Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Josefa Segovia, la mujer que hizo crecer un sueño


La historia de la Sierva de Dios Josefa Segovia Morón constituye uno de los testimonios más singulares de santidad laical y de liderazgo femenino en la España contemporánea. Su nombre aparece inseparablemente unido al de san Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana, pero una mirada atenta a su trayectoria permite descubrir una personalidad de extraordinaria riqueza humana, intelectual y espiritual, capaz de sostener, desarrollar y proyectar una obra que, gracias en buena medida a su trabajo silencioso y constante, llegó a extenderse por diversos continentes.



Su vida demuestra que en la mayoría de los casos la santidad no se manifiesta a través de acontecimientos extraordinarios, normalmente se expresa en la fidelidad cotidiana, en la capacidad de servicio, en la entrega perseverante y en una confianza absoluta en Dios mantenida durante décadas de trabajo, dificultades y responsabilidades.

Josefa Segovia nació en Jaén el 10 de octubre de 1891. La ciudad andaluza vivía entonces los cambios propios de la España de la Restauración, una sociedad donde las oportunidades educativas para las mujeres seguían siendo limitadas. Su familia, profundamente cristiana, supo apreciar desde muy pronto las cualidades de aquella niña inteligente, sensible y dotada para el estudio. La educación ocupó un lugar central en su vida desde los primeros años, existía en ella una disposición interior que la impulsaba a buscar la verdad y a poner sus capacidades al servicio de los demás.

Durante su adolescencia se distinguió por su seriedad, disciplina y una profunda vida religiosa. Quienes la conocieron en aquellos años recordaban su equilibrio, su sencillez y una madurez poco frecuente. La fe iba más allá de una práctica externa ni una tradición familiar asumida de forma rutinaria, desde muy joven desarrolló una intensa relación personal con Dios, alimentada por la oración, la participación en los sacramentos y una profunda devoción mariana. Esa dimensión espiritual sería el fundamento de todas las decisiones importantes de su vida.

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Tras cursar los estudios de Magisterio en Granada, en septiembre de 1911 ingresó en la Escuela Superior de Magisterio de Madrid, una de las instituciones académicas más prestigiosas del país. En aquellos años, el acceso de las mujeres a los estudios superiores constituía todavía una realidad excepcional y Josefa perteneció a una generación pionera que abrió caminos para muchas otras mujeres españolas. Su brillante expediente académico revelaba una inteligencia notable, pero también una enorme capacidad de esfuerzo.

Madrid representó para ella una experiencia decisiva. Entró en contacto con los debates pedagógicos más avanzados de la época y descubrió la importancia de la educación como instrumento de transformación social. Comprendió que una sociedad más justa y más humana requería maestros bien preparados, mujeres cultas y profesionales capaces de influir positivamente en el entorno. Aquellas convicciones, unidas a su profunda fe cristiana, acabarían encontrando una formulación concreta cuando conoció a Pedro Poveda.

El encuentro tuvo lugar en 1913 en Jaén, donde Josefa había vuelto tras acabar sus estudios en Madrid. Pedro Poveda, recién llegado como canónigo de la Catedral y empeñado en desarrollar su innovador proyecto educativo, descubrió en aquella joven maestra de veintidós años una colaboradora excepcional. No fue ella quien buscó a Poveda, sino Poveda quien, tras recibir excelentes referencias sobre Josefa, la llamó para confiarle la dirección de la Academia que había fundado en Jaén, una responsabilidad extraordinaria para una mujer tan joven en la España de 1913.

Una colaboradora excepcional

Poveda era ya entonces un sacerdote de gran prestigio intelectual y espiritual, que con aquella Academia había iniciado años antes una obra destinada a promover la presencia de cristianos comprometidos en el mundo de la cultura y de la educación, lo que vendría a ser la Institución Teresiana, con la intuición de que la evangelización del mundo moderno exigía personas sólidamente preparadas desde el punto de vista profesional y arraigadas en la fe.

Cuando conoció a Josefa, Pedro Poveda descubrió inmediatamente en ella una colaboradora excepcional. La joven maestra comprendió a su vez la profundidad del proyecto que aquel sacerdote proponía. Entre ambos nació una relación de confianza y colaboración que duraría hasta el martirio de Poveda en 1936.

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Ese mismo año 1913 Josefa comenzó a dirigir la Academia de Santa Teresa en Jaén. Allí se preparaban futuras maestras para acceder a las escuelas públicas mediante oposiciones. Pero Josefa no se limitaba a impartir clases o a organizar actividades, formaba personas, ayudaba a las jóvenes a descubrir que la competencia profesional y la vida cristiana no eran realidades opuestas, sino dimensiones complementarias de una misma vocación.

