Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Gratitud


Compartir

Desde pequeños se nos enseña que la plenitud y la abundancia (la tan anhelada felicidad) vendrán amarradas detrás de la meritocracia, de la posesión de muchos bienes, títulos, logros, reconocimientos, productividad y conquistas de todo tipo. Sin embargo, ya pasado un tiempo, muchos vemos cómo esa “maratón tras el éxito” nos calza sus zapatos de plomo y comenzamos a vivir una pesadilla que dista mucho del “sueño” que se nos prometió.



A eso se suman sesgos psicosociales muy arraigados en nuestra percepción de la realidad. El más fuerte de ellos es el sesgo egocéntrico, que nos hace poner más atención en todo lo que nosotros hacemos, cegándonos a la infinita suerte que tenemos solo por el hecho de estar vivos y la providencia que la vida misma o Dios nos da en cada ocasión. Un porcentaje muy alto de los logros humanos las personas los atribuyen a su trabajo y esfuerzo, cuando en la realidad, si bien estos también ayudaron, el gran responsable de sus logros recae en la suma de miles de circunstancias que jugaron a su favor, sin que ellos las pudieran controlar.

Pensamiento positivo

Otra corriente muy arraigada en la actualidad es la del pensamiento positivo que le otorga a la mente y los pensamientos individuales la capacidad de modificar la realidad y “decretar” el menú de sus vidas. La ciencia, las estadísticas y la cruda realidad han ido develando que nuestra actitud sí ayuda, pero no a erradicar un tumor o a captar un fondo millonario por solo quererlo, sino para enfrentar las vicisitudes existenciales con amor y buen humor y sacar el mayor provecho de ellas para nosotros mismos y los demás, con sabiduría y con paz.

Ayudar a despertar de estos engaños e ir contra el paradigma actual es lo que ha desplegado el monje y escritor benedictino David Steindl-Rast, quien ha centrado toda la espiritualidad del ser humano en la gratitud. Ser agradecidos es lo que nos hace felices, afirma él con dulzura y autoridad, desde hace más de 60 años de conferencias, libros y charlas donde quiere enseñar y testimoniar con su propia vida cómo aquí se encuentra la clave que nos puede despertar y salvar.

confinamiento

Salir del letargo

Ahora bien, la gratitud siempre comienza con un gatillador que nos saca del letargo y nos sorprende con los primeros destellos de alegría. El portal está al alcance de todos, regalándonos la esperanza en medio de la desesperanza y la oscuridad. Podemos aprender a ser personas conscientemente sorprendidas de cada respiro y bendición que la vida nos da, como son los niños cuando por primera vez les toca jugar con jabón o tocar el mar, y transformar la vida en un océano de gratitud que construya una nueva humanidad.

Todo es un regalo… A mayor medida que estemos despiertos a estar verdad, mayor será nuestra gratitud. Sin embargo, hay que distinguir distintos grados en nuestro despertar:

  • Despertar nuestro intelecto: es necesario que reconozcamos las cosas como regalos. Aquí los dos extremos son perjudiciales para la gratitud. Por un lado, están aquellos que necesitarían un Big Ben para notar los regalos, ya que dan todo por obvio y carecen de la agudeza intelectual necesaria para ser agradecidos. Por el otro lado, están los que, por ser tan intelectuales, quieren “pruebas” de que los regalos son efectivamente eso y no son trampas o bien quiere explicaciones o quiere rechazar las sorpresas recibidas gratuitamente.
  • Despertar nuestra voluntad: es tarea de la voluntad aceptar su carácter de regalo. Podemos reconocer algo como dado intelectualmente, pero es necesario también aceptar y eso se hace más difícil, porque aquí es donde se genera la dependencia con el “tú” que me dio el obsequio. Se crea un lazo que une a quien da con quien lo recibe y eso es la gratitud. A eso hoy muchos le temen porque creen que los ata o esclaviza; sin embargo, la gratitud siempre nos hace libres, ya que estamos juntos en un “nosotros”.
  • Despertar nuestros sentimientos: solo después de los dos niveles anteriores se despiertan la alegría, la abundancia, la plenitud y el gozo que nos hacen sentir plenamente vivos, con el corazón hinchado, palpitando con toda su fuerza e integrando todas nuestras dimensiones en el aquí y el ahora en que nos unimos en la gratitud.

La fuerza de la gratitud

La gratitud es un gesto que se hace con “todo el corazón” o no se hace en absoluto; es decir, nos toma e involucra cabalmente y nos hace sentirnos intrínsecamente unidos a los demás. Hemos superado la alienación y experimentamos la plenitud del amor. De algún modo, todas las formas de religión existentes comienzan en el corazón y en la inquietud que este siente de su soledad.

La religión es la respuesta y camino para saciar esa soledad. Al experimentar la gratitud consciente, tenemos la posibilidad de cruzar el portal que nos lleva a la unión con los demás, con Dios, que es el gran Dador de todo y se encuentra el sentido a la vida, la pertenencia universal y el retorno al hogar que Simón y todos anhelamos.

¿Cómo ser más agradecidos?

Con el humor que lo caracteriza, el monje nos sugiere partir desde donde estamos y “no frustrarnos” poniéndonos metas fuera de nuestra realidad. Una sorpresa nos llevará a la otra y, junto con la ayuda recíproca con los demás, iremos generando “ondas expansivas” de gratitud consciente que nos irán llenando de vida y viviremos más plenos y en abundancia. Para esto algunos caminos nos pueden ayudar:

  • Parar, mirar, agradecer y seguir: es vital entrenar nuestra atención y “mirar con ojos de visita” todo lo que nos va regalando la vida. Las personas, la naturaleza, la tecnología, la información, las circunstancias son oportunidades para agradecer y aprender.
  • La oración: son los momentos en que nos comunicamos con Dios y nos sentimos vivos por dentro porque es un dar y recibir tan íntimo que no podemos distinguir entre su presencia y la nuestra en forma delimitada; es una danza. No es lo mismo que recitar oraciones y, por lo mismo, podemos hacer oración continuamente. Aquí entendemos a Dios como la fuente esencial de sentido y plenitud que experimentamos cuando sentimos gratitud con todo el corazón y nos unimos a los demás y nos provoca alegría y plenitud. Para eso debe realizarse con recogimiento; es decir, estar concentrados y asombrados al mismo tiempo. Es una mirada convergente y divergente a la vez; es la atención plena o vida vivida desde el corazón.
  • La contemplación y el ocio: contemplar significa levantar siempre la mirada a un orden superior que permita tener una visión que se encarne en acción. Para eso no todo puede ser “negocio” y tener objetivo, sino que debemos cuidar momentos de “ocio” para que la vida tenga sentido. Se trata entonces de ser como niños y “jugar” como si todo fuese presente, eterno y nuevo para nosotros. El asombro y la capacidad de gozar con todos los momentos de la vida contemplándolos y encontrándole un sentido es una puerta a la gratitud.
  • La alabanza y la bendición: son dos medios maravillosos que también nos ayudan a promover las ondas de la gratitud en nuestro corazón. A las bendiciones o regalos gratuitos que Dios como Dador nos da, nosotros podemos responder con otras bendiciones a los demás, a la creación y a Dios mismo. Así también podemos hacer alabanza que surge naturalmente de nuestro corazón.