Las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. En esto radica la fe de nuestra Iglesia, en lo que no podemos ver, creer en lo que no es posible ver, argumento que solo aquellos que vemos con el corazón podemos entender sin pruebas, a eso se le llama fe. La fe es el primer paso hacia el Cielo. “Señor, auméntanos la fe” Lucas 17, 5. Oremos por esas cosas que no podemos ver en la forma en que los discípulos de Jesús lo hacían, de tal manera que aquello en lo que creían los volvía inquebrantables, esperaban y creían con toda su voluntad, sin haber visto.
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Todo aquello que no es visible a nuestros ojos, es lo más valioso. La fe es así, nos da el impulso necesario para alcanzar el Cielo y por supuesto vivir en el mundo con verdadera alegría. La fe nos da certeza, no podemos esperar su confirmación ni menos verla, ese es el verdadero sentido de creer sin ver. “Hasta no ver”, frase del apóstol incrédulo Tomás, cuando dijo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto mi dedo en el lugar de los clavos, y tocara mi mano en su costado, no creeré” Juan 20, 25.
Aunque después hace una de las confesiones de fe más hermosas: “¡Señor mío y Dios mío!” Juan 20, 28. Que sea nuestra fe sincera, sin comprobación de su existencia, por la aceptación sin pruebas, por el amor a la Palabra y con la convicción de avanzar en un camino hermoso y complejo. Creer implica cuestionar y aceptar, entender las limitaciones de nuestro intelecto y darle paso a aquello que no siempre es comprensible, ni medible. “Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia”. Santo Tomás de Aquino (citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, 155).
La razón humana no se destruye por la fe, sino que se ilumina
La tradición católica rechaza la idea de creer contra la razón. Creer no es renunciar a la razón, sino aceptar una verdad que la razón no puede alcanzar por sí sola, pero que la gracia eleva y prepara. Actualmente se cree, sí pero, desafortunadamente en cualquier cosa, las generaciones actuales están ávidas de depositar su fe en aquello que no comprenden o que por su rareza creen que es suficiente.
“Para poder creer, uno debe saber de qué se trata; una comunicación absolutamente incomprensible no es comunicación”. Josef Pieper (filósofo católico moderno). Creer implica conocer aquello en lo que se va a poner fe y la pregunta sería ¿conoces aquello en lo que has depositado tu fe? La respuesta es indispensable para cada uno de nosotros, debemos conocer la fuente, tener conocimientos de aquello en lo que vamos a confiar. Una característica distintiva de la visión católica es la inseparabilidad entre fe y razón.
La Iglesia enseña que la razón humana no se destruye por la fe, sino que se ilumina. Creer en Dios desde una visión católica es aceptar la invitación a una aventura de amor y confianza. Acción que debe ser asumida con humildad y ese es uno de los principales retos, porque la autosuficiencia es parte de la actualidad y se practica muy poco, porque creer es un don que se recibe, una verdad que se razona y un estilo de vida que se cultiva.
Abrazar la fe, vivir en fe y confiar, sin olvidar que las acciones acompañan este estilo de vida. Una fe sin obras es una fe muerta, como enseña la epístola de Santiago. En el catolicismo, la creencia se manifiesta en la caridad: amar al prójimo, especialmente al necesitado, es la prueba de que se cree verdaderamente en Dios. Que la fe nos motive a vivir en coherencia, convirtiendo nuestra existencia en un acto de servicio y alabanza.
