Muchas cosas me han impresionado de la presentación que se ofreció el pasado lunes de la encíclica ‘Magnifica humanitas’. No extraña la fecha, que busca recordar a la ‘Rerum novarum’ de León XIII, pues es frecuente la publicación de documentos vaticanos conmemorativos de ese texto, parteaguas en la Enseñanza Social de la Iglesia. Pero sí el que el mismo Papa sea quien haya presentado su propuesta, acompañado, como era de esperarse, de tres cardenales y dos profesoras expertas en el tema a abordar.
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Más me llamó la atención la presencia y el discurso de Christopher Olah, empresario multimillonario canadiense, cofundador de la exitosa empresa Anthropic. Es conocido por su trabajo sobre la interpretabilidad de las redes neuronales, en especial, de la inteligencia artificial (IA) explicable. No había leído su discurso ante León XIV -muy recomendable, por cierto-, del que quiero destacar tres preguntas que lanzó al aire, acompañadas de una solicitud.
Comienza reconociendo que “todos los laboratorios de IA de vanguardia -incluido Anthropic- operan dentro de un conjunto de incentivos y restricciones que a veces pueden entrar en conflicto con hacer lo correcto, (como) la presión por mantenerse comercialmente visibles y permanecer en la vanguardia de la investigación”.
Y continúa, agradecido: “Por eso, si queremos que esta tecnología salga bien, es enormemente importante que existan personas fuera de esos incentivos… Eso es lo que veo en ‘Magnifica humanitas’, y por eso agradezco a Su Santidad y a la Iglesia por asumir esta labor de discernimiento“. Y después de unos comentarios más bien técnicos, sobre la naturaleza y alcances de la Inteligencia Artificial, plantea tres preguntas-reflexiones de gran actualidad.
La primera: ¿Cómo podemos garantizar que los beneficios de la inteligencia artificial se compartan globalmente? Y es que el desarrollo de la IA está concentrado en un pequeño número de naciones ricas, problema que históricamente la Iglesia se ha negado a permitir que el mundo ignore.
En segundo lugar, ¿Cómo será una vida floreciente para las personas, las familias y el mundo? Esta no es una pregunta que un laboratorio pueda responder, y -sostiene Olah-, pero sí una tradición como la de la Iglesia a lo largo de los siglos.
Y la tercera se plantea el necesario discernimiento sobre la naturaleza misma de los modelos de IA. El empresario-científico reconoce encontrar estructuras que reflejan resultados de la neurociencia humana, estados internos que reflejan introspección, alegría, satisfacción, miedo, dolor e inquietud.
Y remata en forma magistral y humilde: “Necesitamos críticos informados que les digan a los laboratorios cuándo estamos fallando. Necesitamos voces morales que los incentivos no puedan doblegar… que puedan ver aquello que nosotros, desde dentro, no podemos ver”. Bien por quien quiere dejarse ayudar.
Pro-vocación
Va regresando una amiga de su viaje por Europa. Comparte que al conversar con las guías turísticas, sobre algunos bellísimos templos y monasterios, muchos de ellos convertidos en museos por la ausencia de fieles, le comentaban la posibilidad de que fueran reabiertos, pues los jóvenes estaban regresando a la Iglesia. Leo al obispo de Almería, Don Antonio Gómez Cantero: “… se ha producido una avalancha insospechada de confirmaciones, a veces con bautismo de jóvenes y adultos”. ¿Estaremos ante un repunte participativo de esos sectores en España? ¿Y en el mundo?
