El regazo


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El año pasado se publicó en español el libro ‘Elogio de la soledad, el silencio y la escucha’ (Ed. Sígueme), cuyo título original en italiano es ‘Come una piccola creatura’ (se sobrentiende el salmo 131: como un niño en brazos de su madre). Elocuente imagen para intuir de qué se trata. Antes o después, avisa en la primera página, a cada discípulo le toca adentrarse con Jesús en el desierto, en el silencio.



En esta época en la que tenemos egos como elefantes –en palabras Giuseppe Forlai, su autor–, necesitamos encontrarnos con la soledad. Y, de la mano de la Regla de san Romualdo, fundador de la Orden de los Camaldulenses allá por el siglo XI, te vas adentrando en sus seis capítulos y una conclusión: detenerse, vigilar, escuchar, permanecer, desear, perder y… amar a la Iglesia. No he hecho más que copiar el índice.

Aunque, sin pretenderlo, coincidió ser una lectura durante el tiempo de Cuaresma –con abundantes citas de la Palabra de Dios, también de san Romualdo y de algún que otro monje o Padre del desierto–, fui recorriendo aspectos de mi vida que necesito cambiar y otros que debo potenciar. No es el momento de una confesión pública. Es uno de esos libros que releer de vez en cuando y que vale para siempre.

Silencio Soledad

Todos nosotros, que vivimos en medio de esta vorágine de afanes tan bien organizada como la torre de Babel, pero que no crean comunidad, sino orgullo y soberbia, necesitamos parar y no buscar huidas que despisten la vocación a la que cada cual hemos sido llamados.

Necesitamos encontrarnos en la soledad, en el regazo del Señor. Solo contemplando la imagen de esa verdad comenzamos a sentir la estabilidad y el abandono, tan necesarios.

Desierto espiritual

A principios de los años 90 del siglo pasado, me interesé fervientemente por las Comunidades de Jerusalén, un estilo de vida monástica en la ciudad. También conocí la experiencia de algunos laicos célibes, de ambos sexos, que, aunque la vida eremítica nació en el desierto –como su propio nombre indica–, buscaron vivirla, como san Alejo, en una pequeña vivienda en la ciudad.

Trabajando solo lo necesario, practicando el anonimato y la soledad interior, y transformando su casa en un desierto espiritual. Como dice el salmo 87,7, y ellos danzan y cantan: “Todas mis fuentes están en ti”. Creo que necesito un rato en mi vida diaria para hacer desierto, sin más, en el regazo de Dios.

De repente, me he levantado y he buscado en la estantería un libro editado en 1991, en francés, de André Ravier: ‘Como un niño… Mística para todos’. La imagen de la portada es una virgen gótica, sentada, con el niño en sus brazos.

¡Ánimo y adelante!