Ianire Angulo Ordorika
Religiosa Esclava de la Stma. Eucaristía

¿Por qué es tan difícil decir ‘no’?


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Con el calor llegan también las ventanas abiertas y habitar durante más tiempo en las terrazas de las casas. Este mero dato puede parecer bastante lógico, pero tiene ciertas consecuencias con las que no siempre contamos. Una de ellas es que resulta inevitable escuchar la tertulia de la vecina de enfrente, especialmente cuando tú estás con la ventana abierta y ella sale a la terraza a hablar con una amiga por teléfono con el altavoz activado.



Eso es lo que me sucedió el otro día, cuando fui testigo del desahogo de una de las estudiantes que vive en un piso frente a la ventana de mi cuarto. A pesar de intentar obviar la conversación, me llamó la atención lo que decía de una amiga. Ella, como le daba apuro decir que no a lo que no le apetecía, optaba por no responder. 

Está visto que eso de decir no es menos sencillo de lo que podríamos pensar. A todo el mundo le incomoda tener que afirmarse ante otros, poner límites o expresar algo que no será bien aceptado o entendido. Se trata de todo un aprendizaje existencial que no hemos de dar por supuesto y que requiere ir ganando en libertad interior, aprender a convivir serenamente con los inevitables conflictos cotidianos y, además, tener claro que no somos croquetas, porque no podemos gustarle a todo el mundo.

Libertad conquistada

Esta destreza es especialmente compleja entre creyentes y en el ámbito eclesial. Hemos integrado tanto la importancia de entregar la vida, el valor de la disponibilidad y la necesidad de poner el bien de los otros por encima del nuestro que, con frecuencia, tropezamos tanto a la hora de negarnos a algo como cuando tenemos que aceptar el ‘no’ de otra persona. 

Me gusta pensar que, cuando Jesús invita a que nuestro lenguaje sea “sí, sí” y “no, no” (cf. Mt 5,37), no solo nos anima a que nuestra palabra tenga el peso de un juramento y nos comprometamos firmemente con aquello que decimos. Quiero creer, además, que así también nos alienta a no tener reparo en decir que no cuando sea necesario y a acoger con cariño los “noes” ajenos que nacen de esta libertad conquistada. Quizá así viviríamos todos con más soltura… y yo me hubiera ahorrado el desahogo de mi vecina.