Para las nuevas generaciones este tiempo litúrgico donde casi nadie habla de ayuno, sacrificios o tradiciones religiosas, puede parecer raro y hasta llega a sonar anticuado. Pero en realidad, el mensaje es muy actual ¿comer o no comer carne? Ese es el dilema en este tiempo cuaresmal. Reducir la Cuaresma a este aspecto le quita la gran oportunidad a nuestras vidas de entender la enorme riqueza de este tiempo litúrgico.
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La tradición es muy importante para nuestra Iglesia; de hecho, la tradición es uno de los pilares en los que se sostiene nuestra fe y creencias. Algo que deberíamos de evaluar es que el acto de comer carne no es en sí pecaminoso.
“No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que hace impuro al hombre”. Mateo 15, 11.
“Unir pequeños sacrificios al sacrificio redentor”
La enseñanza nos indica que no hay alimentos impuros, que todo lo creado como comida nos hace bien, lo que enfatiza, es que desde lo profundo del corazón es donde nace el verdadero pecado, nuestro egoísmo, vanidad, envidia y muchas cosas que dañan a nuestro prójimo. Dejar de comer carne es una forma de ‘contener’ nuestros deseos, controlar nuestros apetitos y entregar esa acción con amor para purificarnos.
No debemos centrarnos en el acto de comer algunos alimentos los viernes de Cuaresma, es mucho más que nutrirnos de diferentes maneras en este tiempo religioso. Tal vez fue que en su momento se percibió como algo relacionado a pecar con plena conciencia, a manera de reducir la enorme riqueza de la Cuaresma en un acto tan sencillo como dejar de consumir carne y abstenerse de tener relaciones sexuales. Privarse de carne significaba renunciar a algo valioso y festivo como acto voluntario de sacrificio.
No es que la carne sea ‘mala’. Lo que se busca es dominar los deseos, recordar el sacrificio de Cristo, practicar la disciplina espiritual y solidarizarse con los pobres, quienes no tienen el privilegio de alimentarse diariamente con proteína animal. La abstinencia de los viernes nos recuerda que Jesús entregó su cuerpo por nosotros, el viernes es día penitencial y la Iglesia invita a unir pequeños sacrificios al sacrificio redentor.
No comer carne, un entrenamiento de voluntad
Más importante que no comer carne es convertirse de corazón, practicar la caridad, tener la necesidad de orar más y por supuesto, hacer viva nuestra fe al ayudar al necesitado. “El ayuno que yo quiero es este: compartir tu pan con el hambriento…”. Isaías 58, 6. Así que, si alguien no come carne pero no cambia su actitud, pierde el sentido del sacrificio. La Cuaresma propone algo contracultural, no todo lo que quiero, lo necesito.
No comer carne es un entrenamiento de voluntad; es decirle a tu mente: —Yo controlo mis deseos, mis deseos no me controlan—. Y eso, en una generación saturada de estímulos, es poder. Así que, tenemos una valiosa oportunidad en este tiempo llamado Cuaresma para volver a nuestra esencia, a nuestro primer amor y tener un diálogo sincero con el amor de Dios en el desierto.
“Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre”. Mateo 4, 1-2.
Es momento de ayunar de todo aquello que nos separa de Dios y un pensamiento muy actual es el de san Agustín de Hipona quien escribió: “Ayunar no solo comida… también orgullo, rencor, ego, distracciones”.
