Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Don Luigi Giussani y el hecho que despierta el corazón


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La reciente conclusión de la fase diocesana -la primera parte- de su proceso de canonización en la Archidiócesis de Milán nos brinda hoy la oportunidad de recordar a este gran sacerdote italiano del siglo XX, una figura cuya onda expansiva sigue sacudiendo el panorama espiritual contemporáneo. Don Luigi Giussani continúa ejerciendo hoy una sorprendente capacidad de atracción ya que su pensamiento y su obra siguen interpelando a muchas personas en todo el mundo, y su voz parece resonar hoy incluso con más fuerza que cuando estaba vivo, especialmente a través de una pregunta que repetía con firmeza y sencillez: “¿Cuál es la primera característica de la fe en Cristo? La primera característica es un hecho”.



Aquella afirmación era la expresión de una experiencia que había marcado toda su existencia. También la vida de Giussani estuvo determinada por un acontecimiento concreto: el descubrimiento de que el cristianismo no es una serie de ideas ni un conjunto de normas morales, sino el encuentro con una presencia capaz de transformar completamente la vida.

Luigi Giussani

Luigi Giussani. Foto: CyL

Luigi Giussani nació el 15 de octubre de 1922 en Desio, una pequeña localidad cercana a Milán. Creció en una familia trabajadora donde convivían sensibilidades muy distintas y, sin embargo, extraordinariamente complementarias. Su madre, Angelina, le transmitió una fe católica sencilla y profunda; su padre, Benjamín, ferviente anarquista, le inculcó una actitud intelectual que acabaría marcando decisivamente su personalidad: la necesidad de preguntarse siempre por el significado de las cosas.

Atención a la historia humana

Aquellos años dejaron una huella imborrable en su memoria. Recordaría a menudo la educación recibida en su hogar, donde aprendió el respeto absoluto hacia la dignidad de cada persona y una intensa atención a la historia y a los acontecimientos humanos. Desde niño escuchaba con interés las noticias y comprendía que la realidad nunca era algo indiferente. Entre los recuerdos que conservó con mayor intensidad hubo uno que marcaría profundamente toda su espiritualidad.

Una mañana caminaba hacia la iglesia junto a su madre cuando el cielo comenzó a teñirse de colores al amanecer. Ante aquella belleza inesperada, Angelina exclamó espontáneamente: “¡Qué bello es el mundo y qué grande es Dios!”. Aquellas palabras quedaron grabadas en su corazón. Décadas más tarde, seguiría evocando aquel instante como una experiencia decisiva: había descubierto que la belleza del mundo remitía inevitablemente a un Misterio mayor.

Vocación sacerdotal

Su vocación sacerdotal maduró de manera muy temprana. El 2 de octubre de 1933 ingresó en el Seminario de Seveso para cursar la Enseñanza Media y los primeros años de Secundaria, completando posteriormente su formación filosófica y teológica en el célebre Seminario de Venegono. Allí recibió la influencia de profesores destacados como Gaetano Corti, Giovanni Colombo, Carlo Figini y Carlo Colombo, quien más tarde sería obispo auxiliar de Milán. Pero aquellos años fueron importantes no sólo por los estudios, sino también por las amistades que forjaron su personalidad. Entre ellas destacó la relación con Enrico Manfredini, futuro arzobispo de Bolonia.

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En Venegono descubrió algo que marcaría todo su método educativo: la fe no podía reducirse a un conjunto de conocimientos aprendidos o a un refugio espiritual separado de la realidad. Debía convertirse en una experiencia viva capaz de abrazar la totalidad de la existencia humana.

Sensibilidad cultural y artística

Fue precisamente durante aquellos años cuando comenzó a desarrollarse su extraordinaria sensibilidad cultural y artística. Giussani descubrió progresivamente que las grandes expresiones del genio humano eran mucho más que simples manifestaciones estéticas: constituían huellas visibles de la eterna búsqueda de significado presente en el corazón del hombre. La poesía de Giacomo Leopardi ejerció sobre él una influencia particularmente profunda. Veía en ella una especie de grito humano dirigido hacia el infinito, una expresión dramática de la nostalgia que habita en toda persona.

La música ocupó igualmente un lugar central en su vida. Esa pasión no surgió de manera casual. Había comenzado muchos años antes, en el ambiente familiar de su infancia. Aunque los recursos económicos eran escasos, existía un pequeño lujo que su familia se permitía con entusiasmo: algunos domingos invitaban a músicos locales para escuchar interpretaciones en directo dentro de casa. Aquellas reuniones tenían una importancia mucho mayor de lo que podía parecer, eran una auténtica escuela de humanidad y sensibilidad.

