¿Existen unas matemáticas bíblicas?


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En la eucaristía del domingo de la Santísima Trinidad, el cura que presidía la celebración empezó su homilía diciendo que, si alguien pensaba que ese año iba por fin a solucionar la cuestión de la Trinidad Santa, estaba muy equivocado. La razón era sencilla: la Trinidad es un misterio, y nadie puede pensar en desentrañar ese misterio del uno que son tres y tres que son uno.



Sin embargo, en la Escritura encontramos, quizá no una explicación, pero sí algunas aproximaciones interesantes a este “problema matemático”. Lo vemos en el siguiente texto: “Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gn 2,24). Así pues, según estas singulares matemáticas bíblicas, uno más uno –el varón y la mujer– no son dos, sino uno solo. La palabra “uno” (‘’eḥad’) es precisamente la que se emplea en otro texto significativo de la fe de Israel: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo” (Dt 6,4). No es de extrañar, pues, que el cristianismo, basándose justamente en esas originales matemáticas que emplea la Escritura, llegara a la conclusión de que ese único Señor era en realidad una comunión de amor de tres Personas sin perder por ello su unicidad. Porque no se podía entender a Dios fuera de la relación amorosa.

Los números no son realidades rígidas

Otro ejemplo de matemáticas un tanto particulares lo hallamos en el Nuevo Testamento: “Un doctor de la Ley le preguntó [a Jesús] para ponerlo a prueba: ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?’ Él le dijo: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’” (Mt 22,35-40).

números

Como se ve, Jesús echa mano de esas insólitas matemáticas bíblicas según las cuales un mandamiento –el principal– se puede convertir con absoluta normalidad en dos. Porque no hay manera de separar el amor a Dios del amor al prójimo.

Como se puede apreciar, la Biblia posee unas matemáticas propias en las que los números no son realidades rígidas sometidas a leyes fijas e inmutables, sino dúctiles peones al servicio del amor.