José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

Fernando: “compañero de tu brisa”


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¿Quién acompaña hoy a los pueblos olvidados?

Este texto no nace como un artículo al uso. Lo advierto desde el comienzo –y casi pido disculpas por ello– porque el recuerdo que lo sostiene no admite prisa ni recortes. En el primer aniversario de la muerte de Fernando López Combarros SJ, –ya, al otro lado de la valla– compañero y amigo, pastor sin estridencias, me ha parecido honesto dejar hablar a la memoria con un tono más narrativo y personal del habitual. No se trata solo de un homenaje íntimo, sino de compartir una experiencia eclesial que puede seguir interpelando hoy a la Iglesia, especialmente en su presencia en el mundo rural y en aquellos territorios –no solo físicos–  más olvidados.



Fui testigo y acompañante modesto, de una vida que vale para los tiempos de hoy. En tiempos de despoblación, de cansancio eclesial y de olvido rural, su vida recuerda que otra forma de estar es posible: paciente, creativa, humilde, sostenida en el servicio cotidiano. No levantó grandes obras visibles; hizo algo más difícil: tejer vínculos, despertar conciencias, acompañar procesos.

Mi compañero fue de esos hombres que no buscaron protagonismo y, sin embargo, dejaron huella. Hay vidas así: silenciosas, fecundas, capaces de iluminar sin deslumbrar. Un año después de su muerte, su recuerdo no se apaga como esas luces que solo se distinguen bien cuando cae la noche.

Su historia no se puede desvincular de La Cabrera muy empobrecida entonces entre otras causas por la emigración. Una región leonesa que un afamado escritor, Ramón Carnicer la asimiló a la desnudez y pobreza de la Hurdes en un libro publicado por primera vez en 1964, y que fue fruto de un viaje que realizó por la comarca leonesa. Allí comenzó el proyecto vital de Fernando en una noche cerrada de diciembre de 1966. Tenía dieciséis años cuando el autobús llamado  “la línea” (que no llegaba a todos los pueblos) lo dejó en Quintanilla de Losada. Nieve, silencio, pobreza digna. Al amanecer, tras una larga caminata entre sombras y escarcha, alcanzó la cima y vio abrirse de golpe el valle. Aquella visión fue un bautismo. Fernando entendió –aunque aún no pudiera nombrarlo– que esa tierra áspera y hermosa iba a marcar su vida. Y así fue. Cabrera y Fernando se eligieron mutuamente.

Fernando Lopez Combarros2

Allí aprendió que el Evangelio no se anuncia desde la distancia. Sino pisando y amando la tierra y sus gentes. Enviado en comunidad por la Compañía de Jesús, sabía que el pastor no conquista, acompaña. Que la Iglesia es más creíble cuando se sienta al fuego de la cocina, cuando aprende los nombres, cuando escucha antes de hablar. En aquellos pueblos “que Cristo no anduvo”, según la copla irónica y doliente, quiso ser presencia humilde de una Iglesia cercana, fraterna, encarnada. Con otros ejemplares seglares y curas.

Propuso la educación como motor de dignidad y desarrollo. No como consigna, sino como práctica cotidiana. Campos de trabajo, cursillos de verano, apoyo escolar, búsqueda incansable de becas para que los niños y jóvenes de La Cabrera pudieran estudiar fuera sin romper sus raíces. Muchos de ellos –hoy adultos con responsabilidades profesionales y sociales– siguen recordándolo con gratitud. Creímos ocultamente en ellos antes de que otros creyeran. Y eso cambia una vida.

Me emocionó trabajar, codo a codo, con él en un faro de la cultura rural escondida: El  Centro Cultural Virgen de Biforcos. Espacio pequeño y luminoso donde convivían libros y canciones, devociones populares, danzas de paz, teatro y derechos humanos, debates y ternura para la población del entorno… ¡que no pasaba de 1.500 habitantes! Durante algunos días al año, el tiempo parecía suspenderse. Cabrera dejaba de ser periferia para convertirse en centro y hogar en una escuela de paredes prefabricadas. Allí se hizo visible una Iglesia sin miedo a la cultura rural ni a la pregunta, capaz de integrar fe, justicia y belleza.

Fernando no organizaba, encarnaba. Lo mismo construyendo un invernadero en La Baña que subiendo con otros a arreglar un tejado en Castrillo o que se sentara con los niños a inventar rimas o escribir con prisa una nota al alcalde del ayuntamiento para presionar con algún proyecto pendiente. Por la noche, cuando el pueblo dormía y la luna colgaba su lámpara sobre la sierra, él se quedaba repasando materiales, investigando historia y tradiciones, recogiendo artículos para “Serano” un periódico casi manual o de multicopista, embellecido, por los escritos de Manolo Garrido compañero que también lo hacía entre otros espacios. O componiendo con el teclado de su memoria una melodía que le rondaba desde la mañana.

Fernando Lopez Combarros

Cumplió como guardián de una memoria frágil. Grabó romances, ramos y canciones al calor de la lumbre, después de misa o en las noches de invierno. Lo hizo con respeto, consciente de que un pueblo que pierde su voz pierde parte de su alma. Hoy esas grabaciones son herencia viva, testimonio de una cultura que debe resistirse al olvido.

Quienes le conocimos sabemos que su mayor don fue la escucha. Escuchaba a los mayores y a los niños, a los creyentes firmes y a los de la costumbre. No ofrecía respuestas rápidas. Su autoridad nacía de ahí: de una presencia sin juicio, de una palabra, austera, breve y justa, de una fe vivida más que proclamada. Por eso su paso fue fecundo también destinado fuera de Cabrera donde siempre volvía, cada verano. A una casa de Corporales, solo o con originales cofrades, bajo la mirada del Teleno. Allí descansaba el alma. Allí se afinaba la fidelidad.

A pie de vecindad

Un año después, su luz sigue encendida en los caminos de La Cabrera, en las escuelas, en las canciones, en la memoria agradecida de su gente que le honra desde aquel valle precioso, mucho más desarrollado y asequible hoy día. Y también en nosotros, si nos atrevemos a vivir sin alardes: amar, servir, acompañar, creer que el Evangelio sigue naciendo en los márgenes como hace tanto tiempo. Como las semillas de los sembradores de las zonas rurales de hoy. ¡Que no son vacías sino empobrecidas!

Poeta escondido, rescaté hablando con él de nuestra Cabrera querida, en la acogedora Alcalá de Henares (donde nos volvimos a encontrar al atardecer), este poema suyo que me sirve para recordarlo conversando y acompañando tranquila y sosegadamente a la feligresía en sus hogares. Es decir, pastoreando sin alharacas con los recios hombres y mujeres de las tierras humildes en los solitarios periodos invernales. Los de los días cortos y noches largas y que ofrecía la ocasión para el Serano, la conversación pausada desde un púlpito sencillo, a pie de vecindad. Y que se desarrollaba durante las primeras horas de la noche y al amor del fuego inspirador en el suelo, sobre las piedras del “fogar”.

En la oscuridad
de mi ceguera,
enciende una luz, Señor,
llama viva,
que la noche es
sola y fría
y los ojos
van vencidos
por la rutina,
el desinterés
y el dolor.
Y al soplo de tu boca,
el rescoldo,
mi ceniza,
se hará corazón de carne,
compañero de tu brisa.