Las composiciones de Beethoven, Mozart y Donizetti se convirtieron más adelante en compañeras permanentes de su itinerario intelectual y espiritual. Para él, la belleza artística nunca constituía una evasión sentimental ni un adorno secundario de la existencia. Era una llamada, una provocación constante dirigida al hombre para que se preguntara por el sentido último de las cosas.

Método educativo

Estas intuiciones terminarían convirtiéndose en uno de los pilares fundamentales de su posterior método educativo. Giussani insistiría durante toda su vida en que la verdad no se impone mediante demostraciones abstractas ni mediante una acumulación de normas, sino que se reconoce por la belleza y por la capacidad que tiene para responder a las exigencias más profundas del corazón humano.

Voluntarios de Meeting Rimini 2017 organizado por Comunión y Liberación/CYL

Voluntarios de Meeting Rimini 2017 organizado por Comunión y Liberación. Foto: CyL

Aquel joven de inteligencia brillante, carácter vivo y disciplina rigurosa no tardó en destacar entre sus compañeros. Incluso siendo todavía estudiante impulsó la publicación de ‘Studium Christi’, una iniciativa nacida entre alumnos interesados en situar la figura de Cristo en el centro de toda reflexión teológica. Tras ser ordenado sacerdote el 26 de mayo de 1945, sus superiores advirtieron inmediatamente sus extraordinarias capacidades pedagógicas y lo destinaron a la enseñanza en el propio Seminario de Venegono.

Durante aquellos años se dedicó intensamente al estudio de la Teología Fundamental, interesándose particularmente por la teología protestante estadounidense y por la tradición oriental eslava. Buscaba comprender cuáles eran las razones profundas capaces de sostener la adhesión humana a la fe. Sin embargo, el destino de Don Giussani no se encontraba encerrado entre los muros de una institución académica.

Un giro radical tras un viaje en tren

En 1954, cuando tenía 32 años, tomó una decisión que sorprendió a muchos: abandonar el seminario para dedicarse a la enseñanza secundaria. La ocasión que desencadenó aquel giro radical surgió durante un viaje en tren. Conversando con varios jóvenes, descubrió con asombro que desconocían casi por completo los fundamentos esenciales del cristianismo. Poseían una cierta cultura religiosa superficial, pero la fe parecía completamente ajena a sus vidas. Aquel encuentro lo impresionó profundamente, haciéndole comprender que el problema no consistía en una falta de información religiosa, sino en algo mucho más serio: Cristo había dejado de ser percibido como una presencia real capaz de interesar verdaderamente a la existencia humana.

Entre 1954 y 1964, comenzó una etapa decisiva de su vida como profesor en el Liceo Berchet de Milán. Aquellas aulas se transformarían pronto en el escenario donde empezaría a tomar forma una de las propuestas educativas más originales y fecundas del catolicismo contemporáneo. Giussani estaba convencido de que la educación no podía reducirse a una transmisión mecánica de conocimientos ni a la repetición de principios morales. Educar significaba introducir al joven en el significado profundo de la realidad y ayudarlo a descubrir las razones capaces de sostener su libertad y su deseo de felicidad.

Publicaciones e iniciativas

Desde aquella posición, impulsó numerosas publicaciones y promovió iniciativas que situaban el drama de la educación en el centro del debate cultural y eclesial. Su reflexión alcanzó tal relevancia que llegó incluso a redactar la voz “Educación” para la prestigiosa ‘Enciclopedia Católica’. Fue precisamente durante aquellos años cuando, junto con Francesco Rizzi, comenzó a desarrollarse la experiencia de Gioventù Studentesca (GS), realidad que surgió dentro del ámbito de la Acción Católica y pretendía ofrecer a los jóvenes una experiencia cristiana vivida como algo plenamente humano y existencial.

Paralelamente, y por encargo del cardenal Giovanni Colombo, Giussani continuó sus investigaciones sobre la teología protestante estadounidense, lo que le llevó a residir temporalmente en Norteamérica. En 1964 obtuvo el doctorado en Teología y asumió la cátedra de Introducción a la Teología en la Universidad Católica de Milán, donde desarrollaría una intensa labor académica durante casi tres décadas, hasta 1990.

Sin embargo, mientras su prestigio intelectual crecía, algo mucho más profundo estaba madurando silenciosamente. La década de los años 60 estuvo marcada por fuertes cambios culturales y sociales. Las estructuras tradicionales comenzaban a mostrar signos evidentes de agotamiento y numerosos jóvenes experimentaban una profunda sensación de vacío. Giussani percibió que la respuesta a aquella crisis no podía consistir en reforzar simplemente estructuras ya existentes ni en multiplicar actividades religiosas. Era necesario mostrar nuevamente la belleza original del cristianismo.

