¿Funeral religioso o acto laico?


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Mucho se ha hablado y discutido a propósito del acto en recuerdo a las víctimas del accidente de tren de Adamuz: ¿funeral religioso, acto laico? (Por cierto, si se trata de un acto religioso, quien preside siempre es un clérigo: obispo o presbítero, incluso aunque entre los asistentes se encuentre el rey de España.)



Se sea una persona religiosa o no, parece una necesidad humana universal pararse ante el hecho terrible de la muerte y contemplar cómo la fragilidad de la vida se ha hecho dolorosamente presente en la existencia truncada de esos seres tan queridos para nosotros.

En el segundo libro de los Macabeos se narra que, en una batalla, Judas Macabeo encontró ídolos en las túnicas de los cadáveres de algunos soldados judíos. Por eso, “recogió dos mil dracmas de plata entre sus hombres y las envió a Jerusalén para que ofreciesen un sacrificio de expiación. Obró con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección. Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos. Pero, considerando que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio, la idea era piadosa y santa. Por eso, encargó un sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran liberados del pecado” (2 Mac 12,43-46).

Un momento del funeral que se celebra en Huelva para acompañar a los familiares de las 45

Evidentemente, la situación no es comparable. En el texto bíblico se parte del hecho de que la muerte de los soldados judíos se ha producido como “castigo” por su comportamiento idolátrico: “Todos vieron claramente que aquella era la razón de su muerte” (v, 40). No obstante, se considera factible la intercesión por los difuntos (en cristiano, eso es lo que se llama “comunión de los santos”), por eso Judas encarga un sacrificio de expiación por ellos pensando en la resurrección.

Afortunadamente, la consideración de la muerte como ligada al pecado ha desaparecido. Todos sabemos que la muerte no distingue entre personas. Dice el libro del Eclesiastés que “el hombre no es dueño de su aliento vital ni puede retenerlo; tampoco es dueño del día de la muerte ni puede librarse del combate” (8,8). Incluso, con ese aparente nihilismo que le caracteriza, llegará a poner en duda la diferencia entre hombres y animales en lo tocante a la muerte: “¿Quién sabe si el aliento de vida del hombre sube arriba y el aliento de vida del animal baja a la tierra?” (3,21).

Silencio reverente

Ante la muerte ‒y más cuando esta se produce en medio de trágicas circunstancias‒, solo cabe el silencio reverente, como hacen los tres amigos de Job: “Se sentaron con él en el suelo y estuvieron siete días con sus noches, pero ninguno le decía nada, viendo lo atroz de su sufrimiento” (Job 2,13). Y, si se es creyente, la súplica confiada para que el Padre acoja al difunto en un abrazo infinito.