Las cigarras


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Cuando éramos críos, nos enseñaban en la escuela las fábulas atribuidas a Esopo y replicadas por La Fontaine y Samaniego. He disfrutado mucho con ellas. Eran cuentos que nos formaban para conocernos mejor y conocer a los demás. Hoy traigo a cuento el de la cigarra y la hormiga. Era una educación moral. Aunque la moraleja nos hace reflexionar sobre la importancia de nuestro esfuerzo en todo momento mientras otros zanganean, a mí me ha hecho pensar en la importancia de callar a tiempo.



Dicen que las cigarras, también llamadas chicharras, cantan. No puede ser. Si eso es cantar, que venga Dios y lo vea. He padecido anocheceres de estridencia máxima, con ese modo que tienen de sonido nada agradable, como sierras al unísono que cortan el espacio. Y vuelven a repetirse al amanecer, antes de que el sol salga del todo. Son insoportables.

Insectos. Gigarra

A nosotros, los humanos de todas las generaciones, a veces, nos pasa lo mismo. Somos como chicharras: dale que dale criticando tal o cual acción, sin que esta haya sido aún realizada o llevada a término. Y por lo que sea, cuanto más enfadados estamos, aunque no sepamos por qué (o sí, pero pertenece a nuestro lado oscuro), más achicharramos la situación y a las personas que trabajan en ella. ¡Pobres hormigas! Y en absoluto nos preocupamos por cómo se están fraguando las cosas. Son las chicharras del anochecer, que siguen con su erre que erre al amanecer. Pero, cuando se hace la luz y el sol brilla, se callan.

Corrección fraterna

Algunas veces nos pasa como en esa anécdota, tantas veces contada, del canónigo que se había dormido en el cabildo y en un momento le piden que dé su opinión. Despertándose de un codazo, gritó: “Yo, contra el deán”. En realidad, el canto de la chicharra se produce por una fricción de unas membranas de los machos que contienen una especie de sacos con aire que funcionan como cajas de resonancia y se llaman timbales. Realmente, cuando criticamos sin ningún tipo de corrección fraterna, no hacemos más que darnos friegas a nuestro propio vacío; y la verdad es que damos pena, mucha pena.

La corrección fraterna busca ayudar y no humillar. Mira a la cara y habla con cariño, es humilde. Es siempre creativa buscando la verdad. Se hace con respeto y prudencia. Se preocupa por la vida comunitaria (no por mis timbales) y, por tanto, es propositiva y ayuda a crecer.

Moraleja: es mejor que critiquemos menos y sigamos más el Evangelio. Pues mientras las afanadas hormigas siguen trabajando, las pobres, no tienen por qué estar, además, aguantando nuestras murgas, que seccionan como un serrucho la realidad. ¡Ánimo y adelante!

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