En su ‘No-cosas’, el pensador coreano Byung-Chul Han, nos alerta de que “hoy desaparecen las cosas sin que nos demos cuenta, es nuestro frenesí de comunicación e información lo que hace que desaparezcan”.
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La imagen de un grupo de niños, iluminados por una hoguera, en corro alrededor de un anciano, escuchando experiencias teñidas de acerbo y leyenda, parece una evocación a la prehistoria.
La tradición ha quedado deslucida porque la hemos encerrado en el cuadro pintoresco de lo tradicional. La sabiduría ha sido secuestrada, en el mejor de los casos, por los expertos, en el peor por los algoritmos computacionales de la IA.
Los árboles y las raíces
Nuestra propia memoria -la que recuerda lo vivido, las biografías compartidas, los disfrutes, los dolores, los esfuerzos, o las miradas- es un soplo efímero. Y así dejamos que se desvanezcan sustentos tan esenciales como el compromiso, la fidelidad, la entrega e, incluso, el cuidado.

No se sostienen los árboles sin raíces.
Cuenta Lucas, en su segundo capítulo, que cuando los pastores contaban maravillas junto al pesebre, “María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”.
No parece fácil construir humanidad sin fortalecer los corazones con la memoria y la mirada atenta a lo vivido.
Conviene sacudirse el polvo.
