José Luis Pinilla
Migraciones. Fundación San Juan del Castillo. Grupos Loyola

Esos locos bajitos


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Es la letra de una canción de Serrat, ‘Esos locos bajitos’: “A menudo los hijos se nos parecen. Así nos dan la primera satisfacción. Esos que se menean con nuestros gestos. Echando mano a cuanto hay a su alrededor. Esos locos bajitos que se incorporan. Con los ojos abiertos de par en par. Sin respeto al horario ni a las costumbres. Y a los que, por su bien, hay que domesticar”.



Me ha venido al recuerdo estos días cuando a propósito de la posibilidad del paseo, o no, o a medias, o a vete tú a saber dónde y cómo, que están proponiendo a los niños en estos días de coronavirus. Y el impacto llega no solo por la posibilidad de salir, sino por el heroico comportamiento estando confinados, en muchos casos en estado de hacinamiento y extrema necesidad. Con nuevos horarios y costumbres. Con los ojos abiertos de par en par. Y que no paran de intervenir, jugar, corretear, etc. por donde pueden, entre cuatro paredes (y algún balcón) mientras en muchos casos sus padres están en teletrabajo o similar. O a lo peor, en paro.

Porque estas letras son para que no dejemos que los niños sean las víctimas ocultas de la pandemia de Covid-19. Porque el 99% de los niños del mundo vive con algún tipo de restricción del movimiento relacionada con la pandemia. Mientras que el 60% vive en países en aislamiento total o parcial.

Independientemente de la mejor o peor atención a la salud infantil en nuestras tierras, el futuro de la pospandemia y la realidad palpada de la globalización están aquí también afectándoles. El Papa no se cansa de advertirnos para ir caminando “desde ya” para el futuro que se avecina. Unicef lo ha detectado y lo ha alertado ya respecto a la realidad infantil: “Si no se adoptan medidas urgentes, esta crisis de la salud amenaza con convertirse en una crisis de los derechos de los niños”.

Sin agua y jabón

Hablé en algún post de la dificultad de mucha gente de quedarse en casa estos días para protegerse. Hoy, refiriéndome a los niños, hay que recordar que el mandato tan simple de lavarse las manos está imposibilitado para ellos, pues si los adultos podemos protegernos a nosotros mismos y a los demás mediante prácticas adecuadas de lavado, para muchos niños, las instalaciones básicas de agua, saneamiento e higiene permanecen fuera de su alcance. A nivel mundial, el 40% de la población, 3.000 millones de personas, aún carece de una instalación básica de lavado de manos con agua y jabón disponible en el hogar, y esa cifra es tan alta como casi las 3/4 partes de la población de los países menos desarrollados. Pensemos solamente en los campos de refugiados. O como el cierre de las escuelas por la pandemia en muchos países también elimina el acceso a los programas de nutrición basados en la escuela, lo que aumenta las tasas de desnutrición infantil .

No nos cansemos de protegerles y de prever su futuro también en estos tiempos. Aunque estemos en una tierra “cansada” más que nunca debemos seguir recordando el Día de la Tierra, para que cuando logremos vencer al Covid-19 no olvidemos la urgencia de continuar cuidando nuestra Casa común. En los caminos y campos migratorios de todo el mundo no dejo de ver niños sin casa propia ni común, miradas vacías, ausentes y perdidas. Niños aburridos, encogidos con pena inmensa… ¡Claro que estamos en una tierra no solo maltratada sino… cansada¡

Tan anciana que, como dice Gloria Fuertes, “sufre ataques al corazón/en sus entrañas/. Sus volcanes,/laten demasiado por exceso de odio y de lava./La Tierra no está para muchos trotes/está cansada. Cuando entierran en ella/niños con metralla/le dan arcadas”.

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Es muy importante el “quédate en casa” o “sal pequeño conmigo a dar un paseo”. Mucho. Pero en este periodo de aislamiento es importante, al tiempo que atendemos la preocupación inmediata de proteger nuestra salud y la de nuestros seres queridos, que atendamos a los más débiles, sobre todo los niños y los abuelos. A ellos que, aunque muchos los posterguen con pequeñas o grande decisiones,  son como las plantas nacientes o los árboles centenarios, imprescindibles para que nuestro corazón y nuestra conciencia respire a fondo y tranquila. Y necesarios para mantener la huella de nuestra historia imprescindible y el presente necesario de quienes como en el caso de los abuelos nos acompañan, nos sostienen muchas veces y, sobre todo, nos sosiegan a pesar de su vista cansada y sus pasos cortos.

Pero vuelvo a los niños. A la espera de sus ansiados paseos. No podemos dejar a un lado a millones de niños que están en peligro de convertirse en las víctimas olvidadas de esta pandemia. El aspecto que tenga el mundo y la vida en el futuro es una responsabilidad de todos en la hora actual.

Actuando en lo local pero conociendo lo global. Me detengo en los millones de niños migrantes o que viven en países en conflicto con consecuencias muy diferentes al estar agravados por la pandemia, a menudo en zonas de guerra activas o por el hambre.

Volviendo a Gloria Fuertes, apostemos por los niños aquellos de quienes hablaba en cuatro líneas bajo el título ‘Niños de Somalia’:

“¡Yo como

Tú comes

El come

Nosotros comemos

Vosotros coméis

¡Ellos no!”