Muy pronto se hizo evidente su extraordinaria capacidad organizativa. Poseía una inteligencia práctica poco común, unida a una gran sensibilidad para comprender a las personas. Sabía escuchar, aconsejar y acompañar. Pedro Poveda comenzó a confiarle responsabilidades cada vez mayores. Años más tarde llegaría a afirmar que ella había entendido el espíritu de la Institución Teresiana como pocas personas.

En 1915 obtuvo la cátedra de Pedagogía en la Escuela Normal de Jaén y en 1916 fue nombrada inspectora de Primera Enseñanza. Su nombramiento tenía un valor simbólico considerable, pues entonces las mujeres apenas ocupaban puestos de responsabilidad en la administración educativa española. Josefa demostró que era posible ejercer funciones públicas de alto nivel sin renunciar a la propia identidad cristiana.

Pobreza y abandono educativo

Sus visitas a escuelas rurales la pusieron en contacto con numerosas situaciones de pobreza y abandono educativo. Aquella experiencia fortaleció todavía más su convicción de que la educación constituía uno de los instrumentos más eficaces para promover la dignidad humana. Su labor como inspectora estuvo marcada por el deseo constante de mejorar la calidad de la enseñanza y apoyar la formación de los maestros.

Mientras tanto, la Institución Teresiana continuaba creciendo. En 1919, con apenas veintisiete años, Josefa fue nombrada directora general. A partir de ese momento asumió una responsabilidad que conservaría durante el resto de su vida. Comenzaba una etapa de intenso trabajo apostólico y organizativo.

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Su vida espiritual se hizo cada vez más profunda, las personas que convivían con ella destacaban su amor a la Eucaristía, su fidelidad a la oración diaria y una confianza absoluta en la providencia divina. Nunca separó la acción de la contemplación, aunque quienes la veían trabajar incansablemente ignoraban a menudo las largas horas que dedicaba a la oración silenciosa. Allí encontraba la fuerza necesaria para afrontar responsabilidades cada vez mayores.

Durante los años veinte, la Institución Teresiana se expandió por distintas ciudades españolas, surgieron nuevas academias, residencias universitarias y centros educativos. Josefa participó activamente en la formación de mujeres como Carmen Cuesta del Muro, Dolores Roca, María de Maeztu en el ámbito de la renovación educativa con la que coincidió en círculos intelectuales, o numerosas primeras teresianas como Victoria Díez, que más tarde desempeñarían un papel importante en la enseñanza, la investigación, la cultura y la acción social. Defendió siempre una formación integral que combinara excelencia profesional, madurez humana y profundidad espiritual.

Uno de los acontecimientos más importantes de esta etapa fue el viaje a Roma para gestionar el reconocimiento pontificio de la Institución Teresiana. La misión requería inteligencia, prudencia y capacidad de diálogo. Josefa desarrolló estas gestiones con notable eficacia. El resultado llegó el 11 de enero de 1924, cuando la Santa Sede concedió la aprobación pontificia, decisión que garantizaba la estabilidad jurídica de la obra y permitía mirar al futuro con mayor seguridad.

Promoción de la mujer

A partir de entonces la Institución Teresiana comenzó una expansión todavía más intensa. Nuevas iniciativas surgieron en diferentes regiones de España, sus residencias universitarias promovidas ofrecían a muchas jóvenes un ambiente de estudio, convivencia y formación cristiana en una época en que la presencia femenina en la universidad seguía siendo reducida.

La preocupación de Josefa por la promoción de la mujer fue constante. Mucho antes de que determinados debates alcanzaran notoriedad pública, ella defendía la necesidad de que las mujeres accedieran a los más altos niveles de formación académica. No lo hacía desde una lógica de confrontación, sino desde la convicción de que cada persona debía desarrollar plenamente los talentos recibidos de Dios.

Los años de la Segunda República y posteriormente los de la Guerra Civil pusieron a prueba su fortaleza interior, pues el 28 de julio de 1936, Pedro Poveda fue detenido y asesinado en Madrid únicamente por su condición sacerdotal, como ocurriría con otros miles de sus hermanos presbíteros en aquellas fatídicas fechas.

La madrugada del 28 de julio de 1936, un grupo de milicianos se presentó en su domicilio de Madrid, donde también se encontraba vinculada la actividad de la Institución Teresiana. Poveda acababa de celebrar la Eucaristía en su propia casa, lo que subraya el carácter profundamente religioso del momento. Al ser identificado, no intentó ocultarse ni huir. Según los testimonios recogidos, respondió con serenidad y claridad: “Soy sacerdote de Jesucristo”, una frase que resume bien su comprensión espiritual de lo que estaba ocurriendo.

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Fue detenido sin proceso judicial y trasladado inicialmente a distintas dependencias improvisadas de control o interrogatorio, en un contexto donde las llamadas “checas” y comités revolucionarios ejercían funciones de orden público al margen de la legalidad formal. En ese trayecto estuvo acompañado durante parte del tiempo por su hermano Carlos Poveda, que intentó sin éxito interceder por él y movilizar contactos para su liberación.

