Cuando llegue la hora
—esa hora en que Dios pronuncia nuestro nombre
como quien llama al hijo que regresa—
no escribáis muchas palabrasPoned mi nombre.
Añadiendo,
como una pequeña llama
que no necesita ruido:sacerdote de Jesucristo,
compañero suyo.
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Nada más.
Porque nunca quise ser otra cosa.
Un día dejé atrás
las travesuras de niño,
las aulas donde crecía el pensamiento,
los libros abiertos
como ventanas hacia el mundo,
los sueños de juventud —con aquella sonrisa marca de la casa—
y también aquellos amores
que quizá habrían llenado mi casa
de risas y de hijos.Sostenido por la confianza de mis padres,
que me dieron la libertad
como nadie volvió a dármela después,
(a pesar de mis errores).Todo quedó a la orilla del camino,
como el Duero que sigue caminando
hacia el mar divino que lo llama,
como una barca amarrada
cuando escuché aquella voz
que no deja tranquilo al corazón.Era la voz de Cristo.
No gritaba.
No obligaba.
Solo preguntaba.O como en la orilla del lago de Sanabria
cuando el Resucitado miró a Pedro
con una ternura que desarma.¿Me amas
más que estos?Y mi vida entera
ha sido desde entonces
una respuesta balbuciente.—Señor, tú sabes que te quiero.
Y volvió a preguntar
como quien cava más hondo
en la tierra del alma:¿Me amas?
Y yo, temblando entre mis dudas:
—Señor, tú sabes que te quiero.
Y una tercera vez
—atravesando todas mis resistencias—
dijo:¿Me amas?
Entonces comprendí
que no se trataba de palabras.Que amarle
era dejar que mi vida se partiera
como pan entre sus manos.Por eso me envió
hacia los caminos donde la vida duele:hacia los pobres
sin techo ni voz,hacia los migrantes
con el miedo escrito en los ojos,hacia los débiles
que el mundo deja a un lado,hacia los solitarios
que hablan con el silencio.Allí desplegué mi vida
como una tienda en medio del desierto.No llevaba casi nada.
Solo el Evangelio,
un poco de pan en las manos
y el fuego secreto
de la espiritualidad ignaciana
que me enseñó a buscar a Dios
en todas las cosas.A encontrarlo
en el polvo de los caminos,
en la lágrima del refugiado,
en el cansancio del obrero,
en la oración que susurra
cuando la noche parece interminable.Muchas veces
mi corazón también se sintió oscuro.Muchas veces
mis labios anunciaban la luz
mientras dentro de mí
ardía una noche silenciosa.Y sin embargo,
cuando bendecía,
algo amanecía en otros
aunque en mí todavía fuera noche.Ahora sé
que nada fue mío.Cuando pronunciaba el perdón
era su misericordia
quien abrazaba.Y cuando levantaba el pan
consagrado sobre el silencio del altar
no era yo quien lo elevaba hacia el cielo.Era Él
quien tiraba suavemente de mi pobreza
¡y de mi mirada ¡ como una fuerza secreta de amor.Era Él
quien levantaba mi vida cansada
cuando el peso de los días
doblaba mis hombros.Era Él
quien sostenía mis dolores
y mis noches más densas.Mientras mis manos alzaban el pan
era su misericordia
la que me alzaba a mí.Y así comprendía
que cada Eucaristía
no solo subía el pan hacia Dios,sino que Dios mismo
levantaba mi barro
hacia su luz.Cuando hablaba
era su Espíritu
quien encendía la esperanza.Yo solo era
una grieta pequeña
por donde pasaba su claridad.Por eso, Señor,
si todavía me sostienes
en esta noche del mundo,déjame seguir respondiendo
a tu pregunta.Una y otra vez. Y ya desarmado definitivamente.
Con mi pobreza.
Con mi cansancio.
Con mi vida entera.—Sí, Señor.
Tú sabes que te quiero.Y quiero demostrarlo
como Ignacio nos enseñó:amándote y sirviéndote en todo,
en todos
y por todo.Hasta que llegue la última noche.
La noche definitiva
en que mis pasos se apaguen.Entonces,
si alguien pasa junto a mi tumba
y pregunta quién fui,que solo pueda decirse:
fue un hombre
que escuchó tres veces
la pregunta de Cristo
y pasó la vida
intentando responderla.Y que incluso en la noche,
cuando sus fuerzas se apagaban,Cristo seguía levantándolo.