Nace Comunión y Liberación

En 1969, aquella intuición adquirió una forma definitiva con el nacimiento oficial de Comunión y Liberación. Su propósito resultaba tan sencillo como revolucionario: testimoniar que la fe cristiana constituía una experiencia capaz de responder a las exigencias más profundas del corazón humano. Giussani repetía con frecuencia que Cristo no salva al hombre a pesar de su humanidad, sino precisamente a través de ella. Quería que los jóvenes descubrieran que el cristianismo no era una pesada obligación moral ni una doctrina abstracta, sino el acontecimiento de una presencia viva que transformaba toda la existencia.

Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación

Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación. Foto: CyL

Aquella propuesta ejerció una atracción extraordinaria sobre innumerables personas, pero al mismo tiempo despertó incomprensiones y resistencias. Su modo de actuar rompía diversos esquemas tradicionales presentes en amplios sectores del catolicismo italiano de la época. Algunos observaban con recelo una experiencia donde hombres y mujeres convivían con naturalidad, donde la amistad desempeñaba un papel central y donde la fe se vivía fuera de los límites estrictos de la vida parroquial.

Ya a finales de los años 50, el cardenal Giovanni Battista Montini -el futuro Pablo VI- había transmitido a Giussani algunas quejas formuladas por otros sacerdotes. Tras escucharlo atentamente, pronunció unas palabras que con el tiempo adquirirían un carácter casi profético: “No lo entiendo, pero veo los frutos. Siga adelante”. Aquella frase marcaría profundamente a Giussani.

Críticas y tensiones

Durante los años 60, las críticas se intensificaron todavía más. Algunos llegaron a afirmar que Gioventù Studentesca no era una realidad verdaderamente eclesial, sino una iniciativa ligada exclusivamente a la personalidad de su fundador. La situación alcanzó momentos particularmente tensos. En 1965, Giussani fue enviado temporalmente a Estados Unidos durante varios meses, una experiencia que muchos interpretaron como un intento de alejarlo de las polémicas italianas. Sin embargo, ni las dificultades ni las incomprensiones lograron detener el crecimiento de aquella experiencia.

Paradójicamente, la crisis universitaria de 1967 y las agitaciones de 1968 terminaron convirtiéndose en una circunstancia decisiva para el desarrollo de Comunión y Liberación. Muchos jóvenes buscaban respuestas en las ideologías políticas y particularmente en el marxismo. Giussani observaba con preocupación aquella situación, convencido de que ninguna construcción ideológica podría satisfacer el deseo infinito inscrito en el corazón humano. Su respuesta consistió en proponer nuevamente una experiencia cristiana vivida como acontecimiento presente. Y precisamente entonces comenzó la expansión inesperada del movimiento.

Nombres ilustres

A comienzos de la década de los 70, empezaron a aparecer entre los miembros del movimiento nombres que más tarde adquirirían una notable relevancia en la vida de la Iglesia. Entre ellos se encontraban Angelo Scola -futuro cardenal y arzobispo de Milán- y Massimo Camisasca, junto a otros jóvenes que habían encontrado en aquella experiencia una manera nueva de vivir la fe. En junio de 1971, la FUCI reconoció finalmente que Comunión y Liberación seguía un camino propio. El cardenal Colombo quiso entonces precisar un punto importante: no debía interpretarse como una amenaza o una ruptura, sino como una forma legítima de apostolado libre dentro de la Iglesia.

Giussani insistió siempre en que jamás había pretendido construir una estructura enfrentada a otras realidades eclesiales. Su intención era mucho más sencilla: ayudar a las personas a descubrir la fascinación originaria del encuentro con Cristo.

El contagio de la amistad

Sin embargo, el rápido crecimiento del movimiento provocó nuevas sospechas. Algunos sectores llegaron a calificarlo de “integrista” o “carismático”, etiquetas que acompañaron durante años la historia de Comunión y Liberación. Ante tales acusaciones, Giussani respondía con serenidad e incluso con una cierta ironía. Repetía que el crecimiento de aquella experiencia no obedecía a estrategias organizativas ni a planes cuidadosamente diseñados, sino al fenómeno más elemental y misterioso del cristianismo: el contagio de una amistad.

