En este mundo nuestro tan complicado en el que unos conflictos surgen y otros resurgen, y los derechos humanos que parecía comunmente aceptados vuelven no solamente a ser conculcados en la práctica sino también cuestionados en la teoría, sabido es que la persecución violenta contra los cristianos aparece como una realidad dramáticamente presente en diversas regiones del planeta,. Ocurre sobre todo en varios países de África y de Oriente Medio, en los que comunidades cristianas enteras viven bajo amenaza constante, especialmente a causa de grupos vinculados al extremismo islamista que consideran a los cristianos enemigos de su proyecto ideológico. En los últimos años se han producido ataques especialmente crueles, como los perpetrados por Boko Haram contra aldeas cristianas en Nigeria, las masacres cometidas por el Estado Islámico en Siria e Irak contra comunidades históricas, o los atentados contra iglesias en Egipto, Pakistán o Sri Lanka.
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En el contexto de violencia religiosa que ha marcado los primeros decenios del siglo XXI, el martirio de los llamados 21 mártires de Libia –Milad Makeenn Zaky y sus 20 compañeros de martirio- se convirtió en el año 2015 en uno de los testimonios más conmovedores de fidelidad cristiana de nuestro tiempo, un acontecimiento que sacudió la conciencia del mundo y que hoy es recordado como símbolo de fe, de dignidad humana y de unidad entre los cristianos frente a la persecución.
La ambientación histórica en la que ocurrió su martirio está profundamente ligada a la inestabilidad que siguió a la guerra civil libia y al auge de los grupos yihadistas en el norte de África. Tras la caída del régimen de Muamar Gadafi en 2011, como un fenómeno más de la llamada “primavera árabe”, Libia quedó fragmentada en diversas facciones armadas, lo que permitió la expansión de organizaciones extremistas vinculadas al autodenominado Estado Islámico. En ese ambiente de caos y violencia, miles de trabajadores migrantes provenientes de Egipto y de otros países africanos continuaban llegando al país en busca de empleo, especialmente en la construcción o en labores agrícolas.
Entre ellos había muchos cristianos coptos, miembros de la antigua Iglesia de Egipto, que a pesar de las dificultades económicas y los riesgos seguían viajando a Libia para sostener a sus familias. Estado Islámico La mayoría de los futuros mártires procedía de pequeñas aldeas del Alto Egipto, especialmente de la región de Minya, una zona donde la fe cristiana copta está profundamente arraigida. Eran hombres jóvenes y sencillos: albañiles, obreros y trabajadores manuales que habían emigrado para mejorar las condiciones de vida de sus familias, pues precísamente la emigración es muy común entre los jóvenes egipcios.
¿Quién es Milad Makeenn Zaky?
Entre ellos se encontraba Milad Makeenn Zaky, cuyo nombre encabezaría posteriormente la lista de los veintiún testigos de la fe. A veces escrito como Milad Makin Zaky, era uno de los más jóvenes. Nació el 1 de octubre de 1988 en la aldea de Al-Our, en la provincia egipcia de Minya. Desde pequeño participaba activamente en la vida de la Iglesia copta: asistía a la escuela dominical, participaba en reuniones de oración y leía frecuentemente la Biblia. Según contó su madre, tenía la costumbre de dedicar cada mañana aproximadamente una hora a leer el Evangelio y meditar en las Escrituras antes de empezar el día.
La falta de trabajo en su región lo llevó a emigrar a Libia, como tantos otros jóvenes coptos. Cuando los milicianos del grupo yihadista llegaron para capturarlo, había terminado precisamente ese tiempo de oración con la Biblia. En el video de la ejecución aparece como uno de los primeros en ser enfocado mientras pronuncia el nombre de Jesús, un detalle que impresionó profundamente a quienes conocían su vida espiritual.
Los otros 20 mártires
Otro caso interesante es el de Abanub Ayad Atiya, que era el más joven del grupo. Tenía alrededor de veinte años y también provenía de la región de Minya. Había crecido en una familia profundamente cristiana y trabajaba como obrero en Libia para ayudar económicamente a sus padres. En su aldea se le recordaba como un joven alegre, muy unido a su familia y a la vida parroquial.
