Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

El misterio venezolano


Los creyentes sabemos que Dios habla en las voces del tiempo, del alma y de la historia. Pero hay momentos en que su lenguaje se vuelve difícil de descifrar. Frente a tanto dolor humano, frente a las imágenes de Venezuela golpeada por la tragedia, cuesta decir algo que no suene pequeño, inoportuno o injusto.



Escribo desde fuera, con pudor. No pretendo explicar Venezuela a los venezolanos, porque solo ellos conocen por dentro la hondura de sus heridas, sus esperanzas, sus pérdidas y su amor por la tierra que llevan en el alma.

Desde una memoria personal

Escribo más bien desde una memoria personal: la de una niña latinoamericana que creció mirando a Venezuela como un país luminoso, alegre, moderno, lleno de belleza, talento, petróleo, música, liderazgo, carisma y futuro.

Por eso duele tanto verla hoy entre escombros materiales y espirituales. Duelen los edificios caídos, las familias buscando a los suyos, las manos excavando donde debiera haber máquinas, la intemperie de quienes han perdido casa, patria o certezas.

Duele también pensar en tantos venezolanos repartidos por el mundo, llevando consigo una mezcla de gratitud, nostalgia, cansancio y desarraigo.

La pregunta inevitable

La pregunta inevitable aparece con fuerza: ¿qué pasó con un país que parecía tenerlo todo para florecer? ¿Cómo una nación tan rica en naturaleza, cultura, fe, alegría y recursos llegó a una situación tan dolorosa?

Sería injusto responder de manera simple. La historia de Venezuela está atravesada por procesos políticos, económicos y sociales complejos, por liderazgos concretos, decisiones acumuladas, heridas institucionales y sufrimientos que no admiten caricaturas.

Pero, junto con ese análisis necesario, también cabe una pregunta más honda. Una pregunta que no es solo para Venezuela, sino para todos nosotros. ¿Qué ocurre cuando una sociedad pone demasiada confianza en la riqueza material?

Cuando el poder se transforma en botín

Aún más… ¿Qué pasa cuando el poder se transforma en botín, cuando el éxito reemplaza al bien común, cuando la belleza exterior vale más que la interior, cuando la fe queda arrinconada en los templos y deja de fecundar la vida pública, familiar y social?

Venezuela, en su dolor, se ha convertido en un espejo incómodo para América Latina. No porque sea la única herida, ni porque el resto de nuestros países vivan en un paraíso. Todos cargamos nuestras propias fracturas: desigualdad, violencia, corrupción, soberbia, indiferencia, polarización y pobreza espiritual. Pero hay heridas que, por su hondura, nos obligan a detenernos.

Una mujer, entre los escombros de un edificio en Caracas, tras el terremoto. Foto: Efe

Una mujer, entre los escombros de un edificio en Caracas, tras el terremoto. Foto: Efe

Quizás, el misterio venezolano sea también el misterio humano: podemos tener recursos, belleza, inteligencia, historia, fe y alegría, y aun así perder el rumbo si no cuidamos los cimientos invisibles de la convivencia.

Se sostiene con instituciones justas

Una nación no se sostiene solo con petróleo, dinero, fama o promesas de grandeza. Se sostiene con instituciones justas, con líderes servidores, con comunidades vivas, con respeto por la dignidad humana, con solidaridad real y con una fe que no se queda encerrada, sino que se hace carne en la justicia y en el cuidado mutuo.

Tengo esperanza en Venezuela. Creo que se levantará, porque he visto la fuerza de su gente en muchos países, también en Chile: trabajadores, resilientes, creyentes, agradecidos, alegres incluso en medio de pérdidas inmensas. Un pueblo que canta, trabaja, reza, cuida y vuelve a empezar no está derrotado, aunque esté herido.

Hoy, mientras tantos venezolanos buscan entre ruinas a sus seres queridos y otros siguen cargando el peso del exilio, lo primero es orar, ayudar y acompañar. Lo segundo es aprender. Preguntarnos qué temblores estamos desoyendo nosotros. Qué escombros estamos acumulando en silencio. Qué riquezas estamos administrando mal. Qué hermanos estamos dejando solos. Qué lugar ocupa Dios en nuestras decisiones concretas y no solo en nuestras palabras piadosas.

Oremos por Venezuela, por sus muertos, por sus heridos, por sus familias, por sus migrantes, por quienes rescatan, por quienes gobiernan y por quienes sueñan con volver. Y pidamos también que esta tragedia no despierte superioridad ni juicio, sino conversión, solidaridad y una conciencia más clara de lo esencial.