¿Quiénes son los nuevos santos que ha canonizado Francisco?


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La homilía

“Me da miedo cuando veo comunidades cristianas que dividen el mundo en buenos y malos, en santos y pecadores; de esa manera, terminamos sintiéndonos mejores que los demás y dejamos fuera a muchos que Dios quiere abrazar”. Así se manifestaba el papa Francisco, este domingo, 9 de octubre, en la homilía de la misa de canonización de los beatos Juan Bautista Scalabrini y Artémides Zatti, a los que la cuestión migratoria no le es ajena. “Por favor, hay que ‘incluir siempre’, tanto en la Iglesia como en la sociedad, todavía marcada por tantas desigualdades y marginaciones. Incluir a todos. Y hoy, en el día en que Scalabrini se convierte en santo, quisiera pensar en los migrantes. Es escandalosa la exclusión de los migrantes. Es más, la exclusión de los migrantes es criminal, los hace morir delante de nosotros”, reclamó el Papa.



Dejando de lado los papeles, continuó reclamando que “es así que tenemos hoy el Mediterráneo, que es el cementerio más grande del mundo. La exclusión de los migrantes es repugnante, es pecaminosa, es criminal. No abrir la puerta a quien tiene necesidad. ‘No, no los excluimos, los enviamos a otra parte’: a los campos de concentración, donde se aprovechan de ellos y son vendidos como esclavos. Hermanos y hermanas, pensemos hoy en nuestros migrantes, en los que mueren. Y a aquellos que son capaces de entrar”, apuntó el pontífice.

Como es habitual, Francisco reservó la parte final para subrayar un aspecto de los nuevos santos. En esta ocasión con algún detalle más que en ocasiones anteriores. De Scalabrini tomó la expresión suya de que “en el caminar común de los que emigran no había que ver solo problemas, sino también un designio de la Providencia” pensando también en Ucrania. Del propio obispo recató una cita del libro ‘La emigración de los trabajadores italianos’ (Ferrara 1899): “Precisamente gracias a las migraciones forzadas por las persecuciones la Iglesia cruzó las fronteras de Jerusalén y de Israel y se hizo ‘católica’; gracias a las migraciones de hoy la Iglesia será un instrumento de paz y comunión entre los pueblos”.

Del salesiano Zatti “con su bicicleta” destacó que “fue un ejemplo vivo de gratitud”. El Papa resumió su vida de forma directa: “Curado de la tuberculosis, dedicó toda su vida a saciar las necesidades de los demás, a cuidar a los enfermos con amor y ternura. Se dice que lo vieron cargarse sobre la espalda el cadáver de uno de sus pacientes. Lleno de gratitud por lo que había recibido, quiso manifestar su acción de gracias asumiendo las heridas de los demás”.

El obispo de los migrantes

Mucho se ha escrito y dicho estos días del obispo Juan Bautista Scalabrini, fundador de dos congregaciones, los Misioneros y las Hermanas de San Carlos Borromeo. En una vigilia organizada en Roma el pasado sábado sonaba el estribillo “Al pecho llevo una cruz, y en mi corazón lo que dice Jesús” como expresión de la sensibilidad del plelado de ver la mirada de Jesús en los últimos de la sociedad.

Nacido en Fino Mornasco, en la provincia de Como, el 8 de julio de 1839, en el seno de una familia humilde y religiosa. A los 18 años ingresó en el seminario y fue ordenado sacerdote en 1863. Su deseo era ir a las misiones, pero no se lo permitieron: comenzó su apostolado como profesor y luego rector del seminario menor de Como, después como párroco en la parroquia de San Bartolomé. Nombrado obispo a los 36 años en 1975 se preocupó por la formación de todos los agentes de la pastoral y comenzó una red de ayuda a los temporeros italianos empleados en el cultivo del arroz en Piamonte y Lombardía. De ahí el salto a la preocupación por los migrantes que acudían a probar suerte en Sudamérica y Estados Unidos para los que funda sus congregaciones, una asociación laical y un instituto secular. Precisamente morirá enfermo tras visitar a sus religiosos en Brasil.

