En ese haber olvidado que solo somos criaturas -o, si se prefiere, accidentes fortuitos en un universo aleatorio– nos hemos convertido en señores de la vida y de la muerte, olvidando que nunca es el siervo más que su amo (Jn 15,20).
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En esta carrera desbocada hacia el progreso en la que la especie humana participa, parece que una de las metas es la de la omnipotencia: el hombre no quiere saberse creado, y prefiere hacerse dueño y señor del paraíso. Como adolescentes, nos hemos revelado contra el padre y, desde nuestras visiones raquíticas, y siempre limitadas, corremos hacia ninguna parte.
Nos sentimos dioses, y nos hemos otorgado la potestad de decidir sobre el bien y sobre el mal, sobre la vida y sobre la muerte (Gn 3,5).
Adán y Eva
Ni Adán y Eva expulsados del paraíso; ni Prometeo condenado por querer robar el fuego de los dioses; ni la torre de Babel, ni Fausto; ni, tan siquiera, el holocausto perpetrado por los nazis, nos han hecho entender lo insensato de sentirnos dueños de nuestro destino.
Así, consideramos legítimo decidir quien debe nacer y quien debe morir; que personas deben recibir tratamiento médico y cuáles no; que niños se merecen una educación u otra; que países son bombardeables y cuales merecen ayuda; quién puede morir ahogados y por quién hay que movilizar a la armada; que bosques pueden talarse y que paisajes hay que conservar; que personas son respetables y que personas son abusables… El resultado es un mundo y una humanidad difícil de digerir.
Nos hicieron señores de la creación para cuidarla y para hacer de ella un lugar lo más habitable posible, como haría un buen amo.
Conviene sacudirse el polvo.
