Jorge Oesterhel, sacerdote periodista escritor director de Vida Nueva Cono Sur bloguero Con la mirada puesta
Vocero de la Conferencia Episcopal Argentina

¿Para qué sirven las críticas a la Iglesia?


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Es un gran error, en el que muchos personajes eclesiásticos caen habitualmente, no aprovechar la magnífica oportunidad que ofrecen los medios de comunicación cuando critican despiadadamente a la Iglesia. Estar expuestos a cada momento a todo tipo de informaciones tendenciosas, falsas, incompletas; o simplemente a insultos o descalificaciones de todo tipo, no debería ser desde la Iglesia solamente una experiencia dolorosa y, en ocasiones, paralizante. Menos aún debería ser la oportunidad para un contraataque con las mismas armas o para las constantes e ineficaces desmentidas. Tampoco es útil asumir el papel de víctima eternamente agredida y mal interpretada.

Desde la fe cristiana son posibles unas miradas más profundas y superadoras. En primer lugar urge dejar de lado el análisis de las intenciones que se ocultan detrás de esas críticas, ese camino no conduce a ninguna parte. Es especialmente un camino inoportuno cuando el punto de partida es el supuesto de la mala intención de quienes escriben o hablan desde los medios, o de también supuestas campañas de desprestigio organizadas desde ámbitos deseosos de perjudicar a la Iglesia. Enredarse en esas imaginaciones es simplemente inútil, nunca será posible probar esas intenciones ocultas y, de ser ciertas, siempre serán rápida y eficazmente desmentidas. La última palabra estará sin duda en poder de los que operan desde los medios.

Tampoco conviene suponer que los medios “no entienden nada” cuando hablan de cuestiones eclesiásticas. En primer lugar porque, de ser así, la responsabilidad recae en la Iglesia que no se ha sabido explicar o hacerse entender; y en segundo, porque decir eso expone otra realidad: en la Iglesia habitualmente tampoco “se entiende nada” del funcionamiento de los medios. Ese lamentable, y también supuesto, desconocimiento mutuo, es el espacio inmejorable para la proliferación de prejuicios que se potencian unos a otros. En cualquier caso nos seguimos moviendo en el terreno de las suposiciones, que es el sitio desde el cual nunca será posible un diálogo productivo.

Victimización y negación

Más que mirar hacia afuera, en este caso hacia los medios, es siempre más conveniente mirar hacia adentro. En lugar de avanzar hacia las intenciones de quienes critican es posible centrarse en lo que haya de verdad en esas críticas y de esa manera convertirlas en oportunidades de aprendizajes. Vivir cualquier crítica como un ataque malintencionado empobrece a la institución criticada en cualquier caso, pero especialmente en el caso de la Iglesia. Justificadamente o no, de la Iglesia se espera una actitud superadora. Hasta sus peores críticos esperan que la Iglesia no reaccione desde la victimización o la negación, de ella se aguarda que no reaccione “como todo el mundo”, se espera algo más. El desafío consiste en descubrir en cada caso cual es ese “algo más” que se puede ofrecer desde una institución con tanta riqueza espiritual y tanta sabiduría acumulada a través de los siglos. Es muy penoso cuando se reacciona solamente con fastidio y sin aportar nada nuevo al tema o a la situación planteada.

Recibir las críticas poniendo atención en lo que ellas puedan contener de verdadero tiene además, desde el punto de vista cristiano, una gran ventaja: permite verlas y vivirlas como una purificación necesaria y bienvenida. Podemos rezar como San Pablo pidiendo que se nos libre de ese molesto aguijón (en este caso, de los medios) o, también como San Pablo, aceptar que las críticas pueden despertar la fe y limpiarla de falsas seguridades y actitudes soberbias.  Estar expuestos al feroz escrutinio mediático puede llevarnos a confiar de verdad en la fuerza de la Gracia, que se manifiesta mejor cuanto mayores son nuestras debilidades, (“te basta mi gracia”, escuchó Pablo en aquella ocasión).

Detrás de muchas de las críticas que recibe la Iglesia se puede adivinar un reclamo de mayor humildad. Conviene entonces recordar que nadie se hace humilde leyendo a Santa Teresita de Lisieux, lo que hay que hacer es imitar lo que ella hacía y lo que enseñaba: se crece en la humildad en medio de las humillaciones, no de las lecturas espirituales.