Rodrigo Hidalgo, OP es el director de la Escuela de Teología en Internet (ETI) de los Dominicos de la Provincia de Hispania, profesor, director del Colegio Mayor Universitario Cardenal Xavierre y, junto a otros ocho religiosos del mundo, pertenecientes a la Orden de Predicadores, forma parte de la comisión internacional de la inteligencia artificial y la tecnología en la predicación. Ante el inicio del curso, reflexiona sobre los límites éticos de la IA.
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PREGUNTA.- ¿Cómo se consigue crear comunidad detrás de una pantalla?
RESPUESTA.- Lo primero es constatar un hecho: el mundo de lo online se ha consolidado plenamente en nuestra sociedad y forma parte ya de nuestra vida cotidiana. Todos dependemos de un móvil, de una tablet o de la pantalla de un ordenador. Parte de nuestras rutinas diarias las vemos a través de algún dispositivo y, en la educación, hace tiempo que las tecnologías de la educación entraron, y con fuerza.
En este contexto sería muy raro que la teología no hubiese entrado como cualquier otro saber que es comunicable, ya sea presencial o vía online. Crear una comunidad detrás de una pantalla es, sin duda, uno de los grandes retos de la formación online. Pero nosotros partimos de una convicción muy sencilla: detrás de cada pantalla hay una persona, con sus inquietudes, sus preguntas, su experiencia de fe y sus ganas de aprender y compartir.
Cada email que recibimos donde ofrecemos una respuesta, cada llamada de teléfono que atendemos o en cada seminario online donde compartimos con nuestros alumnos, sí, estamos creando una comunidad, distinta a las que ya conocíamos, pero igual de real y vital. Por eso intentamos que la ETI no sea simplemente una plataforma donde uno entra, descarga unos materiales, estudia y realiza un examen. Queremos que sea una verdadera comunidad de aprendizaje y de encuentro.
P.- ¿Qué preguntas traen hoy los estudiantes de la ETI?
R.- Nuestros alumnos llegan con preguntas e inquietudes diversas, pero con un objetivo esencial: profundizar en los contenidos de su fe, queriendo comprender mejor aquello que creen, pero haciéndolo, eso sí, de una manera crítica, rigurosa y sistemática, como hacemos en los programas que ofrecemos en la ETI.
Me atrevo a decir que llegan con las preguntas existenciales básicas sobre el sentido de la vida, la dignidad humana, el sufrimiento, la justicia, los dogmas teológicos, la relación entre fe y ciencia, los cambios sociales o, cada vez más, sobre la inteligencia artificial y los desafíos éticos que plantea a la Iglesia y a la sociedad.
Ellos, con nuestra metodología teológica, propia de dominicos, abierta y dialogante, acaban sus programas con elementos intelectuales para situarse como cristianos en una sociedad secular, aportando también muchísimo a la nueva evangelización a la que nos convoca la Iglesia.
Con un maestro detrás
P.- ¿Podemos fiarnos de una respuesta teológica de una IA?
R.- Siempre digo que la IA, que representa, sin duda, la gran revolución del siglo XXI, es una grandísima herramienta, útil y muy potente, pero solo es eso: una herramienta, y no perfecta, pero de la que ya no podemos prescindir, y que está cada vez está más presente en la sociedad y, por supuesto, en la educación. Ahora bien, fiarnos ciegamente, no.
Al fin y al cabo, trabaja con modelos matemáticos, algoritmos, que procesan a gran velocidad información, pero no pueden interpretar como hacemos los humanos, ni tampoco ser infalible en sus respuestas; de hecho, puedes comparar en un mismo tema respuestas divergentes que te dan los distintos modelos de IA que conocemos; respuestas rápidas, no implican necesariamente que sean ciertas.
Por eso que la formación, ya sea presencial u online con un profesor detrás, un “maestro”, estudiando con unos contenidos organizados, son la mejor ayuda para hacer que la IA trabaje a nuestro favor, y no al revés, pudiendo de esta manera tener criterios ciertos, sólidos, para interpretar la información que nos da y en general procesar todo lo que nos viene del mundo digital que es inabarcable.
Y añadiría algo más que me parece básico y no debemos perder de vista: la teología no consiste solamente en manejar información sobre Dios. Es reflexión sobre la revelación, la fe vivida, y ahí entran la experiencia, la comunidad, el diálogo, la oración y el encuentro con los demás. Una IA puede ayudarnos a pensar sobre todo ello, pero no puede vivirlo por nosotros. Por eso necesitamos darle a la IA el lugar que debe tener, ni más ni menos.
¿Tiene límites la IA?
P.- León XIV ha escrito el primer gran tratado sobre los límites éticos de la inteligencia artificial. ¿Puede ser ‘Magnífica humanitas’ la brújula moral para establecer los límites de la IA?
R.- Sí, puede ser una magnífica brújula. Y precisamente porque León XIV no pretende decirnos hasta dónde puede llegar técnicamente la IA, algo que no se puede predecir, sino plantearnos una cuestión mucho más importante: hasta dónde queremos nosotros que llegue; ¿queremos una IA al servicio del ser humano y de la sociedad con un horizonte ético en su desarrollo?
Todos sabemos que la tecnología avanza a una velocidad extraordinaria y probablemente muchas de las herramientas que hoy utilizamos quedarán superadas muy pronto. Por eso, necesitamos principios, valores sólidos, que permanezcan y que nos permitan discernir ante realidades que cambian constantemente.
Y ahí está una de las grandes aportaciones de ‘Magnifica humanitas’: volver a colocar a la persona en el centro de cualquier desarrollo, ya sea económico, social o tecnológico, señalando que la tecnología debe servir para liberarnos y no para generarnos nuevas servidumbres. La pregunta no puede ser únicamente “¿qué puede hacer la inteligencia artificial?”, sino “¿todo lo que puede hacer, debe realmente hacerlo?”, es decir, ¿tiene límites?
Y, sobre todo, “¿está al servicio de la persona y del bien común o simplemente en beneficio de las grandes corporaciones tecnológicas alojadas en los países con altas rentas per cápita?”. León XIV insiste en criterios muy concretos para que la IA sea humana: la dignidad inalienable de cada persona, el bien común, la justicia, la solidaridad, la responsabilidad y la protección de los más vulnerables.
Y afirma algo fundamental: la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, debe seguir siendo la que guíe la innovación tecnológica y establezca responsablemente sus límites. Por eso, más que poner límites a la tecnología por miedo, se trata de orientarla.
La IA puede ofrecernos posibilidades extraordinarias -pienso, por ejemplo, en el mundo de la medicina-, pero el progreso tecnológico solo será verdadero progreso si nos ayuda también a crecer en humanidad. Quizá esa sea la gran pregunta que nos deja ‘Magnifica humanitas’: no solamente qué inteligencia artificial queremos construir, sino qué humanidad queremos desarrollar en la era de la inteligencia artificial.
