No soy fácil al escándalo, la verdad. No soy yo de las que me asusto rápidamente o de las que me rasgo las vestiduras a la ligera. No se trata de que me dé igual todo. Más bien, quiero pensar que me estoy haciendo mayor y que voy poniendo cada vez más el acento en lo importante, en aquello que tiene que ver con las personas concretas y su bien, mientras relativizo o presto menos atención a lo que afecta más a las formas externas y no toca el meollo esencial de la realidad. A pesar de eso, tengo que confesar que estos días ha salido una imagen en los medios de comunicación que me ha producido escándalo. Se trata de esa foto en la que aparece un nutrido número de pastores y responsables religiosos de iglesias evangélicas rodeando a Trump y rezando por él.
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Me pone los pelos de punta ver a ese conjunto de líderes, representantes oficiales de tantos cristianos, extendiendo sus manos para bendecir y respaldar en nombre del Dios de Jesús a un presidente cuyas políticas no me suenan a Evangelio. En pleno conflicto internacional y mientras llueven bombas de un lado y de otro, la foto suena a intentar convertir sus iniciativas bélicas en una especie de “cruzada divina” que, personalmente, me parece una verdadera blasfemia.
Esa imagen, que ha dado la vuelta al mundo, me recuerda la vigencia de algunos mandamientos. No me refiero solo a la prohibición de tomar el nombre de Dios en vano (cf. Ex 20,7), sino también a la prohibición de hacerse imágenes divinas para darles culto (cf. Ex 20,4-5). Este último mandamiento advierte contra la tendencia humana a edificarnos unas percepciones de la divinidad que, además de traicionar la verdad de Quién es Él, permiten manipularle y usarle a nuestro antojo.
Como me sucede siempre, me parece que esa escena esconde también una advertencia para cualquiera de nosotros. En el bautismo se nos unge como profetas, como personas llamadas a abrir bien el oído, a adiestrarnos en la escucha del Señor, para que nuestra existencia se convierta en un ámbito en el que resuene su Palabra. La Escritura, que no es ingenua y conoce la capacidad infinita que tiene el ser humano de autoengaño, advierte contra los falsos profetas (cf. Dt 18,20).
Otros ídolos
Estos son aquellos que tienen vocación de hablar, con palabras o sin ellas, de ese Dios de la Vida de Quien Jesucristo es imagen visible, pero, en vez de eso, terminan siendo portavoces de otras divinidades, como el poder, el dominio, el dinero o los propios privilegios. Ninguno estamos exento de deformar nuestra vocación profética y convertirnos en uno más de los que, como en esa foto, veneramos a otros ídolos, por más que no nos provoque tanto escándalo.
