Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Magnífica vulnerabilidad (I)


Vivimos en una época que ha declarado una guerra silenciosa contra la vulnerabilidad humana. La cultura contemporánea exalta la eficiencia, la autosuficiencia, la juventud permanente, la productividad ilimitada y la capacidad de superar cualquier límite biológico mediante la técnica.



El transhumanismo y el poshumanismo prometen un ser humano mejorado, liberado del sufrimiento, del envejecimiento y, en cierto modo, de la propia condición humana.

Una lectura disruptiva

Sin embargo, la encíclica ‘Magnifica humanitas’, de León XIV, propone una lectura disruptiva: la verdadera grandeza del ser humano no nace a pesar de la vulnerabilidad, sino precisamente con ocasión de ella. No existe una humanidad magnífica porque sea poderosa, perfecta o invulnerable, sino porque es capaz de amar, de ser amada y de dejarse salvar.

La propuesta cristiana no es una antropología del superhombre, sino una teología de la fragilidad redimida. Dios no ha esperado a que la humanidad alcanzara una perfección técnica para habitarla. Ha elegido la precariedad de un pesebre, la vulnerabilidad de una vida ordinaria y las heridas de una cruz.

El desafío no es cómo dejar de ser vulnerables, sino cómo aprender a habitar la vulnerabilidad como lugar de encuentro con Dios y con los demás.

En este primer artículo consideraremos los aspectos generales de la vulnerabilidad antropológica de la encíclica, especialmente referidos a la nueva revolución tecnológica en la sociedad. En la segunda parte ampliaremos hacia otros aspectos de vida espiritual, una visión autocrítica de algunas prácticas religiosas que pretenden superar lo humano y su vulnerabilidad inherente.

I. Más que eliminando los límites, abrazando la realidad de lo que somos

León XIV afirma que debemos “aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir”. La debilidad humana no es un error fatal.

La modernidad identificó el progreso con la superación de toda dependencia. Cuanto más autónomos, más exitosos; cuanto más eficientes, más valiosos; cuanto más invulnerables, más admirables. La consecuencia no es solo que esto nos deja finalmente vacíos, sino que produce un tendal de víctimas.

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El Evangelio propone algo diferente: la dignidad humana no depende del rendimiento, de la inteligencia, de la salud, de la belleza, de la juventud, ni siquiera de la impecabilidad moral. Cada ser humano posee una dignidad original porque ha sido querido y amado por Dios.

Esta afirmación confronta con las nuevas formas de selección humana. Se exalta la meritocracia, se desprecia a quienes “no producen”, se responsabiliza a los pobres de su pobreza y se considera a los vulnerables una carga social. Son ideologías que exigen que la persona deba ganarse su valor.

Pero el cristianismo no cree en una humanidad que “merezca” existir. Cree en una humanidad que ha sido gratuitamente amada.

Por eso, ‘Magnífica humanidad’ rechaza las utopías tecnocráticas y las fantasías transhumanistas, y propone la aceptación reconciliada de nuestra condición. No es un mundo feliz en el que, para alcanzarlo, hay que sacrificar a muchos. La dignidad humana está aquí y ahora mientras peregrina hacia otro tipo de plenitud.

No somos máquinas defectuosas que deban actualizarse, ni proyectos biológicos inacabados o descartables. Somos criaturas llamadas a la comunión que, porque somos vulnerables, necesitamos a los demás y aspiramos a la perfección en la entrega, como Cristo.

La fragilidad deja entonces de ser una amenaza y se convierte en la puerta de entrada a la fraternidad.

II. Cristo resucitado conserva sus heridas

La gran novedad del cristianismo no consiste en que Dios haya eliminado la vulnerabilidad humana, sino en que la asumió para siempre. El Cristo resucitado no aparece como superhéroe invulnerable, sino que conserva las heridas de la pasión e invita a Tomás: «Trae tu dedo y mira mis manos» (Jn 20,27).

Esas heridas son la memoria eterna de un amor que vence al mal. También el pecado, la mayor vulnerabilidad, ha sido transformado por la misericordia divina en ocasión de salvación. Por eso la liturgia pascual proclama: «¡Oh feliz culpa, que mereció tan grande Redentor!».

No se glorifica el pecado, sino el poder del amor de Dios para convertir la caída en vida nueva. Es el abrazo del Padre al hijo pródigo.

Desde esta lógica nace la opción preferencial por los pobres. Los hambrientos, enfermos, migrantes, descartados y víctimas no son destinatarios secundarios de la misión cristiana, sino el lugar privilegiado donde Cristo continúa presente: «Tuve hambre y me disteis de comer…» (Mt 25).

Así, salva a la humanidad. Porque la vulnerabilidad es santuario de la presencia de Dios. Las Bienaventuranzas son el programa de esta humanidad nueva: frente al poder, Jesús proclama felices a los pobres; frente a la autosuficiencia, a los mansos; frente a la violencia, a los constructores de paz.

La espiritualidad cristiana no huye de las heridas: las habita con amor. Solo una humanidad reconciliada con su fragilidad podrá construir la civilización del amor, porque los imperios nacen del poder, pero las auténticas civilizaciones nacen siempre de la compasión.

Conclusión. La magnífica humanidad comienza cuando abrazamos nuestras heridas

Quizá la mayor enfermedad espiritual de nuestro tiempo sea el miedo a ser plenamente humanos. Tememos depender, equivocarnos, envejecer, fracasar o reconocer nuestras limitaciones. Buscamos una vida sin heridas y, con frecuencia, una religión cómoda que confirme nuestro bienestar más que nos impulse a salir al encuentro del otro.

De ese miedo nace también la aporofobia, el rechazo a los pobres y vulnerables, como si su fragilidad amenazara nuestra seguridad y nos complicara la vida.

Frente a esta lógica, León XIV propone una magnífica humanidad reconciliada con su condición de criatura. No se trata de sustituir la humanidad mediante una supuesta perfección tecnológica, sino de poner la ciencia y el progreso al servicio de una vida más fraterna.

La vulnerabilidad no es un defecto que deba eliminarse, sino el lugar donde nos encontramos con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

Las Bienaventuranzas y Mateo 25 revelan el verdadero camino de la plenitud. Allí donde alguien, como el Buen Samaritano, acompaña a un pobre, acoge a un migrante, escucha a una víctima o sostiene a un enfermo, Cristo sigue encarnándose en la historia.

Solo cuando dejamos de ocultar nuestras heridas y las transformamos en compasión, comienza a edificarse la civilización del amor. Porque la perfección cristiana no consiste en dejar de ser humanos, sino en amar hasta el extremo, como Cristo. Solo entonces la humanidad brilla verdaderamente magnífica.