Dos de los mártires eran hermanos, lo cual hizo el acontecimiento aún más conmovedor para su familia: Bishoy Astafanus Kamel y Somaily Astafanus Kamel. Ambos procedían de la misma región rural del Alto Egipto y habían emigrado juntos para trabajar. Tras conocerse la noticia del martirio, su madre declaró públicamente que, aunque el dolor era grande, confiaba en que sus hijos estaban ahora en el cielo intercediendo por ellos.
Entre los veintiuno había también un caso muy singular: el del africano subsahariano identificado posteriormente como Matthew Ayariga, probablemente de Ghana. No era egipcio ni copto como los demás, y durante un tiempo su identidad permaneció desconocida. Diversos testimonios indican que, cuando los terroristas le preguntaron si rechazaba la fe cristiana para salvar su vida, respondió señalando a los otros prisioneros: “Su Dios es mi Dios”, aceptando morir junto a ellos. Al compartir el destino de los otros veinte, se convirtió también en mártir junto a ellos.
Otro de los mártires, Tawadros Yusuf Tawadros, era uno de los mayores del grupo y estaba casado. Había dejado esposa e hijos en Egipto cuando se marchó a Libia para trabajar. Historias similares se repiten en muchos de los demás: hombres sencillos que emigraron temporalmente para sostener a sus familias.
Secuestrados por el Estado Islámico
Como se ha dicho, la mayoría procedía de la zona de Minya. De hecho, trece de ellos provenían de la misma aldea, Al-Our, una pequeña comunidad agrícola donde musulmanes y cristianos conviven desde hace generaciones. Aunque sus historias personales eran humildes y discretas, todos compartían una profunda religiosidad popular, marcada por la oración, la participación en la liturgia copta y la devoción a Jesucristo.
Entre diciembre de 2014 y enero de 2015, estos trabajadores fueron secuestrados por milicianos del Estado Islámico en distintos puntos de Libia. El grupo terrorista buscaba con estos secuestros enviar un mensaje propagandístico al mundo y, especialmente, al cristianismo. Durante semanas se desconoció el destino de los cautivos, mientras sus familias en Egipto rezaban por su liberación.
Finalmente, el 15 de febrero de 2015, el grupo difundió un video que mostraba la ejecución de los prisioneros en una playa cercana a la ciudad de Sirte, en la costa mediterránea. El video, cuidadosamente producido como propaganda, mostraba a los prisioneros vestidos con trajes naranjas y escoltados por milicianos vestidos de negro.
Imágenes impactantes
Las imágenes se convirtieron rápidamente en uno de los testimonios más impactantes de persecución religiosa en el siglo XXI. Los milicianos se referían a los cautivos como “el pueblo de la cruz” y afirmaban actuar en nombre de su ideología extremista. Los hombres fueron obligados a arrodillarse en la arena frente al mar. Según numerosos testimonios posteriores, varios de ellos repetían el nombre de Jesús mientras se preparaban para morir. Uno de los ejecutores, hablando en inglés en el video, proclamaba amenazas contra el cristianismo y declaraba que la sangre de los cristianos teñiría el mar Mediterráneo. Poco después, los terroristas degollaron a los prisioneros ante la cámara.
La noticia del asesinato provocó una profunda conmoción internacional. En Egipto, las comunidades cristianas lloraron a los muertos, pero también expresaron un fuerte orgullo espiritual por el testimonio de sus hijos. Muchas de las familias de los mártires manifestaron públicamente su fe y su perdón hacia los asesinos, recordando que sus parientes habían muerto confesando el nombre de Cristo. Para la Iglesia copta ortodoxa, este acontecimiento fue interpretado inmediatamente dentro de la larga tradición de martirio que caracteriza su historia, una tradición que se remonta a las persecuciones del Imperio romano y que forma parte esencial de su identidad espiritual.
Por esta razón, la reacción de la Iglesia copta fue rápida. Apenas seis días después del asesinato, el patriarca de la Iglesia copta ortodoxa, Tawadros II, anunció que los veintiún hombres serían inscritos en el Synaxarium, el calendario litúrgico de los santos coptos. Este gesto equivale en la tradición oriental a una canonización. Desde entonces, la Iglesia copta los venera oficialmente como santos mártires, celebrando su memoria el 15 de febrero, fecha de su muerte.
