Recorrimos desde la Basílica de San Pedro las escaleras del Vaticano, hasta la Sala Clementina del Palacio Apostólico, en honor del cuarto Papa. Allí nos colocaron ordenadamente. Los seminaristas de varios seminarios españoles fueron convocados por León XIV –con sus rectores, formadores y obispos– el 28 de febrero de 2026, el mismo día en que, 13 años antes, renunció Benedicto XVI. En la misma sala en la que se veló a Francisco.
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El Papa entró con una gran sonrisa y a buen paso. Mientras, los seminaristas de Cartagena y Almería –que viven juntos en el seminario de Murcia– entonaron “Tarde te amé”, de san Agustín. Se ganaron al Papa. “Creo que os voy a hacer a todos agustinos; bueno, no, se enfadarían vuestros obispos”, dijo con humor.
En el discurso, sus palabras caían en lo más profundo del corazón: “Podemos hacer prácticas intrínsecamente buenas: la oración, el estudio, la vida comunitaria…, pero interiormente pueden estar vacías, pues las desnaturalizamos convirtiéndolas en un mero cumplimiento”.
Después, citando a Casona, añadió: “Se dice que los árboles mueren de pie, erguidos, conservan la apariencia, pero por dentro ya están secos. Algo semejante puede ocurrir en la vida de un seminarista –y más tarde en la de un sacerdote– cuando se confunde la fecundidad con la intensidad de las actividades o con el cuidado meramente exterior de las formas. La vida espiritual no da fruto por lo que se ve, sino por lo que está profundamente arraigado en Dios. Cuando esa raíz se descuida, todo acaba secándose por dentro, hasta que, silenciosamente, se termina por morir de pie”.
Ser solo la apariencia
Quizás eso nos puede ocurrir a todos a base de repeticiones, como árboles muertos al lado del arroyo de agua viva, conservando tan solo la apariencia. Estos días, dando vueltas a las palabras del Papa, recordé frases de la película ‘Ordet’ (‘La Palabra’), que el cineasta sueco Gustaf Molander dirigió en 1943, basada fielmente en la obra de teatro de Kaj Munk, sobre la fe, la razón y la duda. No es la famosa del director danés Carl Theodor Dreyer, del año 1955, León de Oro en Venecia el mismo año y considerada una obra de arte cinematográfica.
El anciano patriarca de la familia, Knut Borg –interpretado por el también director Victor Sjöström de una manera un tanto histriónica– es un pastor luterano enfrentado al otro pastor, que negaba los milagros, y dice de él: “No soporto que mastiquen el nombre de Dios como si fuera tabaco. Porque el tiempo de los milagros no ha terminado, basta tener fe. El milagro es como la flor en el páramo seco y desnudo que nadie puede entender”. ¡Ánimo y adelante!
