Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

En el mismo barco


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Las noticias tienen sus días contados. Aquello que pudo hacer mucho ruido informativo en un momento determinado acaba por desaparecer antes o después. Aún lo tenemos fresco, pero en los últimos días los periódicos y las tertulias de la televisión se han llenado de referencias, algunas alarmantes, sobre la infección de hantavirus en un lujoso crucero. Supongo que no soy la única que hasta ahora no había escuchado hablar nunca de semejante virus y menos de la cepa Andes que puede transmitirse de animales a humanos.

Aunque ya no se escuchen demasiadas noticias, los titulares de los medios de comunicación han estado llenos de información sobre esta enfermedad. La muerte de tres pasajeros del crucero, la infección de otros, junto a todo el operativo internacional para la evacuación del barco y la atención a los pasajeros no solo nos ha familiarizado con este virus, sino que también ha avivado viejos fantasmas de un pasado no tan lejano.

El crucero MV Hondius, afectado por varios casos de hantavirus, fondeado en el puerto de Granadilla

El crucero MV Hondius, afectado por varios casos de hantavirus, fondeado en el puerto de Granadilla Foto: EFE

Han pasado apenas seis años desde que la COVID-19 entró en nuestras vidas cual elefante en una cacharrería y, por más que parezca que es un episodio superado, las reacciones que esta situación sanitaria han provocado en mucha gente solo delata que hay heridas sin acabar de curar. Ante la información sobre un virus contagioso y desconocido, se ha despertado eso que los especialistas denominan “memoria pandémica colectiva” y tengo la sensación de que más de uno ha estado en un tris de acaparar comida y terminar con las existencias de papel higiénico en los supermercados, imaginando que no estaba lejos un revival del confinamiento.

El miedo

Esta situación me confirma una certeza: no hay nada más contagioso y peligroso que el miedo. El temor que se ha despertado en algunos, por más irracional que pueda ser, evidencia que el miedo es capaz de introducirnos en dinámicas que olvidan cualquier aprendizaje hecho en vivencias anteriores. Así, puede empujarnos a buscar ingenuamente el propio bien, obviando el cuidado y la atención del resto, como si los virus entendieran de fronteras entre las naciones.

Poco a poco, el hantavirus ha dejado de ser noticia y ya no ocupa demasiado espacio en los telediarios. Ojalá también pierda actualidad ese miedo irracional que nos dobla sobre nosotros mismos y nos hace ignorar que todos estamos en el mismo barco, que no es precisamente un crucero para la mayoría, y que, cuando la tormenta arrecia, cuidarnos a nosotros mismos pasa por cuidar y proteger a los demás. No nos viene mal escuchar una vez más, como lo hicieron los discípulos en medio de la tempestad, ese “¿por qué estáis con tanto miedo?” de Jesús (Mc 4,37-41).