Hay lugares que son especialmente motivadores para estudios de tipo sociológico. No lo digo desde el conocimiento de esta ciencia, sino a partir de la sensación que me produce observar el comportamiento de la especie humana en ciertos contextos. El aeropuerto es, sin duda, uno de esos espacios en los que las personas nos comportamos de manera bastante curiosa. El otro día me dio por observar el modo en que nos dejamos influenciar por cómo actúa la mayoría. El caso más notorio es el modo en que, por más que aún no se atisbe que vaya a comenzar el embarque de un avión y falte bastante tiempo para ello, se genera de manera casi espontánea una fila de gente ante la puerta de embarque.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Puedes saber que el vuelo va retrasado y que todavía resulta demasiado pronto, puedes contar con embarque prioritario o puedes decirte a ti misma que los asientos están numerados y que no te vas a quedar de pie. No importa, porque si se junta un grupo suficientemente grande de gente en cola, acabarás uniéndote y esperando de pie. Es como si la presencia de un número nutrido de personas nos despertara la inseguridad, esa que puede estar un poco más a flor de piel cuando toca viajar, y una fuerza irresistible nos impulse a unirnos al grupo, vaya a ser que el resto sepa algo que tú no sabes y seas la única persona que no está ahí.
El grupo
Quizá el ejemplo parezca una tontería y muy probablemente ya esté más que estudiado sociológicamente. Con todo, si somos sinceros con nosotros mismos, tenemos que reconocer que se multiplican los ejemplos en los que el comportamiento del grupo influye en el nuestro, a veces sin que siquiera seamos conscientes de ello. De hecho, no es difícil que en estos días de Semana Santa nos hayamos podido reconocer en aquella multitud que un día está recibiendo a Jesús en Jerusalén con gritos de hosanna y honores reales (cf. Mt 21,8-9) y, poco más tarde, termina pidiendo la liberación de Barrabás y la crucifixión del Galileo (cf. Mt 27,20-22). Eso sí, si se tratara de nosotros, seguramente acabaríamos justificando, aunque fuera de manera muy peregrina, nuestra actuación y abogando por la libertad con que la llevamos adelante.
En ese caso, como en otros mucho más cotidianos, es muy probable que no tuviéramos tan claro que nuestro comportamiento puede responder más al inconsciente anhelo de seguridad que parece saciarse al actuar igual que la mayoría y ser uno más del grupo. No lo tendríamos tan claro, al menos, como que eso es lo que a mí me sucede en la cola de embarque, pero ojalá este tiempo de Pascua nos dé esa luz.
