Es sabido que las lecturas de la misa de los domingos guardan una cierta relación: al menos entre la primera lectura y el salmo con el evangelio; la epístola sigue, en general, su propio ritmo. Sin embargo, hay ocasiones en que todas las lecturas van conjuntadas; es lo que ocurre en la fiesta de la Epifanía del Señor, el día de Reyes.
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Todos los reyes
En efecto, la primera lectura de esta solemnidad está tomada de Isaías (60,1-6). En ella, después de hablar de la luz que resplandece sobre Jerusalén, se menciona a los pueblos y reyes que acuden a ella llevando dones y regalos: “Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor”.
En el salmo (71,1bc-2.7-8.10-11.12-13), que pertenece a los llamados salmos mesiánicos, porque cantan al futuro rey-mesías que cumplirá fielmente con su tarea de administrar justicia, se vislumbra que “los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; póstrense ante él todos los reyes, y sírvanle todos los pueblos”.
Como se ve, estas dos lecturas sirven de pauta para lo que luego el evangelio narra en el episodio de los magos del evangelio de Mateo (2,1-12), que, acudiendo desde Oriente, “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”.
Un misterio
En la segunda lectura (Ef 3,2-3a.5-6), sin embargo, no hay reyes ni dones, tan solo la manifestación de un gran misterio: “Hermanos: habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio”. Ese gran misterio no es otro que la manifestación ‒‘epifanía’ en griego‒ de que los gentiles son también herederos de la promesa de salvación y miembros de Cristo por medio de su Iglesia.
La complementariedad entre esta última lectura con las otras está en el hecho de la manifestación a los gentiles, los no judíos (un elemento fundamental en el relato de Mateo). La única diferencia que cabría descubrir entre, por una parte, la primera lectura, el salmo y el evangelio, y, por otra, la segunda lectura es la direccionalidad: mientras en el primer bloque el movimiento es centrípeo (los de fuera acuden al centro), en Efesios es centrífugo: son los gentiles los que se ven visitados por la gracia de Dios en la persona del Apóstol, que les lleva el Evangelio de la gracia y los invita a acogerlo.
Acoger la salvación no significa que no haya que buscarla, como sugiere la conocida expresión de Pascal inspirada por un pasaje de san Agustín: “No me buscarías si no me hubieses encontrado”.


