Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Personas esclavizadas


El verano es tiempo de lectura y, en mi caso, de leer todo aquello para lo que tengo poco tiempo durante el curso escolar. Es época de novelas y de esos textos que se leen más por placer que por necesidades laborales. Por eso me tomo mi tiempo en elegir qué libros me van a acompañar en mi periplo veraniego, intentando conjugar el realismo de reconocer la extensión, siempre limitada, de las vacaciones con el deseo de devorar unos cuantos de esos libros que van acumulándose en la lista de “para cuando tenga tiempo”.



El caso es que, hojeando uno de ellos, en ese personal proceso de selección vacacional, leí en la introducción algo que me ha hecho pensar mucho. Aunque no ha sido de “los elegidos” para acompañarme, el autor aclaraba que en sus páginas optaba por hablar de “personas esclavizadas” en vez del habitual “esclavos”. Más allá de la decisión lingüística, lo que realmente me ha hecho pensar fueron sus argumentos para ello.

El escritor planteaba que recurrir al sintagma “personas esclavizadas” permitía, por un lado, devolverles la humanidad a todas esas personas que sufrieron situaciones de privación de libertad, recordando que, ante todo, son personas como tú y como yo. Por otro lado, con este giro se ponía en evidencia algo que no conviene olvidar y es que no nos definimos por un único rasgo de nuestra existencia.

Lectura. Libros

Feria Internacional del Libros en La Paz (Bolivia). Foto: EFE

Por más que un acontecimiento o una vivencia pueda tener una relevancia tal en nuestra historia que, de algún modo, la marque, eso no nos determina ni nos define, pues somos mucho más que eso. Algo así como le sucede a Amós, que no tiene ningún reparo en confesar que, además de profeta, él es pastor y cultivador de higos (cf. Am 7,14). Aunque esta idea no sea nueva, me ha venido últimamente a la cabeza.

No hay duda de que somos una unidad y que no podemos separar dimensiones de nuestra existencia como si se tratara de sombreros que nos ponemos y nos quitamos. Aun así, tengo la sensación de que, con demasiada frecuencia, acabamos poniendo el acento en uno o dos rasgos, olvidando todos los demás o, al menos, dejándolos un poco abandonados.

Lectoras convulsivas

No son pocas las ocasiones, por ejemplo, en las que la profesión define a la persona de tal manera que esta entra en crisis cuando se jubila o quienes se comprenden tanto desde su paternidad o maternidad que luego, cuando los hijos crecen y abandonan el nido, no saben cómo recomponer su mundo de relaciones.

Puede parecer una tontería, pero esa introducción del libro me parece una invitación estupenda para desplegar todas y cada una de nuestras dimensiones: hijos, hermanos, padres, profesores, cristianos, vecinos, amigos, amantes del deporte, apasionados del cine, admiradores de la naturaleza… o lectoras convulsivas.