El martirio en las Iglesias orientales
La rapidez de esta decisión refleja la forma particular en que las Iglesias orientales reconocen el martirio. Mientras en la Iglesia católica los procesos de canonización suelen ser largos y jurídicamente detallados, en las Iglesias orientales el testimonio evidente del martirio puede bastar para que el pueblo cristiano y la jerarquía reconozcan la santidad de los testigos. En este caso, el testimonio no podía ser más claro: aquellos hombres habían sido asesinados explícitamente por ser cristianos, y habían aceptado la muerte sin renegar de su fe, incluso el que no se sabe con certeza de qué religión fuera, quiso morir por la misma fe de los demás.
Con el paso de los años, la memoria de estos mártires comenzó a trascender los límites de la Iglesia copta. Su historia fue conocida en todo el mundo cristiano y se convirtió en un símbolo del llamado “ecumenismo de la sangre”, una expresión utilizada por las diferentes comunidades cristianas para referirse a la unidad que nace del martirio compartido. Cuando los perseguidores atacan a los cristianos, no distinguen entre confesiones: católicos, ortodoxos y protestantes sufren juntos por la misma fe en Cristo.
Este significado ecuménico alcanzó un momento particularmente importante en 2023. El 11 de mayo de ese año, durante un encuentro en el Vaticano entre el papa copto Tawadros II y el papa Francisco, se anunció una decisión histórica: los veintiún mártires coptos serían inscritos también en el Martirologio Romano, el calendario oficial de los santos de la Iglesia. Con este gesto, la Iglesia católica reconocía formalmente su santidad.
El cambio del papa Francisco
El acto tenía un profundo significado histórico. Desde el siglo V, cuando las divisiones teológicas y políticas separaron a la Iglesia copta de la comunión con Roma, las dos Iglesias habían desarrollado tradiciones distintas. Aunque compartían la memoria de muchos santos antiguos, reconocidos antes de la ruptura, no existían santos nuevos venerados oficialmente por ambas Iglesias. El reconocimiento de los mártires de Libia cambió esta situación, convirtiéndolos en los primeros santos reconocidos conjuntamente por la Iglesia católica y la Iglesia copta ortodoxa desde aquella antigua división.
Durante el anuncio, el papa Francisco afirmó que estos hombres “fueron bautizados no solo en agua y en el Espíritu, sino también en sangre”. Con estas palabras quiso subrayar que el martirio posee un valor espiritual universal para todos los cristianos. La sangre derramada por aquellos hombres, dijo el pontífice, se convierte en “semilla de unidad”, porque su testimonio pertenece a toda la Iglesia, más allá de las diferencias confesionales.
Desde entonces, la memoria de los 21 mártires ha comenzado a celebrarse también en el ámbito católico. En febrero de 2024, por ejemplo, el Vaticano celebró por primera vez su conmemoración oficial en la basílica de San Pedro, donde cristianos de diversas tradiciones se reunieron para recordar su sacrificio. Durante la celebración se veneraron reliquias relacionadas con el martirio, entre ellas las bridas de plástico utilizadas para atar las manos de los prisioneros antes de su ejecución. Este gesto simbolizaba la unión espiritual entre Oriente y Occidente en torno a la memoria de los mártires.
El altar de la iglesia de los mártires de Libia en Minya (Egipto)
El testimonio de Milad Makin Zaky y de sus veinte compañeros continúa siendo hoy una llamada a la fidelidad y a la esperanza. Sus vidas eran aparentemente ordinarias: trabajadores migrantes, hombres jóvenes que habían salido de sus aldeas para sostener a sus familias. Sin embargo, en el momento decisivo mostraron una fe extraordinaria. Su martirio recuerda que el cristianismo no es sólo una tradición cultural o histórica, sino una fe capaz de inspirar una entrega total.
Al mismo tiempo, su historia revela algo profundo sobre la identidad cristiana en el mundo contemporáneo. En esta época marcada por tantos conflictos, el sacrificio de estos hombres muestra que la fe puede convertirse también en un puente de unidad. Así, el martirio de estos jóvenes, ocurrido en una playa anónima del Mediterráneo, se ha transformado en un símbolo de esperanza de alcance universal.
