Por qué el Papa bueno encaja como patrón del Ejército italiano


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Se trató de una sorprendente y poco notable ceremonia en el Palacio del Ejército. Con el bombo habitual de los rituales tanto eclesiásticos como militares, san Juan XXIII –“el Papa bueno” del Concilio Vaticano II– ha sido declarado nuevo patrón del ejército romano. El arzobispo castrense Santo Marciano, a su vuelta de Kosovo, tras visitar un contingente de paz italiano, ha presentado una bula a tal efecto –escrita en latín y publicada por la Congregación del Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos en junio– al general Danilo Errico, quien ostenta el puesto de Jefe Mayor del Ejército.

En un primer momento, una ceremonia en el Palacio italiano del Ejército puede parecer un contrasentido.
Este Pontífice fue el famoso “papa de la paz”. Quizá la clave democrática durante su pontificado de cinco años (1958-1963) fue la crisis de los misiles de Cuba de 1962, cuando Juan XXIII jugó un pequeño pero efectivo papel permitiendo tanto al presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, y al presidente ruso, Nikita Kruschev, recurrir a sus deseos como cobertura por ceder al borde de una guerra nuclear.

Atormentado por lo cerca que estuvo el mundo de la aniquilación, Juan XXIII escribió la encíclica Pacem in Terris, por primera vez dirigida, no solo a obispos y el clero, sino a los hombres y mujeres de buena voluntad, haciendo un llamamiento urgente por la paz.

“Un mundo lleno de agonía”

¿Qué pensaría el Papa bueno de su nombramiento como patrón de un ejército? Realmente, estaría muy satisfecho. Para empezar, como indica la bula, el joven padre Angelo Roncalli, el hombre de origen campesino de Bérgamo, y que iría ascendiendo hasta ser Papa, sirvió en el ejército italiano durante la Primera Guerra Mundial, con el rango de sargento y sirviendo en el cuerpo médico como camillero y también como capellán de las tropas.

El futuro Juan XXII reflejó sus vivencias varias veces en su diario. Por ejemplo, el 23 de mayo de 1915 escribió: “Mañana, me marcho para ocupar mi puesto en el cuerpo médico. ¿Dónde me enviarán? ¿Al frente, quizá? ¿Volveré algún día a Bérgamo o el Señor ha decidido que mi última hora sea en el campo de batalla?”. Resulta que al final, hizo casi todo el servicio en Bérgamo. Roncalli continuó trabajando con veteranos tras el armisticio, designado por su obispo para ayudar a los jóvenes clérigos que volvían a casa desde el frente.

En su diario, resumió la experiencia de guerra como “un mundo lleno de agonía”. “Me vienen a la cabeza aquellas almas jóvenes que llegué a conocer durante esos años”, escribió, “a muchos de los cuales acompañé por el umbral de la otra vida; su memoria me conmueve profundamente y pensar que ellos rezarán por mí, me conforta y me anima”.

Por ello, si Juan XXIII estuvo en el Palacio del Ejército el martes viéndose proclamado patrón, seguramente se acordó de aquellas “almas jóvenes” y sonrío.

Más fundamentalmente, Juan XXIII sin duda aplaudiría la declaración simbólica que hace el ejército nombrándole patrón, que el objetivo del ejército italiano no es hacer la guerra, sino construir la paz.

El ejército de la “guerra justa”

Italia no es una potencia nuclear, y sus militares no participan en operaciones ofensivas: su papel hoy se limita a mantener la paz y misiones humanitarias. Aunque en su momento contribuyó con 3.200 soldados a la invasión de Irak –bajo el mandato del conservador Silvio Berlusconi– en 2003, la respuesta popular fue tan fuerte en contra de la guerra que tuvo que limitar la función a no-combativa y a reconstruir el país y mantener la paz.

Cuando en noviembre de ese año, 19 militares y policías militares murieron en un ataque terrorista en su cuartel de Nasiriya, se convirtieron en héroes nacionales y se les dio un funeral de Estado. En otras palabras, uno podría decir que el ejército italiano tiene “todas las papeletas” para lo que la Iglesia Católica vería como una “guerra justa”, es decir, el uso de la fuerza para un buen fin y con medios proporcionados.

Benedicto XVI, en una de sus charlas anuales a una conferencia internacional de capellanes militares, expuso la visión de ese tipo de ejército: “Pienso, en concreto, en el ejercicio de la caridad por parte de un soldado que rescata víctimas de terremotos o inundaciones, así como refugiados, poniendo su valor y competencia a disposición de los más débiles. (…) Pienso en el soldado que limpia campos de minas en escenarios de guerra, con gran peligro y riesgo personal, así como en el soldado que, siendo parte de una misión de paz, patrulla las calles y los territorios para que los hermanos no se maten entre sí”.

Esto describe lo que los soldados italianos hacen la mayor parte del tiempo en estos días y esto es, lo más seguro, por lo que Juan XXIII estaría encantado de servir como su patrón.