La obsesión por las identidades no pone su atención en el ‘quién’, sino en los ‘qués’: qué ideas, qué aspectos, qué raza, qué clase, qué religión. Pero ser humano no es una cuestión de contenidos, sino de vínculos. La cuestión no es qué, sino quiénes. No es por una cosa, sino por una persona; no es en singular, sino en plural.
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Las preguntas esenciales del ser humano no son “¿qué somos? ¿Dónde estamos? ¿De dónde venimos?”, sino “¿para quiénes somos, con quiénes estamos, de quiénes venimos?”.
La cuestión no es “ser o no ser”, sino “con quién ser”. La clave no es “pienso, luego existo”, sino “amamos, luego somos”.
Conocer sucede en el vínculo y, por eso, el tipo de relación que establecemos con las cosas o los otros es crucial para saber qué parte conocemos y con qué profundidad. Por eso, la pregunta por el quién siempre antecede al qué. Si podemos comenzar a conocer algo, es porque hemos establecido relación con ello, aunque solo sea con la mirada o incluso con la imaginación.
Orden del amor
Y esa relación es plenamente humana y, por tanto, del orden del amor, porque el ser humano se relaciona amando o forzándose a no amar al elegir el mal. En todo caso, es relación del orden del amor y el desamor. El ser humano pudo pensar porque se constituyó en el amor, y este conlleva el mayor conocimiento de lo amado y el desamor.
Por eso, el primer movimiento para recuperar la razón pública no es ideológico, sino recomponer el cuerpo social, preguntarnos quién falta para pensar o a quién no dejamos hablar. Porque la democracia no comienza por la cracia, sino por el demos, por convivir para poder pensar. La redemocratización comienza por la gran revinculación.
