Rixio Portillo
Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey

Hablar de paz, hacer la guerra


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Si hay una palabra estirada en la actualidad es la paz: se invoca, se clama, se usa como propaganda ideológica e incluso como argumento falaz para la guerra. Esto último no es nuevo; el viejo adagio “si quieres la paz, prepárate para la guerra” es un ejemplo.



El tema es que la paz parece un ideal inalcanzable en la realidad, a pesar de que muchos la repiten sin la más mínima intención de hacerla posible.

La guerra, en este sentido, es el antónimo de la paz, pero no viene sola: siempre está acompañada por la violencia, y esta es, a su vez, por la pesada carga de la mentalidad cainita, presente en todos los hombres y en todas las épocas.

Sin embargo, la realidad exige que se siga hablando de paz, que se siga rechazando la guerra, pero más aún, que se trabaje en concreto por erradicar la violencia.

En esto, el derecho internacional y el multilateralismo tienen su cuota de responsabilidad: no solo no hicieron nada frente a la sistemática violación de los derechos humanos en tantos lugares, sino que tampoco tienen capacidad de respuesta ante la complejidad emergente.

El papa León XIV ha convocado una vigilia por la paz este fin de semana en el Vaticano. De tantas palabras y discursos, si alguna siempre está presente en su mensaje es el llamado a la paz, incluso con una condena como inmoral e inaceptable hacia quienes amenazan con más violencia, a los ya violentos.

Porque, si para la guerra se requieren dos que estén enfrentados, para la negociación y el acuerdo también son necesarias dos partes que lleguen racionalmente a un entendimiento y así eviten más víctimas.

Papa Leon

La violencia puede estar más cerca de lo que creemos

Por ello, ¿qué hacer para erradicar la violencia? Y, si no erradicarla, al menos no alimentarla en lo cotidiano del día a día.

La violencia, por ejemplo, en el discurso, en esas narrativas segregacionistas que dividen, insultan y menosprecian; en quienes se les da el insultar a quienes piensan distinto.

La violencia en la familia, en las relaciones interpersonales, que muchas veces parte de una actitud individualista de imponerse, de creer que siempre se tiene la razón; o de quienes no aceptan un no como respuesta y sutilmente violentan a los demás en nombre de ese yo.

La violencia en la calle, en el tráfico, en la atención al cliente, en el servicio público; en esas formas de ver al otro como un peso, un estorbo, un sobrante, alguien que no merece un trato cordial y digno.

La violencia en la vida política, en el gobierno contra sus opositores, y en los opositores contra la autoridad legítima de sus gobiernos. Acá la cosa es más complicada, porque los gobiernos violentos no llegan solos al poder: un grupo de personas vota por ellos y los sostiene.

Acá no entran las dictaduras, que las hay —y más en Latinoamérica—: Cuba, Nicaragua y Venezuela son casos específicos en los que la violencia se ha institucionalizado y se mantiene como medida de presión para afianzarse en el poder. Más allá de toda la narrativa, al menos en Venezuela no se aclara el panorama para unas elecciones libres, y esto es una forma de violencia y de imposición.

Estos no son temas aislados ni situaciones lejanas; en mayor o menor medida, alguien puede verse reflejado en ello, a menos que tenga la conciencia anestesiada.

No como la del mundo

La violencia está allí, a la vista de todos, aplaudida por muchos, rechazada por pocos; sobre todo cuando quienes son víctimas pertenecen a la ideología contraria: esas víctimas son de segunda, tercera o cuarta categoría, o ni siquiera son consideradas víctimas.

Mientras tanto, la humanidad pierde el calor humano en la convivencia y se vacían de sentido ideales nobles como la fraternidad, el respeto, el derecho y la justicia, que no solo hacen falta, sino que son urgentemente necesarios.

Por eso, la vigilia de oración por la paz es una forma de mecha humeante que, a pesar de parecer apagada, no está extinta, porque sigue ardiendo en el corazón de tantos la llama del bien, en Aquel que ha hecho el supremo bien y que quiere regalar la paz como fruto de su resurrección: no una paz como la da el mundo, sino la paz que transformará un mundo cansado de tanta guerra.


Por Rixio G Portillo R. Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey.