En los últimos tiempos ha saltado a la primera plana de la actualidad la cuestión de la prohibición de algunos atuendos femeninos, como el burka y el niqab, importados de otros lares. Y, como siempre, los opinadores profesionales se han puesto a lo suyo con fruición, transmitiendo, además, una impresión curiosa: mientras las derechas suelen hablar de derechos de las mujeres, las izquierdas esgrimen los derechos religiosos. El mundo al revés.
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Más allá del caso concreto, es bueno recordar cómo, en el cristianismo de los orígenes, algunas comunidades ‒como las que estarían detrás de las llamadas “cartas pastorales” (1-2 Timoteo, Tito)‒ fueron adaptándose a algunos valores del Imperio romano (probablemente por afán de supervivencia). Por eso se pide que las mujeres vayan “convenientemente vestidas, arregladas con decencia y modestia; no con peinados de trenzas y oro o perlas, ni con ropa costosa, sino como conviene a mujeres que profesan la piedad mediante las buenas obras” (1 Tim 2,9-10).
Sin duda, esta idea de la “modestia” de la mujer es la que está detrás de esos intentos de amoldar a la mujer que está presente en muchas culturas y tradiciones.
Ostentación femenina
En los primeros tiempos del cristianismo hubo Padres de la Iglesia que escribieron tratados enteros a propósito del adorno de las mujeres. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con Tertuliano (aprox. 160-220), que, en su discurso “Sobre las modas”, señala el origen del adorno femenino en los tiempos primordiales, y fruto de un pecado: “Aquellos que prostituyeron a las mujeres fueron condenados a pena de muerte. Es decir, aquellos ‘ángeles que se precipitaron desde el cielo sobre las hijas de los hombres’ (Gn 6,2), manchando con su ignominia a la mujer. En aquella época, mucho más ignorante que la actual, ya se habían descubierto ciertas sustancias materiales ocultas, y algunas artes científicas, y las operaciones de la metalurgia, y las propiedades naturales de las hierbas, y los poderes de los encantamientos, y hasta la interpretación de las estrellas. Pues bien, todo eso confirió propia y peculiarmente a las mujeres un medio instrumental para la ostentación femenina, y desde ese momento las mujeres empezaron a colgarse los resplandores de las joyas en sus abigarrados collares, y a comprimir los aros de oro en sus brazos, y a teñir sus lanas con los medicamentos de orchil [tinte de color violeta], y a resaltar con ese mismo polvo negro sus párpados y pestañas” (I,II,1).
Aunque seamos distintos, ¿por qué hombres y mujeres deben cultivar virtudes diferentes? ¿Acaso no debería haber una mínima equiparación entre hombres y mujeres en el terreno de los valores y en la expresión “corporal” de esos mismos valores?
