca suprimimos la vida humana, que consideramos siempre digna, y algunos de nosotros sagrada. Aceptamos que tiene un final y ayudamos a que sea lo menos penoso posible. Ayudamos, acompañamos, pero nunca matamos, salvo quienes aceptan acatar esta ley o practicar abortos. Entonces sí matan.
Una ley inmoral
Puedo afirmar como médico cristiano que una ley que conduce a la muerte de una persona es inmoral, y una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Lo formuló así monseñor Romero, a quien he recordado y conmemorado todo el mes de marzo, y podemos formularlo de forma radical años después.
Del mismo modo, debemos apelar a la conciencia de los sanitarios implicados en estos hechos tristes, tal como monseñor apeló a los miembros de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles, para que no matasen a sus hermanos campesinos. Aquí, debemos invitar a los médicos catalanes, a las enfermeras, auxiliares, celadores, a no colaborar en estos tipos de prácticas, que nos deshonran y avergüenzan a todos los sanitarios, a todas las personas cabales.
Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos.