Durante su vida en cierto sentido fue un pastor incómodo por denunciar cosas como estas:

Hace ya muchos años, en Milán, pasando por la estación vi una amplia sala, los pórticos laterales y la adyacente plaza, invadidos por tres o cuatro centenares de individuos vestidos pobremente: eran viejos encorvados por la edad y por las fatigas, hombres en la flor de la virilidad, mujeres que cargaban en el cuello a sus niños, jovencitos y jovencitas. Eran emigrantes: esperaban con temor que la locomotora los llevara a orillas del Mediterráneo y desde allí a las lejanas Américas. […]

Desde aquel día todas las veces que leo en los diarios alguna circular gubernamental que pone a las autoridades y al público en guardia contra las artes de ciertos especuladores, que hacen verdaderas capturas de esclavos blancos para empujarlos lejos de la tierra natal con la mira en fáciles y espléndidas ganancias o cuando me entero que los parias de los emigrados son los italianos, que los trabajos más ruines son realizados por ellos, que son los menos respetados, me siento humillado en mi calidad de sacerdote y de italiano y me pregunto nuevamente: ¿cómo ayudarlos?

El enfermero en bicicleta

Las provincias salesianas argentinas y el Boletín Salesiano del país han hecho esfuerzos por divulgar de forma amena y profunda la figura del salesiano coadjutor (laico) Artémides Zatti. A su cortometraje ‘Zatti, hermano nuestro’ se unen muchas otras reflexiones e iniciativas. En este “buen samaritano de la Patagonia” confluyen varios rasgos que configuran su itinerario vital y existencial de tal manera que su figura se acerca a los creyentes de hoy. Zatti fue un migrante de 16 años que recorrió, como tantas familias, los doce mil kilómetros separan al pueblo de Boretto, en la región italiana de Reggio-Emilia, con la ciudad de Bahía Blanca, al sur de la provincia de Buenos Aires, Argentina como hicieron cinco millones de italianos por entonces. Allí la parroquia salesiana será un lugar en el que mantener una fe encarnada y superar la nostalgia.

Su fe le llevó a la vida religiosa, una vocación que se consolida entreverada en la prueba de la enfermedad. En Viedma escribe el lema de su vida tras pasar por la tuberculosos: “Creí, prometí y sané”. El hospital salesiano será algo más que un campo de misión para él. Sus cartas y pensamientos dan buena cuenta de su riqueza interior que movía su atención a los enfermos. Una de las anécdotas que cuentas de él es la vez que uno de sus pacientes le dijo: “Muchas gracias por todo, Don Zatti. Me despido de usted y déle muchos saludos a su esposa, aunque no tengo el gusto de conocerla…” “Ni yo tampoco”, le contestó, riendo, Zatti. Su vivencia de la secularidad consagrada le hizo entrar a los rincones insospechados. Así lo resaltaba el papa Francisco en un encuentro con los salesianos el sábado, 8 de octubre, al revalorizar a los hermanos en congregaciones mayoritariamente clericales: “Los hermanos tienen un carisma especial que se alimenta en la oración y en el trabajo. Y hacen bien a todo el cuerpo de la Congregación. Son personas de piedad, alegres, trabajadoras. En ellos no se ven “complejos de inferioridad”. No. Son maduros, no se sienten acomplejados por el hecho de no ser sacerdotes, ni aspiran a ser diáconos. No. Son hermanos; no desean promociones; hermanos, porque toda la riqueza esta allí. Son conscientes de su vocación y la quieren así”.

Como enfermero, el “pariente de los pobres”, se podrían decir tantas cosas. Desde quienes señalan que su presencia era la mejor medicina a los testimonios de los médicos que le veían como algo más que un ayudante. Escribió uno de ellos: “Frente a Zatti, flaquea mi incredulidad… si hay santos sobre la tierra ese es uno de ellos. Cuando estoy por tomar el bisturí en la sala de operaciones y lo miro a él ayudando en la operación, con su sabiduría de enfermero y con el rosario en la mano, el ambiente se llena de algo sobrenatural…”. Santidad en la puerta de al lado, aunque sea del quirófano.