La Conferencia Episcopal está de acuerdo con la regulación de emigrantes. La mayoría, con trabajo no suficientemente remunerado, no puede exigir, no tiene papeles, pero trabaja y mucho. Es recurrente hablar de que cuidan de nuestros ancianos, de lo difícil que es encontrar albañiles en los pueblos, que escasea la mano de obra en las constructoras, camareros en los restaurantes y bares, que muchas familias y personas solteras tienen una empleada de hogar extranjera, que las grandes zonas de invernaderos están llenas de extranjeros… y los recolectores, los recogedores de basura, la limpieza de cloacas… Están entre nosotros, pero son invisibles; sostienen nuestra economía, pero les despreciamos, algunos con insultos xenófobos y otros con la indiferencia y el menosprecio. Pero mira a tu alrededor y verás distintos colores de piel, idiomas y acentos. Y más dentro de nuestras iglesias.
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Sé que los obispos lo solemos hacer mal, porque siempre hay grupos que no están de acuerdo. Algunos, porque no son creyentes. Otros, en cambio, se sienten defensores de las esencias más ortodoxas, muy parecidos a la secta de los fariseos del tiempo de Jesús, sepulcros blanqueados que veis la paja en el ojo ajeno y no la viga en el vuestro. Leyes que no aplican en sus vidas privadas. Pueden ser muy inteligentes en las diatribas, pero sus vidas, a la vista de la gente sencilla, dejan mucho que desear. No hay ni empatía, ni servicio desinteresado. Y, entre estas personas, me duele en el alma que haya también sacerdotes que despotriquen en sus redes sin sensibilidad ni misericordia.
Pienso en la cantidad de misioneros (laicos, religiosas, religiosos, sacerdotes…) sin papeles, que ha recalado en los países más lejanos; en los fieles que llenan nuestras iglesias, hace unos años casi vacías, y que ahora son comunidades interraciales; en nuestros compañeros sacerdotes, religiosas y religiosos que han venido a misionar a nuestra tierra. ¿Qué pensarán ellos?
Emigrantes de los años 60
Qué pensarán nuestros emigrantes de los años 60, que muchos no fueron regularizados como se cacarea ahora. Sé de qué hablo. He conocido a personas cercanas y, en el extranjero, cómo, con una veintena de años, montaban en un tren con una caja de cartón de maleta o un hatillo. Preguntad a las religiosas de María Inmaculada (Servicio Doméstico) en París, cómo salían al tren que venía de España, para acoger a las muchachas que llegaban sin ninguna dirección. O cómo recabamos en Argentina, Venezuela, Colombia… también para hacer las Américas.
Si la Iglesia no cuida a estas ovejas sin pastor, ¿quién lo va a hacer? “Porque fui forastero y me acogisteis. ¿Cuándo, Señor?”. ¡Ánimo y adelante!