Finalmente fue trasladado, junto a otros detenidos, hacia las afueras de Madrid, en dirección al cementerio del Este (actual cementerio de la Almudena). Allí fue ejecutado sin juicio previo en la madrugada del mismo 28 de julio.

La noticia llegó como un golpe devastador para toda la Institución Teresiana, pero para aumentar el sufrimiento de estas abnegadas mujeres, poco después sería asesinada también por los milicianos Victoria Díez, joven maestra perteneciente a la obra. Fue detenida en Hornachuelos (Córdoba), donde ejercía como maestra y desarrollaba también su labor de formación cristiana. El 11 de agosto de 1936 fue arrestada por un grupo de milicianos junto con otras personas consideradas afines a la Iglesia.

Tras su detención fue trasladada y encerrada en condiciones precarias, sin juicio formal. Durante ese tiempo, según los testimonios recogidos en su proceso de beatificación, mantuvo una actitud de serenidad, oración y aceptación de su destino, ofreciendo su situación como un acto de fidelidad a su fe. Esa misma noche del 11 al 12 de agosto de 1936, fue llevada junto a otros detenidos al entorno del río Guadalquivir, en las afueras de Córdoba, donde fue fusilada. Fue beatificada como mártir por Juan Pablo II el 10 de octubre de 1993.

Profundidad espiritual

Josefa experimentó entonces uno de los momentos más dolorosos de su vida. Había perdido al fundador, al maestro y al amigo con quien había compartido más de veinte años de trabajo. Sin embargo, lejos de dejarse vencer por el desánimo, comprendió que debía asumir plenamente la responsabilidad de continuar la misión recibida.

Aquellos años revelaron de manera especial la profundidad de su vida espiritual, en medio de la incertidumbre mostró una serenidad que impresionó a quienes la rodeaban. Repetía con frecuencia que la obra pertenecía a Dios y que Él sabría conducirla incluso en los momentos más difíciles.

Terminada la guerra comenzó una nueva etapa de reconstrucción. Había que reorganizar comunidades, recuperar proyectos interrumpidos y responder a necesidades cada vez más amplias. Josefa se entregó completamente a esa tarea.

Entre las décadas de 1940 y 1950 impulsó la expansión internacional de la Institución Teresiana. Se establecieron nuevas fundaciones en diversos países de América Latina, especialmente en Chile, Argentina, Colombia, Venezuela y México. También surgieron iniciativas en Europa, África y posteriormente Asia. Cada nueva fundación suponía viajes, formación de equipos, búsqueda de recursos y acompañamiento personal. Su visión era extraordinariamente amplia para la época, comprendía que el carisma de la Institución Teresiana podía ofrecer una respuesta válida en contextos culturales muy diferentes. Gracias a su impulso, la obra fue adquiriendo progresivamente una dimensión universal.

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Quienes trabajaron junto a ella destacan una característica constante: gobernaba sin autoritarismo. Escuchaba atentamente, promovía la corresponsabilidad y buscaba siempre el bien común. Su autoridad procedía más del ejemplo que de los cargos. Sabía tomar decisiones difíciles cuando era necesario, pero procuraba hacerlo desde la caridad y el respeto hacia las personas.

En 1947 fue elegida directora general vitalicia. La decisión reflejaba la enorme confianza que inspiraba, para entonces era reconocida como la principal heredera del espíritu de Pedro Poveda y la garante de la identidad de la Institución Teresiana. Pero, a pesar de las crecientes responsabilidades, mantuvo siempre un estilo de vida sencillo, rehuía los reconocimientos personales y procuraba permanecer en segundo plano. Su mayor satisfacción consistía en comprobar el crecimiento humano y espiritual de las personas a las que acompañaba.

Durante los últimos años de su vida sufrió diversos problemas de salud. Sin embargo, continuó trabajando casi hasta el final. La enfermedad fue asumida con la misma serenidad con que había afrontado las dificultades anteriores. Quienes la visitaban en aquellos meses percibían una paz profunda nacida de una larga intimidad con Dios. El 25 de marzo de 1957 escribió en su agenda una única palabra: “Fiat”. Era la expresión que resumía toda su existencia. Como María en la Anunciación, deseaba que la voluntad de Dios se cumpliera plenamente en su vida. Cuatro días después, el 29 de marzo de 1957, falleció en Madrid.

La Iglesia reconoció en modo preliminar la ejemplaridad de su vida al abrir su causa de beatificación. Posteriormente, en 2005 fue declarada Venerable tras la aprobación de la heroicidad de sus virtudes, con ello, se reconocía oficialmente que la grandeza de esta notable mujer –sin duda, de las grandes de la España del siglo XX–, más allá de las muchas e importantes iniciativas que llevó a cabo, reside en una existencia entregada sin reservas al servicio de Dios y de los demás.