En 1975, recibió un nuevo gesto de apoyo por parte de Pablo VI. El Pontífice, que seguía atentamente el desarrollo de aquella realidad nacida en Milán, lo animó con palabras breves pero decisivas: “¡Ánimo, va por el buen camino!”. Los años posteriores trajeron un reconocimiento cada vez mayor. Tras el reconocimiento pontificio de 1982, Giussani pasó a dirigir la Diaconía Central de la Fraternidad de Comunión y Liberación.

Meeting de Rímini

El movimiento comenzó a extenderse de forma sorprendente por numerosos países y promovió iniciativas culturales de enorme relevancia, entre ellas el Meeting de la Amistad entre los Pueblos, en Rímini, convertido con el tiempo en uno de los encuentros culturales más importantes de Europa y al cual, este año 2026, el papa León XIV ha confirmado su visita.

Edición 40 Rimini Meeting Comunión Y Liberación

Edición número 40 del Meeting de Rímini convocado por Comunión y Liberación. Foto: CyL

También surgieron diversas realidades nacidas del mismo carisma: los y las Memores Domini, la Fraternidad Sacerdotal de San Carlos Borromeo, las Hermanas de la Caridad de la Asunción y la Fraternidad de San José.

Durante aquellos años recibió diversos reconocimientos eclesiales. En 1983, fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad; en 1987, consultor del Pontificio Consejo para los Laicos; y en 1994, miembro de la Congregación para el Clero. Su gran trilogía —’El sentido religioso’, ‘Los orígenes de la pretensión cristiana’ y ‘¿Por qué la Iglesia?’— terminó convirtiéndose en un auténtico itinerario de iniciación cristiana, difundido en numerosos países y presentado incluso ante la sede de las Naciones Unidas en Nueva York en 1997.

Relación con Juan Pablo II

Pero quizás uno de los aspectos más significativos de aquella etapa fue la profunda relación que mantuvo con el papa Juan Pablo II. La relación entre ambos fue mucho más que un vínculo institucional entre un Papa y el fundador de un movimiento eclesial. Existía una profunda afinidad espiritual e intelectual entre ellos. Karol Wojtyła reconocía en Giussani una extraordinaria capacidad para mostrar que el cristianismo nace del encuentro con una presencia viva capaz de responder a las necesidades más profundas del hombre. A su vez, Giussani veía en Juan Pablo II una confirmación providencial de muchas de las intuiciones que habían guiado toda su vida sacerdotal.

Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, con el papa Juan Pablo II

Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, con el papa Juan Pablo II. Foto: Vida Nueva

También el teólogo Hans Urs von Balthasar destacó con especial admiración su método educativo, describiéndolo como una respuesta eficaz frente a un cristianismo reducido a ideas abstractas o estructuras burocráticas. Y el filósofo Stefan Swieżawski valoró profundamente sus escritos, señalando que respondían a las preguntas más radicales del hombre moderno y proponían una razón abierta al Misterio.

Con el paso de los años, la salud de Don Giussani comenzó a deteriorarse gravemente. Al cumplir 80 años, expresó con una humildad que impresionó profundamente a quienes lo rodeaban: “Espero que mi vida se haya desarrollado según lo que Dios deseaba de ella”. Y añadía: “Yo no he hecho nada; soy un cero. Todo lo hace el Infinito”.

Sucesión y muerte

En sus últimos años, designó al sacerdote español Julián Carrón como colaborador en la guía del movimiento. Finalmente, el 22 de febrero de 2005 atravesó el umbral de la muerte.

Su funeral, celebrado en la catedral de Milán, reunió a una multitud inmensa y estuvo presidido por Joseph Ratzinger como enviado pontificio. La homilía pronunciada aquel día por el futuro Benedicto XVI sería considerada posteriormente uno de los textos más profundos sobre la figura de Giussani. Conmovido, afirmó: “Don Giussani no quería cosas para sí, sino que quería el encuentro con Cristo”. Y añadió: “Comprendió que la fe no es un sistema de reglas ni un moralismo, sino un acontecimiento”.

Aquellas palabras resumían admirablemente toda una vida. Años más tarde, también el papa Francisco reconocería públicamente la influencia que la obra de Giussani había ejercido sobre él. Tras su muerte, miles de personas continuaron testimoniando el impacto producido por su presencia y por su método educativo. Su sepultura en el Cementerio Monumental de Milán se convirtió en un lugar constante de peregrinación y oración.

El proceso de canonización, abierto formalmente el 22 de febrero de 2012 durante el pontificado de Benedicto XVI, ha alcanzado recientemente un paso decisivo con la conclusión de la fase diocesana en Milán. Todo ello confirma -a la espera de los pasos posteriores- que el fuego que encendió aquel sacerdote nacido en Desio continúa vivo.