Quienes seguís este blog sabéis que pretende ser una humilde aportación a la reflexión y práctica política actual desde mi visión cristiana. Por eso, no sorprenderá que esta vez escriba contemplando una de las celebraciones más importantes de nuestra fe: la del Jueves Santo.
Hoy he tenido la oportunidad de vivir el oficio de este día en una localidad -de cuyo nombre no quiero acordarme- donde estoy con familiares. En la homilía, el sacerdote nos decía que “Jesús hoy busca lavadores de pies”. La metáfora me ha parecido especialmente sugerente para trasladarla al terreno del compromiso político.
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Porque, al menos desde mi limitada experiencia, el servicio público solo adquiere pleno sentido cuando se entiende precisamente así: como servicio. Un servicio que se concreta de muchas formas. Algunas más evidentes que otras.
Lo obvio
Evidente parece que, quienes se dedican a la política, deberían tener como principal motivación el servicio a la sociedad, la búsqueda del bien común y la construcción de un mundo mejor para todos y todas.
Dentro de ese marco, resultaría lógico que centraran su atención en aquellas realidades y colectivos que viven en mayor situación de vulnerabilidad, con el objetivo de que toda la ciudadanía pueda, al menos, formar parte de una clase media estable y vivir con la dignidad que corresponde a todo ser humano.
También cabría esperar que, quienes eligen la política como medio legítimo de vida, lo hagan con espíritu de servicio y lealtad a las instituciones de las que forman parte, excluyendo cualquier atisbo de corrupción y actuando, en cambio, con la mayor transparencia posible. Hasta aquí, probablemente, todo resulte fácil de compartir.
Lo desafiante
Sin embargo, hay otras dimensiones del servicio que debieran también acompañar a la acción política y que, aunque menos evidentes, son las que realmente ponen a prueba su autenticidad. Son las que revelan si alguien ha venido a la política a ser, de verdad, “lavador o lavadora de pies ajenos”.
Por ejemplo, el servicio a las personas con las que se comparten siglas. Porque, por desgracia, no son infrecuentes las luchas internas en el seno de los partidos, donde la disputa por los puestos o por el poder en la toma de decisiones parece formar parte del juego. Pero, si el servicio “de los unos a los otros” (Jn 13, 14) no comienza con los más cercanos, ¿cómo sostenerlo de puertas hacia afuera?.
Más aún: ¿y el servicio a quienes pertenecen a otros grupos políticos, incluso a aquellos con posiciones ideológicas muy distintas? Puede sonar extraño. Hasta ingenuo. Y es comprensible. Pero ahí resuena con fuerza la interpelación evangélica: “si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?” (Mt 5, 46).
No se trata de renunciar a las propias convicciones, sino de ofrecerlas con humildad, sin imponerlas, y con una auténtica disposición al diálogo. Se trata de caminar junto a los adversarios políticos, de la mano, en la búsqueda sincera de la verdad, el bien común y de soluciones a los desafíos compartidos.
Ese es, quizá, uno de los rostros más exigentes -y más hermosos- de la caridad política. «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,8). Ojalá que sí. Porque eso significará que el servicio, la entrega y la resurrección del Triduo Pascual habrán vuelto a abrirse camino. Feliz Pascua.
